“Dejé las drogas por una empanada”

“Dejé las drogas por una empanada”

7 de Febrero del 2013

“Cambié por una empanada”, dice John Jairo Álvarez. Tiene 43 años, nació en Barrancabermeja y hace 18 años no consume drogas. No le avergüenza contar que aprendió a fumar bazuco en su adolescencia y que su familia luchó en vano por mucho tiempo, mientras él vendía su ropa y sus pertenencias, y robaba cuanto podía a su familia para seguir consumiendo. Con el tiempo, arrepentido, pedía disculpas. Pero volvía a sus andadas y se perdía por meses.

“Ahí viene esa vieja hijueputa, dizque buscando al hijo”, le gritaban los ‘ñeros’ a John Jairo cuando su mamá iba a buscarlo. La mujer, avergonzada, no volvió jamás: “Se cansaron de seguirme, de llorarme, y en algún punto entendieron que su vida no podía girar en torno mío”.

John Jairo, pues, continuó en la calle. Vivió cuatro años en El Cartucho, donde vendía armas y joyas. Pero un día, mientras intentaba robar a un comerciante recibió un machetazo en su muñeca izquierda y cuatro puñaladas. En esos momento advirtió que se había convertido en un ser despreciable.

–Ya todo el mundo me trataba como una basura humana. Yo mismo aprendí a comer basura. Nunca lo había hecho: mi papá era administrador de empresas y abogado. Mi hermano es el jefe de servicios generales de seguridad de una multinacional, y mi hermana,  la directora de recursos humanos de Olímpica. Un ñero fue quien me enseño a hacerlo, a improvisar cucharas y tenedores, a escarbar. Además adopté la pose de ñero: tú no puedes llegar a decir ‘0ye, ¿me regalas cinco papeletas de la sustancia psicoactiva que estás vendiendo?’. Tienes que empezar a moverte y caminar de cierta forma, si no, la calle te devora. La mayoría de personas que están en el Bronx son de buena familia, pero tiene que actuar así, como ñeros”.

Comedor comunitario-Bronx

Foto: Lina Rozo

John Jairo Álvarez fue habitante de la calle hasta los 25 años. Se casó con la mujer que lo motivó a dejar las drogas, después de que lo invitara a comerse una empanada.

Unos meses después de recibir el machetazo, John Jairo llamó a su familia para decirles que estaba dispuesto a cambiar. Pero no le creyeron.

–La droga ya no me sabía a nada y me puse a pelear con los expendedores. Me hicieron tres atentados porque los boleteaba, cuenta.

Su vida cambió gracias a un acto sencillo: cuando una pareja de novios lo invitó a comerse una empanada.

–Hermano, ¿cuántos años tiene?

–Tengo 25 años.

–Está joven, usted puede cambiar.

–No, yo ya no puedo cambiar. Los médicos dijeron que era un desechable y esto no tenía cura. En la cárcel también me dijeron que era un cáncer.

John Jairo asegura que algo cambió ese día. Se sintió diferente. Regresó a su casa y cuando estaba bañado y decente llamó a la parejita que lo había ayudado.

–Habla con John Jairo Álvarez.

–¿Cuál John Jairo?

–El ñero.

–¡Ah, sí! ¿Dónde está?

–Estoy aquí con mi familia.

–¿Usted tiene familia?

–Sí, claro, es que Dios no dijo háganse los ñeros y acá aparecimos. Yo tengo familia –le contestó.

Con el tiempo la pareja que lo motivó a salir de la calle terminó su relación. John Jairo se enamoró de la mujer. “A pesar de estar en rehabilitación, y de que me recomendaron no hacerlo, me casé, así que me echaron del centro. Duramos quince años casados, aunque ya nos separamos porque yo le fallé. Tenemos dos hijos: uno de 16 años y otro de 9. Y todo comenzó por una empanada”.

Recuperarte en el Bronx.

John Jairo termina de contar su historia. Hoy tiene una sudadera gris con colores fuertes. Es alto y delgado. Habla sin perder el control, aunque contar su historia no es fácil. Entre risas dice que su hijo menor es feliz contando en las reuniones de padres de familia que su papá fue un ñero y que comía en la basura. “Está muy orgulloso de mí”.

Aunque John Jairo se rehabilitó, no dejó de gustarle estar con los habitantes de calle. Decidió montar una fundación. Allí algunos lo llamaban Hermano Saulo, por su nueva consigna de cambio, le hacían bromas del tipo: “Consigna, hermano, consigna. Ellos me conocían y me tenían respeto, pero también se reían de mi nueva faceta”.

Hace un año licitó para ser operador de un comedor comunitario. Su historia lo ayudó a ganarse la administración del comedor comunitario justo donde él lo quería: en el Bronx, las dos cuadras entre las calles novena y décima con carreras 15 y 15 A en donde se viven más de 2 mil habitantes de la calle. Según datos de la Policía, el 80 por ciento de los habitantes de la calle provienen de otras ciudades del país. La advertencia es que si usted se atreve a entrar a esa calle, es posible que no vuelva a salir.

Este es el único comedor que visitan los habitantes de la calle que consumen sustancias psicoactivas. Decidieron llamarlo Recuperarte.

