Una banda de rock sin guitarra

Una banda de rock sin guitarra

24 de abril del 2011

C. M. no récord.
© Alfaguara, 2011.
© Juan Álvarez.

Por Juan Álvarez (fragmento).

De pie frente al estante escaso de música de la librería del aeropuerto, camino a una jornada de tres días de trabajo en la ciudad de Medellín, Daniel Talero recuerda.

Son chispazos de las horas previas a su concierto de grado en el conservatorio infantil. Ramalazos que lo incomodan.

Esa noche lejana, detrás del periódico abierto y con la voz grave y apoltronada, su padre le insistía en la importancia de repasar el repertorio. Daniel veía la pantalla centelleante del televisor mudo y escuchaba los peldaños delatores de las escaleras de madera, sentado sobre un cojín y recostado contra una de las paredes de la sala, sin querer saber nada de repertorios. Había vivido las tardes enteras de los últimos tres meses ensayando, puliendo, presionado hasta el dolor en las articulaciones de las manos y haciéndole buen estómago a cada modulación armónica interminable. Un acorde más de cualquier tipo y caería fulminado del aburrimiento, todo lo cual, no obstante, a juicio de su padre, sólo servía como prueba justa de lo imprescindible que era repasar el repertorio.

Era el año de 1986. Padre, madre e hijo vivían en aquella casa de tres pisos orgullo de familia, levantada con sudor y paciencia en el corazón del barrio Teusaquillo. Daniel tenía trece años y sufría con frecuencia pesadillas en una lengua, decía él, parecida a mil sapos de caña gigantes croando al mismo tiempo.

A su padre no le gustaban las dilaciones de ningún tipo. Sin importarle el vínculo que para Daniel existía entre tocar el piano y ver la televisión, dos formas apenas distintas para él de pasarse bien el tiempo de los días, dio la orden tajante de apagar la segunda y ocuparse del primero. Daniel obedeció. Apagó el aparato, se agarró una mano con la otra y empezó la tarea rutinaria de frotárselas hasta subirles la temperatura. Camino al estudio, cargando ya bajo el brazo el portapliegos de las partituras y sobre la nuca la resignación del obediente, escuchó el ceremonioso timbre casero anuncio salvador de la llegada de alguna visita. En aquel momento, puede oírla aún, la voz melodiosa y levemente ronca de su tía Paulina arremetió la calma nocturna y le llenó el cuerpo de ansias.

–¡¿Dónde está el pianista adolescente más guapo de esta ciudad?!

Paulina era la medio hermana menor de la madre de Daniel, tenía veintidós años, una mata de pelo negro y unos labios breves y rojos naturales que bien podían confundirse con la herida abierta de una puñalada. Bailaba profesionalmente en dos compañías de danza contemporánea, un oficio de todas las horas del día que exigía de ella un tercer trabajo como maestra de baile de colegio, porque entonces, en aquella tierra latinoamericana y en aquel tiempo latinoamericano, decir danza contemporánea era decir jeroglíficos. Aquella noche Paulina vestía una falda gris de caída recta hasta la rodilla y abertura alta en el muslo izquierdo; medias de colores a rayas; botas negras estrechas de caña media y bufanda roja. Olía a campo dulce y traía encima el fastidio pegajoso de interminables horas de avión. Venía desde el sur remoto del continente donde bailaba y vivía entonces, esperanzada en descansar unos días en casa de su medio hermana. Pero venía, sobre todo, porque no quería perderse la presentación esperada de su sobrino predilecto.

–Toma, mi amor.

–¿Qué es, tía?

Daniel agarró la bolsita con ambas manos. La firmeza de un volumen rectangular le hizo abrir los ojos. La grasa de las capitales, leyó en voz alta, luego de desempacar el primer casete roquero original que habría de adueñar en su vida. Se empinó, besó en la mejilla a su tía Paulina, aprovechó para medir su cuello esbelto y olerla de cerca, y salió corriendo a tocar el casete en la grabadora de su cuarto. Sólo tres años más tarde, cuando en sus manos cayeron copias de álbumes como Confesiones de invierno o Yendo de la cama al living, aquel sujeto roquero argentino de bigote bicolor, escualidez alarmante y nombre Charly García, cobró para Daniel forma plena, esto es, dejó de ser una sombra difusa, un mito subterráneo, un disco único peregrino escuchado veinticinco mil veces, y pasó a convertirse en una voz íntima fija al corazón.

