“Sí escribo una columna y no recibo insultos, siento que perdí el tiempo”

30 de abril del 2014

Dice que en su próxima novela viajará a la Bogotá de inicio del siglo XX.

“Sí escribo una columna y no recibo insultos, siento que perdí el tiempo”

Por @Lauquiceno

Viste una camisa azul oscuro, lleva gafas y una chaqueta en la mano por si lo sorprende la lluvia. Hoy, la Bogotá “encapotada y fría” que relata en sus libros no lo es tanto. Llega puntual a la librería La Madriguera del conejo, en el norte de la ciudad. Juan Gabriel Vásquez es uno de los escritores latinoamericanos más importantes. Fue ganador del Premio Alfaguara de novela en el 2011 y de los premios Roger Caillois 2012  y Gregor von Rezzori 2013. Ese año el New York Times incluyó su novela “El ruido de las cosas al caer” en el listado de los 100 libros más notables del año. Ahora se prepara para una nueva charla con Mario Vargas Llosa en el marco de la Feria del libro de Bogotá.

Esta conversación comenzó hace años con la lectura que Vásquez hizo de “El pez en el agua”, unas memorias con las que se identificó mientras estudiaba derecho y pensaba como el personaje central en una vida dedicada a la literatura.

Tiene fama de ser serio porque no habla de su vida privada, pero sí le gusta hablar de literatura y de actualidad. Salta de las obras de Vargas Llosa y Jonathan Franzen a la visita de Álvaro Uribe a España y la reacción de los lectores con sus columnas en El Espectador.

Es lunes. El ruido de los carros rodea la conversación. Un ruido similar al que siente un novelista que escribe una columna semanal donde los debates, los políticos y la cotidianidad permean su realidad: “Ocupa mucho espacio emocional escribir columnas, uno empieza a vivir en un estado constante de inquietud y preocupación”. Sin embargo, sus novelas se nutren de esa realidad, de ese “ruido”. En su nueva obra regresa a la Bogotá del pasado para narrar un crimen que lo marcó en su infancia. Vásquez hace parte de una estirpe de escritores del territorio de la disciplina, de la consagración, de “defender como sea la soledad para poder escribir”.

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¿Cuándo conoce a Mario Vargas Llosa y qué recuerda de ese momento?

Vargas Llosa fue con toda probabilidad el escritor que más marcó mi idea de lo que la relación con la literatura debía ser. Yo estaba estudiando derecho y ya había entendido que a mí lo único que me interesaba era escribir y leer novelas. Y estaba pasando por un momento de mucha incertidumbre, ya había tomado la decisión de que quería ser escritor, pero nunca es fácil dar ese salto. En ese momento me llegó a las manos “El pez en el agua”, dónde él cuenta en capítulos alternados su campaña política en el Perú y sus primeros años, entre los 10 años hasta el momento en que se va a París a hacerse escritor.

Esos capítulos contaban exactamente lo que a mí me estaba pasando. Él entró a estudiar derecho, él quería ser escritor, lo único que le interesaban eran los libros y ser escritor era sumamente difícil en una sociedad como la suya, en todo eso yo me veía retratado. A partir de ahí, empecé a entrar cada vez con más pasión en la obra de Vargas Llosa y sobre todo en sus teorías alrededor del ejercicio de la literatura.

Para mí él ha sido un modelo con la disciplina, con la consagración 24 horas al día del oficio, con esa idea de que el escritor es alguien que no deja de trabajar un solo día, ni un solo minuto de su vida. Y que las novelas se hacen así, no se hacen ni con inspiración, ni esperando que lleguen las musas, ni nada de eso, sino que se hacen con horario de oficina y mucho más allá, porque el escritor trabaja mucho más allá. La idea de que si la vocación es verdadera, el escritor va a eliminar todo lo que se interponga. Va a pasar molestias, va a perder amigos, pero va a defender como sea la soledad para poder escribir.

Después de 15 años lo conocí en unas sesiones que organizaron en Santillana del Mar, en España, que muy apropiadamente se llamaban “Lecciones y maestros” porque él era uno de los que yo consideraba mis maestros. Creo que ahí fue donde propiamente nos conocimos. Hay una foto que tomó Daniel Mordzinski en Frankfurt cuando yo tenía 24 años, en el 97. Unos amigos me invitaron.  Yo era un escritor que iba con su primera novela publicada y ahí, en esa feria, nos presentaron y cruzamos literalmente dos palabras, pero ese yo no lo cuento, el que cuento es ese de Santillana del Mar, cuando ya propiamente logramos hablar de literatura, de esos autores que nos apasionan a los dos como Joseph Conrad. Y Ahí comenzó esa relación.

Aparte de ese primer libro con el que se identificaba por lo que estaba viviendo, ¿cuál es la obra de Vargas Llosa que más le gusta y por qué?

