Nos colamos en un baño turco en Marruecos

27 de abril del 2011

Cuando se visita un país tan lejano en distancia y en cultura como Marruecos, es inevitable traer a la mente imágenes del cine o de la literatura. Yo viajé con algunos cuentos de Las mil y una noches en mi cabeza. Pero al llegar, me di cuenta de que la belleza de una ciudad imperial […]

Nos colamos en un baño turco en Marruecos

Cuando se visita un país tan lejano en distancia y en cultura como Marruecos, es inevitable traer a la mente imágenes del cine o de la literatura. Yo viajé con algunos cuentos de Las mil y una noches en mi cabeza. Pero al llegar, me di cuenta de que la belleza de una ciudad imperial como Fez iba más allá de mi imaginación, de los libros y sobre todo, de los estereotipos impuestos a los países musulmanes.

Fue Mohamed –el encargado de mi hostal, parte de la nueva generación de Fez y hoy gran amigo‒ quien me explicó que dentro de las casas de la Medina, la ciudad antigua, no hay duchas, y que la gente no acostumbra a bañarse de forma individual, porque además el agua es un lujo. Así, todos van a los Hammam, un ritual donde todas las categorías sociales se encuentran desde hace miles de años para limpiar su cuerpo con meticulosidad, hablar de la vida cotidiana y prepararse para el rezo en la mezquita.

Esa noche de jueves leí en mi guía turística todo sobre estos baños a vapor. Nacieron en el imperio romano y se expandieron por todo el medio oriente, fueron apetecidos por los franceses e ingleses durante los años de la colonización y sirvieron de inspiración para los artistas orientalistas. Aprendí que existen diferentes gamas, aquellos de sesenta euros la sesión, hechos para los turistas, y los de cuatro euros utilizados por la población local. Se recomendaba tener cuidado con las condiciones higiénicas y escoger los horarios adecuados para hombres o mujeres.

Sofía Buendía, la cronista, antes de entrar al baño turco.

Confieso que lo pensé dos veces. Pero la curiosidad fue más fuerte. Escogí el Hammam Ain-Azleten de cuatro euros, no sólo por razones económicas sino también por esa guerra de los turistas por no encontrarse con más turistas durante sus viajes “de expedición”. No obstante, ni los burros en cada esquina, ni los niños persiguiéndome, ni los palacios en oro, ni los olores a especias me habrían preparado para vivir esta experiencia.

Fui llevada por el mismo Mohamed a la entrada del Hammam, quien me presentó en árabe a una señora que me miraba con curiosidad y que, sin pensarlo, me haló del brazo para meterme a un mundo desconocido que me mostraría imágenes jamás antes vistas. Entré con timidez con una bolsita en la que sólo llevaba lo recomendado: un guante propio y jabón negro, los productos básicos de una exfoliación tradicional. Un corredor largo y oscuro, con baldosas de colores y mucha humedad nos condujo a una sala para cambiarme.

Había doce mujeres con la cabeza tapada y tres con el Chilaba-Litam ‒traje tradicional‒, que cubría su cuerpo y rostro por completo. Ellas, al contrario, iban con baldes llenos de esponjas, aceites, champú y cremas. La mujer me hizo señas de desvestirme y desapareció por una puertecita de donde salía mucho vapor. Me sentía observada. Me desnudé muy despacio imitando a las otras mujeres. No sabía cuánta ropa quitarme, dónde guardarla y mucho menos qué hacer después.

Concentrada en mis reflexiones banales no me había dado cuenta que después de unos minutos estaba rodeada de mujeres desnudas, libres de las capas de ropa con las que días atrás las veía comprar sus alimentos en el mercado, con sus niños y cocinando. Miré a mi alrededor, traté de sonreírles pero recibí algunas miradas de curiosidad y una que otra de desaprobación. Recordé entonces mi tatuaje y mi piercing. Bajé la cabeza y esperé. De la puertecita apareció una abuela de más o menos ochenta años, desnuda pero en calzones negros, que venía en mi búsqueda. Me sentí ridícula, era la única que necesitaba ayuda.

Con una sonrisa de complicidad, pero también con movimientos enérgicos, me hizo entrar por la misma puerta a una nube de vapor sofocante. Entonces tuve que detenerme, casi sin aire, para contemplar el lugar: un cuadro orientalista, un cuento de Scheherezade, el mundo místico de las mujeres musulmanas. Dentro de una sala circular con baldosas verdes y azules, 25 mujeres sentadas y de pie frotaban sus pieles, peinaban sus largos pelos, masajeaban sus cuerpos. Mujeres de todas las edades, delgadas, rollizas, blancas, negras, morenas, pelirrojas, todas, depiladas por completo en un ritual de limpieza: baño con agua hirviendo, exfoliación y masajes con aceites.

Volví a la realidad con un tirón de la abuela, que me señaló una esquina en particular para sentarme. Rodeada de baldes llenos de agua hirviendo, observé y repetí los movimientos de todas. Saqué mi jabón negro, que normalmente saca bastante espuma, pero que en mi caso sólo daba una baba insípida. Agradecí poder hablar francés para preguntarle a la mujer de al lado cómo debía hacerlo. Al mirar mi jabón, me observó con compasión y sin decir una palabra sacó un buen pedazo del suyo, me volteó y empezó a frotarme la espalda, las piernas y los brazos. Quedé absorta, con la duda de la calidad del jabón que me había comprado. Me preguntó de dónde era, el porqué de mi visita. Me dijo que la bebé a su lado era su hija y me respondió “Insha´Allah” cuando le conté que pronto me casaría. Al final, me recomendó echarme agua bien caliente y esperar.

El carácter recatado de las mujeres musulmanas se pierde en los baños turcos.

La ansiedad empezó a desaparecer. La abuela regresó, esta vez con un guante en la mano, y recostó mi espalda con suavidad en su pecho desnudo. Empezó a exfoliar todo mi cuerpo, su mano pasó por mi vientre, mis axilas, mis senos, mi entrepierna. Su manera de hacerlo era tan profesional que sólo me dejé ir. Se veía salir mi piel muerta. La anciana le preguntó algo en árabe a la joven a mi lado, sonrieron, me miraron y volvieron a hablar. No aguanté más y pregunté qué pasaba. “¿Es la primera vez que haces esto?”. Respondí que sí. “Se nota”, dijo, y me di cuenta de que eran ellas las que cuestionaban mis condiciones de higiene. Nos reímos las tres.

De pronto me sentí parte de ese lugar. Aunque no hablaba su idioma, aunque venía de muy lejos, había una complicidad entre nosotras. Una bebé se sentó cerca de mí, la mujer del frente peinaba su cabello hasta la espalda, mamá e hija se sobaban una a otra y una joven con un cuerpo escultural me trajo más agua. Me sorprendió la idea de que ahí estaban las profesoras con sus alumnas, las vendedoras con sus clientes, las médicas con sus pacientes, todas compartiendo en medio de la desnudez. Sólo ellas saben qué pasa allí adentro.

Y ahí me quedé. Relajada, con las nalgas sobre las baldosas de miles de años, haciendo de mi cerebro una cámara de fotos para poder contar lo maravilloso de esta cultura donde el cuerpo es de Dios, por lo tanto sagrado y libre de cualquier tabú.

Pasó más de una hora. Salí con lentitud pero orgullosa de estar desnuda. Igual que ellas me vestí relajada por completo. Cada una cubrió su cuerpo, su cabeza y algunas su rostro. Todas salieron al calor de las calles polvorientas, a sus trabajos, a encontrarse con sus maridos, todas guardando con recelo los secretos del Hammam.

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