Nunca, en todo caso, y pese a aquellos tres largos años de espera, volvió Daniel a sentir envidia de la recién acumulada montañita de discos compactos de música clásica propiedad de su padre, pila exquisita expuesta con orgullo en la tabla central de la biblioteca. Siguió escuchándolos, porque eran sosiego y placidez y por mucho tiempo su material de trabajo, pero en tal acto predominó, desde entonces, antes que la música, la fascinación por la nitidez del sonido expelido y el encanto del ritual de seguir la instrucción perentoria de no sacarlos del estudio y de regresarlos inmediatamente después de oídos a sus cajitas sofisticadas.

Luego de una primera pasada de aquella cinta impetuosa, Daniel se debatió entre escuchar de nuevo cada una de sus canciones o correr al lado de su tía Paulina y gozar de la charla que sostenía junto a su madre. Por desgracia o por suerte eligió lo primero, y la repetición entera de su descarga resultó fulminante. Cada melodía expandía sobresalto, tanto como salir a la calle y tropezar con una amigable horda de ratas. La aspereza y mala saña de algunos de sus acordes le apretaban la garganta como lazos templados por enemigos. Los gritos y la firmeza con que se entonaban palabras que en su mayoría no entendía, le erizaban todos y cada uno de los pocos pelos que su edad le permitía. Antes de caer en un sueño espeso dos certezas drásticas le amontonaron la mente: estaba enamorado de su tía Paulina; pero además, y a juzgar por la electricidad de aquel roquero argentino fantasmal, la humanidad peleaba por algo.

Pormenores propios de su concierto de grado en el conservatorio infantil, en cambio, Daniel sólo recuerda uno: el calor indignante de un dolor físico; el abuso.

Las naves y palcos del auditorio se colmaron a reventar. El concierto fue fugaz, emotivo, cocido por los aplausos de madres henchidas de orgullo, abuelas somnolientas y hermanas pintorreteadas sin mesura. Daniel esperó su turno ocupado en escuchar las presentaciones orquestadas de sus demás compañeros. Él era el cierre del programa. Él y el piano y las butacas de instrumentistas abandonadas. Él y tres obras que reconocía hasta la saciedad.

Una vez terminó la Mazurca en si bemol mayor de Chopin, última y más difícil de las ejecuciones a su cargo, regresó a los bastidores del auditorio para encontrar, enfrentándolo, el rostro furioso del señor Castaño, su profesor personal de piano de los últimos dos años, un hombre de voz medrosa y labios ennegrecidos que su padre veneraba tanto como a Cristo. Allí, en aquella noche lejana de 1986, de pie frente al adolescente y tratando de balbucear una reprimenda, el señor Castaño parecía un alacrán de tierra fría sobreexpuesto al sol.

–Pelafustán imbécil.

Tal cortesía cerró su ciclo en el conservatorio infantil, y junto a ella, el señor Castaño le clavó un pellizco en el brazo. Daniel chilló, se sacudió, trató de saltar y huir pero se encontró arrinconado contra la pared, indefenso. El pellizco inició con saña y fue mutando hasta el punto de parecer un pellizco cerebral. Luego, mientras el apretón mermaba, el señor Castaño le recriminó en voz templada el tiempo invertido, la confianza traicionada, la estupidez adolescente, dio un golpe de talón y desapareció indignado. Daniel recogió sus cosas y salió de los camerinos en busca de sus padres. Con los ojos blandos hechos agua de un niño de trece años, trató de excusarse.

