Un pequeño tifón llamado Lina Cantillo

Un pequeño tifón llamado Lina Cantillo

6 de febrero del 2011

Desde que tiene memoria sólo ella decide por sí misma. Siempre fue un conflicto que la vistieran cuando era niña, ella tenía que escoger su propia ropa, y su familia entendió que alistarle en las mañanas lo que se iba a poner o aparecerse con unas boticas, una blusita o una faldita de regalo era perder el tiempo. Su criterio era claro como lo sigue siendo hoy y jamás ha dependido de nadie.

Lina es la reina en cualquiera de los ámbitos en los que se mueve. No sólo está al mando de su pequeño imperio de diseño para hombres, la hegemonía de su supremacía femenina persiste también en su casa y en cada una de sus relaciones laborales y personales. Sentada en el gran trono que tiene en su oficina, gobierna un universo masculino casi en su totalidad. Se impone dominante y con la seguridad de quien ha trazado el mapa de su propio destino, puntada tras puntada.

Los contrastes definen su carácter cambiante marcado por estar siempre al filo de los opuestos. Es una mujer que diseña para hombres, su mejor amigo es un hombre, su asistente personal y mano derecha también. Se inspira en hombres, sabe a ciencia cierta quién es el “hombre Lina Cantillo”, los escudriña y se fascina con ellos tanto como para plasmarlos en sus colecciones, que suelen tener también nombres y referencias de hombre.

Cree que todo es cuestión de química. Era la niña de los ojos de su papá y no la compañera inseparable de su mamá. La complicidad que encontró en su papá fue el compuesto perfecto para una fórmula que la haría ser más apegada a los chicos a lo largo de su vida.

Tal vez, por eso mismo, Lina es impenetrable a simple vista. La fragilidad no es una de sus características principales, poco tiene de esa muñequita de porcelana que pareciera romperse con alzar la voz o una mala mirada. Es claro que ese tipo de amenazas no la asustan ni la retan. Es arrolladora, poco carismática, orgullosa sin sutileza alguna, y le viene bien. Tiene motivos para levantar la cabeza y erguir el pecho.

Lina es dueña y señora de su vida. Una vez supo que la moda de grandes ligas era el lugar al que pertenecía, dejó Barranquilla, su ciudad, y viajó a Bogotá para estudiar en la escuela de moda Taller 5 y Arturo Tejada. Siempre, enferma de perfeccionismo, trazó su límite hasta el lugar donde estaba lo mejor: Italia. ahorró un buen tiempo, sin contarle a muchos de sus planes, y compró un tiquete clase ejecutiva y se fue para Milán.

La determinación de hacer las cosas bien y a su modo, logró que se paseara por dos de las escuelas más prestigiosas y caras de la moda en el mundo: la Marangoni, y la Burgo. Lina había encontrado el uso indicado para su inglés de pronunciación y acento perfecto, convirtiéndose en la traductora de cabecera de un adinerado petrolero italiano.

Una monja sería la responsable de que años atrás Lina aprendiera el idioma en casi seis meses. Fue en Nueva York, en uno de los internados privados más elitistas de los Estados Unidos donde nadie hablaba una sola palabra de español. Su estadía hasta los quince años fue amadrinada por la religiosa franciscana. Un verdadero ser humano, dice Lina.

Su paso por la Gran Manzana la cambiaría por completo. En cinco años aprendió a vivir rodeada de muchas personas, pero al fin y al cabo sola, lejos de su familia, donde siempre fue la consentida. La multiculturalidad y las enormes ventanas de moda que adornan la Quinta Avenida confirmaban a cada paso el augurio de su futuro.


Pasarela swim show colección Dunas 2011

Diseñar para hombres significaba escoger el camino difícil. Preparada para retarse a sí misma, entendió que a diferencia del vestuario femenino, el que ella haría contaba con opciones limitadas: pantalón, camisa, chaqueta y los acentos comunes. Estas condiciones exigían, además, una reinvención en cada colección durante cuatro veces o más en el año. La elegancia y detalles del hombre milanés hicieron que su mente volara, y que su marca disponga hoy de cuanto elemento pueda requerir un hombre aparte de lo más básico: corbatas, medias cinturones y seguro que la lista crecerá.

