Hombres no son dominados por la testosterona

Hombres no son dominados por la testosterona

14 de junio del 2019

Cordelia Fine publicó en español su libro Testosterona rex, en cual analiza modelos científicos obsoletos que refuerzan falsos mitos establecidos como el de la supuesta preferencia de los hombres por el riesgo. Ella defiende que las diferencias entre sexos son mucho más dinámicas de lo que creemos.

Fine es psicóloga y catedrática de Historia y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Melbourne, Australia. Con sus libros trata de desmentir mitos populares que todavía están arraigados a las diferencias sexuales que existen entre los cerebros de hombres y mujeres.

Su reciente publicación Testosterone rex, defiende que los roles sexuales, pasados y presentes, son solo convencionalismos, “la evolución nos ha hecho mucho más similares de lo que creemos“, afirmó la psicóloga.

La famosa hormona que da título al libro es una de sus dianas, pero no la única. En una realizada por la Agencia de Noticias Sinc, la británica habló sobre su más reciente publicación en español.

¿Qué es Testosterona rex?

Es el término que he acuñado para aglutinar todas esas creencias tan familiares sobre el sexo biológico y la naturaleza humana, según las cuales la evolución ha favorecido que los machos sean más competitivos y arriesgados porque eso mejoraba el éxito reproductor de nuestros antepasados. Como consecuencia, según estas ideas, los cerebros masculinos están dirigidos por la testosterona.

La creencia de que los varones son esa especie de Testosterona rex está basada en modelos científicos viejos, que no corresponden con cómo se entiende el sexo en la biología evolutiva, la antropología y la psicología. Escogí el nombre ‘rex’, que significa rey en latín, porque los hombres tienen todavía más poder en el mundo que las mujeres.

Usted analizó en Delusions of gender el trabajo del investigador Simon Baron-Cohen, que clasifica los cerebros en dos tipos: uno empático, típico de las mujeres, y otro sistemático, más propio de los hombres. En su último estudio asegura confirmar esta teoría. No le han faltado críticas. ¿Cree usted que existen dos clases de cerebros?

Es uno de los principales defensores de que los hombres ‘piensan’ y las mujeres ‘sienten’. Uno de los problemas que señalé en el libro y veo en el nuevo estudio es que mide la empatía y el comportamiento sistematizador mediante autocuestionarios con preguntas como ‘¿soy bueno entendiendo lo que sienten los demás?’. Un buen puñado de estudios muestran que, en realidad, juzgamos muy mal nuestras propias habilidades [risas]. Es más fácil hacer un cuestionario que medir un comportamiento, pero es un método incorrecto.

A la hora de medir el carácter sistematizador, tampoco miden la capacidad de comprender cómo funciona un sistema, sino el interés de cada participante en actividades tradicionalmente asociadas a los hombres. Es raro que el título del estudio haga referencia a tipos de cerebros cuando no se han estudiado cerebros, sino que se han repartido breves cuestionarios. Eso no es observar el cerebro, es medir la autopercepción a través de estereotipos.

¿Cuales son las diferencias en el cerebro de hombres y mujeres, ¿no deberían reflejarse en nuestro comportamiento?

En cierto sentido sí, pero la base neural del comportamiento es tan complicada que hasta para un neurocientífico, que trabaja con experimentos animales muy controlados, resulta difícil establecer esa relación entre las diferencias sexuales en el cerebro y el comportamiento.

Más allá de que haya diferencias por sexo en el cerebro o que estas tengan implicaciones para el comportamiento, debemos ser muy cautos al sugerir qué significan. Es muy tentador dibujar estereotipos de género para rellenar ese hueco en nuestro conocimiento científico.

En ese sentido, frente a la idea de que las desigualdades entre hombres y mujeres se explican por estas diferencias, en Testosterona rex defiende que, partiendo de las diferencias, hombres y mujeres hemos evolucionado hacia la igualdad. O, como resume en su libro, que 3+1 = 2+2.

Cuando vemos una diferencia sexual en biología tendemos a pensar que ese tipo de cosas son las que hacen diferentes a machos y hembras. Es más interesante ver cómo, en muchas ocasiones, ambos sexos se comportan de una forma similar a pesar de tener diferentes tamaños cerebrales, niveles de químicos y hormonas.

Pero, si existen diferencias en el cerebro de hombres y mujeres, ¿no deberían reflejarse en nuestro comportamiento?

En cierto sentido sí, pero la base neural del comportamiento es tan complicada que hasta para un neurocientífico, que trabaja con experimentos animales muy controlados, resulta difícil establecer esa relación entre las diferencias sexuales en el cerebro y el comportamiento.

Más allá de que haya diferencias por sexo en el cerebro o que estas tengan implicaciones para el comportamiento, debemos ser muy cautos al sugerir qué significan. Es muy tentador dibujar estereotipos de género para rellenar ese hueco en nuestro conocimiento científico.

Repite en su libro que Testosterona rex está moribundo. ¿No cree que el uso de la biología y la evolución para explicar las diferencias entre sexos goza de buena salud?

Hay estudios psicológicos que muestran que este tipo de creencias profundas y enraizadas sobre diferencias entre hombres y mujeres se utilizan estratégicamente en momentos en los que el status quo está amenazado. Sirven al sistema para justificar las desigualdades.

Al mismo tiempo, percibo una retórica preocupante que asume que cualquier tipo de crítica a investigaciones como las de Baron-Cohen debe estar motivada políticamente. Si tu oponente presupone eso, entonces no se va a tomar la molestia de mirar los hechos y tomárselos en serio. En realidad, las críticas no se dirigen al hecho de que se lleven a cabo este tipo de investigaciones, sino a las interpretaciones o problemas en su metodología.

Con información de la Agencia de Noticias Sinc

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