España es muy aburrida sin humo

España es muy aburrida sin humo

18 de enero del 2011

La verdad es que España empieza a ser aburrido que no da para mucho. Hoy nos encontramos con la prohibición de fumar en los bares españoles y se ha creado una gran polémica. España se viene abajo, el turismo desaparecerá, el millón cien mil y más bares de este país cerrarán y nos moriremos de aburrimiento. A fumar a la calle, eso es una ordinariez que los españoles no soportan. Que lo sufran los franceses, italianos, portugueses, suecos, alemanes, británicos, belgas, suizos, estadounidenses, argentinos. Y los colombianos. ¡Los colombianos! Mi abuela, mientras me cargaba, encendía sus cigarrillos y aquí me tienen. Fumaban mis tíos y tías, mis abuelos, hasta mi padre, que era un santo. Pero resultamos envueltos en la misma histeria antihumos. Antihumos de tabaco, claro, porque otros humos sí está permitido aspirarlos. Un prima nos invitó, hace ya casi dos años, a un restaurante muy coqueto, italiano, como si no hubiera otra cocina en el mundo para los colombianos ‒pero ese es otro tema‒ por los lados de El Poblado, en Medellín. Nos sentamos en una mesa de la terraza, que por cierto estaba en la acera que el restaurante había invadido, casi de seguro sin permisos municipales. Se me ocurrió encender un cigarrillo y se dejó venir la camarera para decirme que ni hablar, que allí  no se podía fumar. Yo habría podido montar un escándalo pero por respeto a mi mujer y a mi prima me contuve y sólo alcancé a decirle a la pobre muchachita que en Medellín uno podía ir a cualquier sitio, armado hasta los dientes con pistolas, metralletas, cuchillos, puñaletas o con un garrote y no había problema, pero si me fumaba un pitillo delante de un restaurante cometía delito. Me fumé el Marlboro delante de la mesa pero sin pisar la acera, me bajé a la calzada, entre dos coches. Pero cuando me hirvió la sangre fue al ver que del restaurante salía un hombre con un puto perro enano y peludo en sus brazos, cargándolo. Llamé a la camarera y le pregunté si se podía entrar al restaurante con un chandoso y me dijo que ese era el dueño del local, señor. Sin comentarios.

Volvamos a los bares españoles, una institución imprescindible, inseparable de la vida social de los españoles. En algunos pueblos perdidos en la manchega llanura hay más bares que, pongamos, en Helsinki. El español desayuna en el bar de la esquina, allí se toma las cañas de cerveza o el vermú del aperitivo, toma su copa, su “cafelito” y se fuma su puro ‒se lo fumaba‒ después de comer ‒almorzar, en Colombia‒. Allí echa su partida de cartas por la tarde. Allí se dan cita los amigos para tomar un vino y se van a otro bar a tomar otro vino. En el norte ‒País Vasco, Navarra, en especial‒, la gente solía salir de rondas y nunca se tomaba más de un vaso de vino en un bar. Los noviazgos se hacían en los bares, nada de ir a calentar sofá a casa de la novia: al bar ‒a los bares‒. Era costumbre bárbara que se prolongó hasta la entrada de la democracia ‒entiéndase, la muerte de Franco‒ arrojar al suelo de los bares las cáscaras de las gambas que uno se comía en la barra de los bares, pero también las servilletas de papel, las pepitas de las aceitunas, los palillos de los pinchos y tapas, los envoltorios de los azucarillos, las colillas de los cigarrillos. Uno entraba a un bar y tenía que acercarse a la barra sobre una alfombra de desperdicios, una imagen que causaba el horror y perplejidad de los extranjeros, sobre todo de los colombianos, que somos tan quisquillosos en ciertas cosas. Uno llega a acostumbrarse y lo veía natural y, por qué no decirlo, hasta cómodo. ¿Eran sucios y cochinos los bares españoles de antaño? ¡Qué va! De vez en cuando salía un camarero armado de escobón y barría todo y echaba una capa de serrín. Y vuelta a empezar.

Nunca he visto un pueblo más aficionado al cigarrillo que el español. Creo que los rusos y los turcos ganan a los españoles de antaño. Se fumaba en los espacios cerrados y hasta en los hospitales he visto yo gente que fuma. Fumaban los médicos, las enfermeras, los taxistas, la policía, los que te atendían detrás de una mampara en los bancos, los barrenderos… menos los que empacaban dinamita y los buzos, fumaban todos los españoles, pero por encima de todos, fumaban los curas. Eso me impresionó mucho. En las aulas de la universidad de Navarra fumábamos todos. De vez en cuando, el profesor pedía a alguien que abrieran las ventanas para ventilar un poco. Los abrigos y demás prendas olían a tabaco, tabaco negro, que era el que más se fumaba. Hasta que un día empezamos a leer en los periódicos que en Estados Unidos habían descubierto la relación entre cáncer y el hábito de fumar. Hasta que la cosa tomó fuerza y todos estamos de acuerdo: fumar mata, fumar produce cáncer, fumar produce esterilidad. Varios amigos nuestros han muerto de cáncer de pulmón. Claro que alguno ni siquiera había fumado en su vida pero tuvieron cáncer y murieron. Se prohibió en toda la Europa occidental fumar en los espacios cerrados. Las autoridades sanitarias se han tomado esto muy en serio y España es el último país donde se ha prohibido fumar. todos a la calle a fumar. Pero no en cualquier sitio: no se puede fumar en parques donde haya niños ni en los alrededores de colegios ni de clínicas ni de hospitales. Llegaremos al extremo de Manizales, donde creo que prohíben fumar en ¡¡las corridas de toros!! Eso sí que no, por ahí no pasarán los españoles, que desde sus tendidos observan las evoluciones de los toreros, armados de puros enormes que aguantan hasta el quinto toro.

Con el tiempo, es decir, dentro de un par de meses, ya no se hablará más de esta prohibición, que muchos ven como un ataque a la libertad de escoger la manera de morir. Pero creo que la vida será más limpia y lo siento por mis amigos fumadores, que siempre tendrán en esta casa el permiso para fumar. Hasta que prohíban fumar, cuando deberían prohibir el tabaco, si es que tan malo resulta. Pero ¿y de dónde saldrían los dineros que deja en las arcas del Estado los impuestos sobre el tabaco? Ahí está el meollo.

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