Es muy difícil porque Vargas Llosa fue desde el principio un constructor de novelas extraordinarias. En Vargas Llosa no hay los procesos que uno ve en otros escritores. En las que uno les perdona la primera novela, la segunda es un poquito mejor y en la tercera encuentran su voz. Vargas Llosa empezó así desde la primera que fue “La Ciudad y los Perros”. Tiene una bibliografía muy larga de la que a mí me cuesta trabajo escoger un libro. Si me pones una pistola en la cabeza sería “La Guerra del fin del mundo”, junto con “Conversación en La Catedral”, quizá, son las novelas que más me gustan. Las dos son terriblemente complejas desde el punto de vista de la técnica, las dos son lo que él anhelaba en sus primeros libros, la novela total. La novela capaz de incluir y comprender el mundo entero.

También soy muy hincha de sus ensayos “La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary”,La verdad de las mentiras”, que es un libro de ensayos, y por supuesto “Historia de un deicidio”, un libro de 700 páginas que escribió en 1971 y que es para mí el mejor libro que se ha escrito sobre García Márquez.

Hay una tercera novela que añadiría que es “Historia de Mayta”,  una novela de los ochenta que fue terriblemente mal entendida, tal vez por eso la rescato.

Vargas Llosa es cortante en algunas entrevistas. ¿Cómo está preparando la conversación inaugural de la Feria del Libro de Bogotá con el escritor? ¿Sacar al Nobel de su discurso?

Creo que improvisando, que es lo que pienso hacer.  Si no soy capaz de tener una conversación de literatura con Mario Vargas Llosa, entonces no soy capaz de tenerla con nadie. Conozco su obra realmente muy bien, hay autores que para él son importantes y que para mí se volvieron muy importantes también. Hay un mundo literario en común, de gustos, de afinidades, y lo que pienso es sentarme allí y fingir que estoy en la sala de mi casa y hablar de literatura. Que además es algo que a mí me gusta hacer y a él le gusta hacer.  No a todos los escritores les gusta hablar de literatura.

Pasemos ahora a su faceta como columnista, ¿desde cuándo es columnista de El Espectador y cómo estar tan permeado por la realidad le ayuda o no a la hora de escribir ficción?

Comencé en el 2007 por accidente, por algo que pasó y me generó mucha indignación a un nivel muy personal. Porque había gente conocida mía en problemas y entonces le escribí a Fidel Cano sin conocerlo, sin conocer a nadie en El Espectador, pensando que él me podría abrir el espacio por una sola vez y después de publicar esa columna me sugirió que siguiera permanente, y yo que soy un poco suicida, lo hice. Llevo siete años escribiendo una columna semanal que es una de las cosas más difíciles que he visto, y que no ayuda al novelista, más bien le pone problemas.

Primero porque ocupa mucho espacio emocional escribir columnas, uno empieza a vivir en un estado constante de inquietud y preocupación, segundo porque escribir columnas parte de una manera radicalmente opuesta a la forma que uno ve el mundo como escritor de novelas. El novelista escribe porque hay algo que no sabe, porque hay una pregunta que se hace, un novelista escribe para averiguar algo. En cambio, el columnista tiene que estar absolutamente seguro de algo. Debe tener certezas sobre la legalización de la droga, el derecho al aborto, y ser novelista y columnista genera una especie de esquizofrenia.

Con la columna uno se acostumbra a ganar enemigos nuevos cada ocho días, e incluso llega a un punto enfermizo.  Si escribo una columna y no recibo insultos, ni ataques entonces siento que perdí el tiempo, siento que me toca escribir otra más dura la semana que viene, porque las columnas son para eso, son para sacudir, para decir las cosas que uno siente que otros quisieran decir y no pueden, son para molestar, son para incomodar.

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Otra faceta suya es la de entrevistador, ¿qué recuerda de “Una charla entre pájaros” con Jonathan Franzen por la que ganó el Premio de Periodismo Simón Bolívar?

Para mí eso es sólo una encarnación de dos de las cosas que más me gusta hacer, que es contar historias y hablar de literatura. Tengo otras entrevistas con otros escritores que me gustan mucho, con Javier Marías, en formato pregunta-respuesta sobre literatura, pero con la de Franzen traté de acercarme a un género periodístico que a mí me gusta mucho, que es el perfil. La idea de en pocas páginas contar una vida a través de la pregunta y la respuesta y conseguir otras fuentes escritas y otras fuentes habladas. Entre los clásicos de este género hay un perfil divino que hizo Truman Capote de Marlon Brando.

Todo esto fue un pensamiento, una idea posterior, lo que hice fue llegar a la casa de Franzen con el encargo de mi periódico, y pues claro uno no puede hacer unos encargos si no se trata de un escritor que conozca razonablemente y era simplemente hablar de literatura y tratar de que no lo interrumpan a uno los pájaros. Yo de pájaros no se absolutamente nada y Franzen pareciera que lo único que le interesaba eran los pájaros. Luego nos hemos vuelto amigos y él ha venido a organizar esas cosas y a ver pájaros pero nunca ha logrado llevarme a ver pájaros con él y nunca logrará. Es una promesa solmene.

