Reinas de mentira

Reinas de mentira

27 de febrero del 2011

Todas las niñas juegan a ser las princesitas en algún punto de sus vidas. Se revuelcan en los vestidos del closet de la mamá y se prueban todo el maquillaje posible con tal de verse como las muñecas con las que juegan. El asunto cambia de rumbo y se vuelve algo oscuro cuando los adultos intervienen y los elementos divertidos se convierten en requisitos estrictos de competencia, donde se invierten miles de dólares y se pierde por completo el sentido de ser niño.

Susan Anderson es una fotógrafa de Los Ángeles que se ha dedicado a la publicidad y a retratar freaks. Gente fuera de lo común a la que los demás ven como bichos raros. Tres años duró su investigación y elaboración del documento visual que registró con el tema de las reinas de belleza mini. Recorrió Texas, Nevada, Tennessee y California, tres de los estados donde más acción hay en términos de niñas coronadas con tiaras de diamantes de mentiras y maduración prematura.

Estados Unidos es el país responsable de los pageants, concursos de belleza que rompieron la barrera de la usual mayoría de edad a la hora de competir por belleza, reduciéndola a eventos especiales en los que las edades tienen un rango de dos a doce años. El ejemplo más cercano ‒para quienes desconocen el tema de las reinitas‒ es la película de 2006 dirigida por Jonathan Dayton Little Miss Sunshine, donde Olive, la protagonista de unos cinco años, hace correr a su familia con tal de lograr competir en un mini reinado en California.

High Glitz es el nombre del libro en el que Anderson recopiló casi cien fotografías de diferentes concursantes a reinaditos. Todas con los accesorios pertinentes: pelucas y extensiones de pelo, dientes postizos que no dejan ver los de leche, bronceado salido de lata autobronceadora, uñas de más de tres centímetros con manicure francés, pestañas postizas y toneladas de maquillaje para dar un acabado perfecto que asusta.

La industria billonaria de los reinados infantiles no es para cualquier familia. Los gastos pueden superar los doce mil dólares sólo con un vestido de coronación. La inscripción mínima es de seiscientos dólares, pero el gasto total puede ascender hasta medio millón de dólares, sin incluir viaticos. Hay que añadir que se contratan entrenadores que pulen a las niñas para las pruebas, que van desde pequeños shows de talento hasta las pasarelas usuales de todo reinado, todo en taconcitos.

Anderson es famosa por su trabajo con las revistas Glamour y Playboy, de quienes toma varios elementos comunes para ser utilizados en los retratos de High Glitz. Las niñas no sólo parecen árboles de navidad a más no poder de adornos, están tan entrenadas en su oficio que cada foto lograba tomarla máximo en cinco minutos, debido a sus poses perfectas, estudiadas a la perfección. Los fondos rosados y en diferentes tonos pastel salpicados de escarcha, más las caras con exceso de sensualidad y la apariencia adulta de las niñas, generan un resultado entre kitsch, lobo y morboso que parece imposible dejar de ver.

Según Dominic Donaldson, experto en concursos de belleza, los reinaditos templan el carácter porque les dan herramientas para salir adelante en la vida, mientras que cumplen el sueño de convertirse en princesitas por un día. Lo cierto es que existe un mundo escandalizado y dividido entre afición y amor por las reinitas, mientras que otros señalan con el dedo a los papás responsables de tal horror.

Jon Benet Ramsey es la reina mini más famosa. Murió al tope de su carrera, a los seis años. Su cuerpo estrangulado fue hallado hace cinco años en el sótano de la casa de sus papás. Hace cuatro meses se abrió de nuevo el expediente para resolver su crimen, en el que aparecen varias veces ‒como sospechosos‒ los nombres de sus papás. High Glitz, de Susan Anderson, es la colección de niñas que al igual que Ramsey jugaron a princesitas y abandonaron su infancia por más de medio millón de dólares.

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