Su padre lo agarró de un codo y lo condujo en silencio hasta el parqueadero donde habían estacionado el carro. Alejados del público y del trato bienhechor de los aplausos le preguntó qué sucedía. Daniel, al sentir la reciedumbre de la pregunta y ver que su tía Paulina se acercaba caminando aceleradamente, pasó saliva despacio, encontró la primera palabra y relató lo sucedido, sin prisa, asegurándose de que su tía alcanzara a escuchar cada detalle de los hechos. Cuando hubo terminado su padre lo palmeó con cariño en la espalda, lo agarró de la barbilla y le habló sereno de la disciplina propia de la carrera del concertista.

–No es nada, hijo mío; sé fuerte.

Paulina se sacudió de rabia y alzo un dedo en ademán de interpelar el rostro rígido de su cuñado. De inmediato entendió la inutilidad de hacerlo. Giró y abordó a su medio hermana, recriminándole enfurecida aquello que acababa de escuchar. Un hijodesugranputamadre acababa de maltratarles al niño en sus narices, ¿lo que seguía era quedarse cruzadas de brazos?

–No seas dramática, Paulina, por favor, que no le pegó. Debió ser un pellizquito.

Paulina tomó aire, se acercó al niño, lo abrazó y lo apretó contra su propio pecho encrespado hasta hacerlo meter la coronilla de pelos lisos bajo su barbilla, y así, entre frustraciones una y el calor de unos senos encimados el otro, ambos lloraron, desentendiéndose de la arbitrariedad imbécil del pellizco educador. Pero además, encerrado en aquel corral de carnes firmes y aroma a campo, Daniel tuvo ocasión de repasar una última vez los sonidos recientes: y es que, en medio de ciertos acentos de uno de los movimientos de la Mazurca última pero también en pasajes de las ejecuciones primera y segunda, había improvisado, técnica clásica impecable de por medio, diminutos fragmentos de la música del roquero argentino que la noche anterior escuchara hasta el cansancio y la estupefacción: acordes cínicos de medio compás, fraseos puntillosos, septillos maldicientes y suciedades imperceptibles que acabaron crispando los nervios delicados del señor Castaño, el hombre que había invertido los últimos setecientos y pico de días de su vida educándole el oído y las manos.

Repasó esos sonidos recientes y entendió que no se había equivocado.

De pie frente al estante escaso de música de la librería del aeropuerto, camino a la ciudad de Medellín, el joven pianista hoy de veinticuatro años recuerda aquel tiempo lejano y concluye que el CD en sus manos es sin duda el mejor detalle de reencuentro que puede llevarle a su tía Paulina. Paga, toma el avión, aterriza, se monta en un taxi y en las narices mismas de la puerta de entrada al apartamento le extiende la bolsa de regalo.

–Unplugged

–¿Unplugged?

Daniel descarga la maleta en el cuarto que su tía le indica, una habitación estrecha y fría al final de la cocina, con baño propio y ducha, acondicionada con naturalidad lugareña y adornada con dos pósters de obras de danza de los años ochenta. Paulina, mientras tanto, camina hasta el equipo de sonido de la sala y abre el regalo de su sobrino predilecto, dispuesta a hacerlo sonar sin demora. En el trayecto, justo en el último momento de aproximación al aparato, sus piernas garbosas de treintañera conservada aceleran el paso en dos pequeños e imperceptibles saltos de contento.

–¿Y entonces, precioso…? ¿Trabajando duro?

–Más o menos, tía. El próximo año quizás vuelva a la U y termine la carrera. Los meses que llevo sin tocar me han sentado bien.

–Ah… Pero yo pensé que habías dejado la música clásica para siempre.

Daniel se siente tranquilo en aquella ciudad, bajo otra temperatura, cobijado por un techo familiar y cerca de su tía Paulina, quien, pese a haber abandonado la danza profesional hace dos años, no deja de irradiar esa suficiencia aligerada propia de las dueñas de las tablas. El último abrazo prolongado entre los dos había tenido lugar, precisamente, dos largos años atrás, durante las fiestas de final de año de 1994, cuando ella escapara de la capital y se marchara a vivir a Medellín detrás de un trabajo prometedor y la sombra de un hombre que pronto se esfumaron.

–La música clásica me dejó a mí, pero a estas alturas no acabar la carrera es mal negocio. Sólo me falta el concierto de grado; a ver cuándo.