Lina sabe que se encuentra en este mundo para aprender, y en su caso la tolerancia es un lujo y una opción que debe perfeccionar poco a poco. Su paciencia tiene límites. Repite las cosas tres veces, el cuarto llamado es una advertencia clara de tormenta y es cuando se le ponen los ojos en blanco y el silencio es total para hacer de su voz lo único que existe. La reina ha hablado, cualquiera a su alrededor se convierte en súbdito y se hace su voluntad.

Pero una vez se cierran las puertas, pocos son permitidos al interior de ese pequeño tifón encerrado en 1.50 metros de estatura. Lina se pierde entre conocidos y desconocidos, pero se acoge con comodidad junto a los poquísimos que considera sus amigos. Patrick, a quien más quiere entre ellos, no la llama por su nombre. Le dice “bonita”. Ella explica que él se refiere al alma de su mejor amiga, la que para los demás es la diseñadora y señora en su reino.

Su memoria se encuentra intacta a la hora de recordar cuáles han sido los momentos más felices de su vida. Como quién recita una oración, Lina mira hacia arriba y con los dedos hace cuentas de dos fechas que repite en orden de día, mes y año. Son los cumpleaños de Sara y Mateo, sus hijos.

Mateo se permite romper el protocolo y le aconseja a su mamá que deje el cigarrillo. Lina fuma cada mañana después de entrenar cardio y pesas en el gimnasio para comenzar el día, mientras Luciano Pavarotti le canta La Donna E Mobile, el equivalente a la mejor de las bebidas energizantes de su gabinete sonoro. En la tarde, para trabajar, sonará algo de Fonseca, y la noche siempre será bienvenida si suena algo de la década de los ochenta.

Si fuera por Sara, su hija, Lina estaría rodeada de animales. La mamá prefiere los animales en su hábitat. Ahí le gustan y la relajan, para dormirse deja Animal Planet en la televisión, pero el interior se le revuelve si muestran escenas donde el desequilibrio ecológico es palpable. Un gato jamás entrará en su casa, huelen feo y oírlos maullar es desesperante, y si un perro la acompañara sería un fila o un doberman, algo imponente. Un poodle no es una opción.

Por el momento, Lina no tiene afán de buscar al hombre que comparta su vida. Por ahora cuenta con dos apoyos incalculables: Carlos, su asistente personal y mano derecha y Edith, su empleada de hace diez años quien tiene claro que jamás servirá un pollo en la mesa de la diseñadora.

Un día, cuando era muy pequeña, Lina se escondió detrás de un muro que llevaba al gran patio de árboles frutales que tenía la casa donde vivía en Barranquilla, y a sabiendas de un castigo, observó estática cómo las enormes matronas negras de blancas polleras, con sus grandes y fuertes manos fumaban tabaco mientras despescuezaban un ave que aún convulsionaba al entrar al agua hirviente, y al que luego vería con horror sobre la mesa del comedor convertido en almuerzo.

Si Lina cambiara de lugar con alguien, sería ella misma, con diez centímetros más de estatura y viviría de nuevo en Nueva York, sus amigos serían Andy Warhol y Diane Von Fustenberg y tendría un sitio privilegiado en el V.I.P. de Studio 54, pero sin tantos excesos químicos. Hoy se encuentra rodeada de nuevas piezas para su próxima colección, inspirada en las dunas, por lo que las imágenes recurrentes son el hombre árabe y su paso por el desierto.

El tiempo de la reina es precioso, la vida es buena y a veces tiene tiempo para comer, pero por lo general es imparable en su rutina diaria. Sólo Sara o Mateo pueden echar atrás su reloj. Sólo ella, en la soledad de su oficina, es fiel a sí misma, cuando puede verse vulnerable y dejar atrás la armadura de éxito rotundo que la hacen dueña de varios almacenes en Colombia y Estados Unidos. En esa soledad puede llorar, pero afuera no. Una reina nunca llora en público.