Tuercas, tornillos y alambres vueltos joyas

Tuercas, tornillos y alambres vueltos joyas

17 de noviembre del 2010

Mercedes Salazar es compulsiva por la materia prima. La última cartera de Louis Vuitton y los nuevos zapatos de Christian Louboutin no le dicen nada. En cambio, al frente de cien botones antiguos o de algunas tuercas y tornillos recién salidos de una ferretería, su actitud cambia de manera sustancial.

Cuando va a París, en lo último que piensa es en las compras que hará en las boutiques de los Campos Elíseos. Para Mercedes no hay mejor plan que ir a buscar objetos raros a Clignacourt, mercado de las pulgas al norte de la ciudad. Diego Martínez, su marido, y sus tres hijos, Lorenza, Ana Perla y Antonio, saben que si están en la Ciudad Luz es un plan familiar obligado en el que muchas veces consiguen los objetos únicos que la hacen feliz.

Diego, con quien está casada hace más de diez años, dice que ella tiene la particularidad increíble de ver las cosas que nadie más ve. La facilidad de encontrar en una vitrina vieja y llena de polvo un pedazo de metal que luego compra por cajas.

La última vez que Mercedes estuvo en Nueva York -hace poco más de un mes-, le pasó con unos botones de vidrio. Terminó metida en una bodega, negra de polvo de la cabeza hasta los pies, destapando cajas y regateando con una señora que lleva cincuenta años en ese negocio en Estados Unidos.

La primera vez que le pasó fue hace doce años. En esa época Mercedes Salazar no era una marca, sino un apodo, “Mechas”, la niña graduada del Helvetia que acababa de estudiar joyería en México. Estaba en una calle de textiles en Nueva York y vio en un escaparate unos pequeños pompones de terciopelo de los que se enamoró de inmediato. No sabía para qué los quería, pero compró una buena cantidad para llevarse a Bogotá.

Esa es otra cosa que pocos conocen de Mercedes. Cuando compra materiales u objetos, no lo hace con una idea fija en la mente. Incluso puede archivarlos por días, semanas, meses y hasta años. De repente, un día cualquiera, recuerda ese acrílico que compró hace dos años en la 30 con 10, y sabe con exactitud dónde lo guardó durante todo ese tiempo. Su esposo llama a esa capacidad su “disco duro artístico”. Es decir, el inventario de la empresa no está en papel, sino en sus neuronas.

Por esa fascinación a las cosas raras, ese afán de tener las cosas que nadie más tiene, descubrió la tagua. Esa semilla de palma sólo se usaba de forma decorativa en bandejas y centros de mesa, hasta que llegó a Mercedes a finales de los años noventa. La conoció en una fábrica de un francés en la zona industrial de Bogotá. Cuando se percató de que ese material y esas semillas “acirculadas” se convertían en unos accesorios increíbles, se acordó, de repente, de los pompones de terciopelo que había comprado unos meses atrás en Nueva York.

La fusión de esos dos elementos, pompones y semillas, se convirtió en Erizos y semillas, su primera colección. Así, la tagua se puso de moda, y Mercedes también.

El tema clave es enamorarse de los materiales. Así le pasó con los botones de Endúlzame la vida, su segunda colección; con los tuercas y tornillos de Se me safó la tuerca, la tercera, y con Chica plástica, la cuarta colección, que representó su romance profundo con el acrílico.

Diez años, cinco almacenes y varias colecciones  demuestran que, como un buen diseñador, sus joyas y su marca han evolucionado. Produce tres grandes colecciones al año, exporta miles de piezas al mes a varios países de Suramérica, Estados Unidos y Europa –en la segunda semana de noviembre exportó 800 piezas a Nueva Jersey-. Sólo este año sus objetos han salido reseñados en las versiones en inglés de las revistas Marie Claire, People y Glamour, y participa todos los años en el Accessorie Circuit, una importante feria que se realiza en Nueva York.

A lo largo de los años ha incluido nuevos elementos y diversas técnicas en su confección. Sin embargo, por más de que pase el tiempo, la persona que se encuentra frente a una joya diseñada por ella, sabe de inmediato que es una pieza de Mercedes Salazar. Esto no en el sentido exclusivo -unos aretes o un collar suyo los puede tener cualquiera-, sino más bien en ese sello único de la sencillez y lo común de sus piezas.

La sencillez es, quizá, su mayor distinción. Ella no recarga, no sobrepone, no atiborra. Todos tienen un aire de inocencia y nostalgia que, incluso, lleva a la infancia. Todos son objetos cotidianos con un detalle especial que los hace diferentes.

Ahora está encarretada con el juego de lotería y los cuentos de hadas y princesas, que los ha redescubierto al jugar con sus hijos. Con el tiempo se ha dado cuenta que su pasión por los materiales la ha llevado a enamorarse de otras cosas: producir sensaciones. Así, su máximo disfrute consiste en transmitir la idea de que lo sencillo y obvio, es lo bonito. Usar una frase sencilla como “Soy la más bonita”, grabada en un dije, o un poema de Darío Jaramillo o  Jacques Prévert –su favorito- en una pulsera, son maneras de producir sensaciones en quienes se acercan a sus diseños.

Quien entra en su taller por estos días –que parece una casa sacada de un cuento-, de seguro será asaltado por varios figurines diminutos de cenicientas, príncipes, hadas madrinas y animales. En esa casa azul llena de matas, piedras, botones, acrílicos, resinas, monedas, hilos y medallas, convive toda la fuerza creativa de una mujer que, en tres colecciones al año y múltiples exportaciones, hace de sus diseños, por lo obvios, algo novedoso y fuera de lo común.

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