Su tía está de acuerdo. Le parece una decisión madura. Le parece que su sobrino no ha dejado de ser el mozuelito silencioso y de aire sensible, y sin embargo toma decisiones maduras. Como aquella de largarse de la casa, ocho meses atrás.

–¿Y tus padres?

–No sé mucho de ellos. Supongo que siguen ofendidos y considerándome un desagradecido. Tampoco pienso contarles que voy a terminar la carrera. Se pondrían contentos y no es para tanto.

Paulina ríe. Los primeros acordes envenenados de un piano discreto reverberan en las paredes de la sala. Toman asiento en el mismo sofá.

–¿Cuántos días te quedas…?

–Me devuelvo el jueves por la tarde.

–¿Y qué es exactamente lo que vienes a hacer?

–Vengo a hacer el trabajo sucio.

–Ay, precioso, ¿cómo así…? ¿Qué trabajo es ese en que andas metido?

Daniel ha ido a Medellín a escuchar por curiosidad todos los metaleros que pueda y a grabar por obligación a unos en particular, los Níquel negro. A juzgar por las fotos que alcanzó a ver, cuatro greñudos adolescentes de clase media-baja atornillados a su sensibilidad gótica y sin ganas de reír. El hermano Sandoval, flautista retirado de la Orquesta Filarmónica, ingeniero de sonido y copropietario del pequeño estudio de grabación que paga su sueldo, lo ha comisionado para la ocasión, todo lo cual le recuerda que debe llamar a los pelados antes de que se haga tarde.

–Claro, cariño, déjame te traigo el inalámbrico.

Luego de la llamada su tía quiere saber más detalles. Daniel vuelve al sofá y le explica: Con cierta frecuencia, las disqueras comerciales, en este caso Discos GMB, quieren escuchar grabaciones de calidad media de los demos de bandas que potencialmente pueden interesarles, es decir, interesarles a mediano plazo. Pero claro, no están dispuestas a hacer mucho por ellos. No los meten a sus estudios apantallantes o los invitan a grabar en la capital. En cambio, contratan medios más baratos, como nosotros, intermediarios de estudios pequeños, y les regalan, aunque decir regalar es una imprecisión odiosa, cuatro horas de canal abierto en formato DAT. Para gente que no tiene con qué pasar de la grabadora casera, estamos hablando, tía, de un milagro. Durante estos dos días yo debo escucharlos, asesorarlos y prepararlos para la grabación. Al tercer día nos metemos al estudio. Cuatro horas meticulosas de en vivo en el negocio de unos socios que Sandoval previamente contactó. Allí dirijo junto al ingeniero del lugar los asuntos de sonido, elijo dos pasadas de cada uno de las tres canciones propuestas por la banda, me cercioro de que se haga una sola copia máster, la guardo en mi maleta y me largo a entregársela a mi jefe.

–No suena tan sucio.

–Depende de cómo lo veas… ¿Por qué crees que se hace una sola copia máster?

–Dime tú.

Daniel habla despacio, como descubriendo para sí mismo todas las implicaciones de su razonamiento: Se hace una sola copia máster para que ellos no tengan acceso a una segunda, con la que podrían ofrecerse mejor en otra disquera o pensar en prensar un sencillo para promoción en radio. Es su música, y sin embargo hacerla existir es literalmente confiscarla. Cero contrato. Cero apuesta mutua. Apenas la confianza obligada en una palabra unilateral que no existe… Pero bueno, lo jodido por supuesto es que el negocio tiene tanto de desventajoso como de oportunidad, cómo no.

Al ponerse de pie para adelantar el reproductor hasta el corte siete de aquel Charly MTV Unppluged que suena, sus manos tienen que soltar las de su tía Paulina, quien imperceptiblemente se muerde su breve labio inferior.

El oficio de mover el aire. Charla sobre música y letras con Juan Álvarez.

Presentación del libro: C. M. no récord (Alfaguara, 2011).
Fecha: Viernes 6 de mayo de 2011.
De 6:00 a 7:00 p. m.
Sala Porfirio Barba Jacob, Corferias.
Participan: Fernando del Castillo (1280 Almas) y Eduardo Arias.

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