Su última columna, “El extraño caso del Doctor Uribe” publicada en El País de España generó mucha polémica. ¿Por qué escribir sobre Álvaro Uribe en ese momento?

Él pasó por Alemania y España y dio entrevistas para Der Spiegel, el ABC y La Razón. Y en todas se refería a la situación colombiana con desinformaciones y manipulaciones grotescas de la verdad. Sobre todo en lo que es el proceso colombiano, la situación política colombiana. Distorsionaba la realidad descaradamente. En cambio tenía razón en mucho de lo que decía sobre el caso venezolano. Me llamó mucho la atención que pudiera ver con claridad lo que pasa en otro país y con respecto al país que gobernó durante ocho años estuviera tan dispuesto a distorsionar, a levantar cortinas de humo. Me llamó la atención también la idea de que prescindiera de toda elegancia, de toda altura en el debate, de que fuera tan evidente su voluntad de sabotear un proceso político que se está llevando con responsabilidad y seriedad. Uribe nunca ha sido un estadista, pero esa actitud en muchos países es considerada traición a la patria. Ese sabotaje grosero, echando mano de medias verdades o de alarmismos sin justificación, me pareció muy molesto. Por ejemplo, eso de que el país está cayendo en el Castro-chavismo no es verdad. Si fuera así, yo sería el primero en denunciarlo, porque he sido siempre muy crítico con el chavismo y el socialismo del siglo XXI. Basta leer mis columnas. Pero Uribe hizo una propaganda innoble, y sentí la urgencia de contestar en el mismo país dónde él había dicho estas cosas.

¿Y cuáles fueron las reacciones en redes sociales, que le decían a raíz de esta columna?

Recibí los ataques de costumbre, que son parte del clima político que Uribe se ha esforzado mucho en crear, ese clima de ataque personal, de violencia verbal que rechaza cualquier intento de reflexión y que hace parte de la realidad tensa que estamos viviendo en Colombia. Como muchos, tengo varias incertidumbres sobre el proceso de paz. Es difícil aceptar ciertas cosas que inevitablemente irán con una negociación, pero creo que el camino que tenemos que seguir es el de esas negociaciones. Y si fracasan porque no se llega a un acuerdo, o porque los colombianos no aceptan el acuerdo, o porque lo que la guerrilla pide es inaceptable, pues que fracasen. Pero no llevar las negociaciones es de una cobardía moral y de una falta de visión histórica que no podemos permitirnos.

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¿Qué piensa de Clara López?

No lo sé muy bien todavía, tal vez porque no conozco su propuesta lo suficiente. Le puedo decir qué pienso de la izquierda colombiana. Que tiene que partir de la condena sin medias tintas de la lucha armada y de la denuncia sin ambages de los métodos que la guerrilla ha usado en esta guerra. No ver la lucha armada como un accidente de la historia, sino como un hecho intolerable y condenable que no puede tener cabida en una democracia. Y le puedo decir que espero ver una mujer en la presidencia colombiana algún día cercano. Pienso, sin demagogias de ningún tipo, que las cosas irían mejor así.

¿Qué piensa de Enrique Peñalosa?

Tiene la mejor candidata a vicepresidente del panorama, si uno cree, como creo yo, que el gran problema de Colombia es la educación. Claro, la educación es algo que no tiene ningún atractivo político, ni a corto ni a mediano plazo. Históricamente no ha habido ningún político que tenga la valentía de defender programas serios, porque los resultados se ven en una generación. Tener una candidata a la vicepresidencia como Isabel Segovia es algo magnífico, porque es quizás la persona que más sabe de educación en el país.

¿Y Óscar Iván Zuluaga?

Es un hombre perdido en los fanatismos de otros. Un político promedio enredado en un sistema que desprecia el diálogo, que le apuesta sobre todo a las emociones más primitivas de los electores y no a pedirles un esfuerzo de negociación racional. Esas negociaciones diarias que son para mí la base de la democracia. Como su jefe, ha jugado el juego del miedo, el odio y la venganza, y eso en Colombia vende. Lo que no vende es la prudencia, el diálogo, la proyección a largo plazo.

Después de tantos reconocimientos y la novela “Las Reputaciones”, ¿en cuál historia trabaja hoy?

También me lo pregunto. Nunca sé de qué voy a hablar en mis novelas antes de terminarlas. Muchas veces escribir las novelas es el acto de averiguar de qué habla esta novela. Hay algunas ideas en las que llevo trabajando varios días, en algunos personajes, porque parto de personajes en los que llevo trabajando varios días, hace un año y medio. Todo está demasiado oscuro, sé que va a ser una novela sobre la historia colombiana sobre principios del siglo XX y sobre un asesinato y que a mí siempre me ha obsesionado.

Por @Lauquiceno

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