Comedor comunitario-Bronx

Foto: Lina Rozo

El comedor comunitario Recuperarte en el Bronx, abrió desde diciembre del año pasado, sin embargo ha tenido que cerrar dos veces por atentados.

A una cuadra del Bronx queda este comedor que montaron en una bodega de 54 metros cuadrados, que Jhon Jairo consiguió con el tío de una amiga, porque nadie más les quiso arrendar. En la entrada están algunos habitantes esperando la hora del almuerzo, otros hablan con John. Algunos lo ayudan a organizar o a reunir a los demás habitantes de la calle.

“Para mí es un privilegio porque yo sé lo que es el hambre y que le ofrezcan  a uno una comida digna: sobre todo que se la den sin asco. La plata de ellos no vale en ningún lado, así que si piden comida, a muchos no les venden. Mientras que el jibaro lo está esperando ansioso”.

El comedor abrió el 18 de diciembre de 2012 y tuvo que cerrar el 29 de diciembre. Lo reabrieron el 16 de enero de este año.

–Me mandaron a decir que nadie había autorizado esta “mierda”. Yo me fui a avisar a la Alcaldía, pero cuando volví me enteré de que casi 10 tipos armados con mini Uzi tumbaron la puerta y dejaron claro que o cerrábamos el lugar o le ponían una bomba.

Después de avisar a la Alcaldía y cerrar por unos días, decidieron reabrir. Sin embargo, el 29 de diciembre en la noche les robaron las ollas e incendiaron el local. Reabrieron con ayuda de la policía y todavía no saben quiénes fueron los responsables, aunque John Jairo tiene sospechas. Algunos le han dicho que fueron los de seguridad del Bronx, conocidos como ‘Sayayines’; no obstante, otras hipótesis apuntan a que fue la seguridad de los comerciantes, que teme que la zona del Bronx crezca. “Son otro tipo de personas por identificar”, cuenta, pero no quiere seguir hablando del tema. Está concentrado en las raciones que debe repartir en este momento.

–Esta bodega me la arrendo una amiga, pero necesitamos una más grande: y usted cree que nos la alquilan. Pues no lo hacen, no nos quieren acá, pero yo voy a seguir intentando.

“Trabajar con ellos no es difícil, solo necesitamos manejar su ansiedad”

John Jairo atiende a más de 250 habitantes de la calle todos los días. Él y otras ocho personas, entre cocineros, nutricionista y sicóloga, llegan a las 6 a.m. para tener todo listo. En total entregan 250 platos, pero esperan que aumentar pronto a 400. Cada plato le cuesta al Distrito $2.950 pesos.

Son las 10 a.m y es hora de traerlos. Caminan hacia la Plaza España, de treinta habitantes de la calle hacen fila. También los recogen frente a la iglesia del Voto Nacional. Los están esperando para almorzar. Los turnos de treinta personas se armaron para no molestar a los comerciantes y residentes del sector.

–Papacito, por fin llego –le grita una mujer a John.

Todos están ansiosos. Algunos. Bajo el efecto de las drogas, se impacientan aún más. Pero los calman entre John Jairo; la sicóloga, Dalia Devia, y Camilo Balanta, un joven rehabilitado por John. Algunos tienen que quedarse y esperar al siguiente turno.

–¿Usted sabe lo que son 20 minutos esperando en ese estado? Eso es igual que pedirle a una persona que quiere entrar al baño que no lo haga. Es en serio –dice John Jairo, a quien le molesta no poder atender a todos a tiempo.

Bajan la calle en fila, como niños de colegio, y entran al comedor. Se sientan y dicen que les podemos tomar una foto, pero con la comida, para que se note lo que está pasando ahí. Normalmente rezan una oración, pero hoy hay mucho caos y no lo hacen. La mayoría de habitantes de este grupo supera los treinta años.

–Yo vengo acá porque me ayuda mucho, aunque vea: yo soy limpio y me baño –dice Ricardo Fiberoz, quien afirma fumar marihuana, pero no consumir otras drogas. Vive en una pieza del sector que le cuesta $7.000 pesos el día.

Comedor comunitario-Bronx

Foto: Lina Rozo

Los habitantes de la calle esperan a John Jairo en la Plaza España, para ir en grupos de 30 y no molestar a los vecinos.

El menú de hoy es sopa de plátano, arroz con fideos, albóndigas, papá a la francesa, habichuela y jugo de guayaba. Todos esperan el almuerzo y en menos de diez minutos salen los primeros con los platos de icopor limpios.

John Jairo les pide que esperen el postre.

En un rato vuelve Balanta con otros 30 indigentes. Algunos se quedan por fuera y tocan fuerte, están molestos. John Jairo sale y los calma. Lo respetan. Con algunos de ellos convivió en El Cartucho.

–Ayer me pasó algo muy duro –dice.

–Llegó uno de los habitantes y me preguntó si no lo reconocía. Solo supe quien era cuando comenzó a cantarme la canción del centro de rehabilitación: era el líder que me había sacado de las drogas.

John Jairo se detiene y trata de contener las lágrimas, pero no logra hacerlo. Solo dice que es muy duro ver que una persona que lo motivó para salir de la droga caiga después de tantos años. No sabe si lo va a volver a verlo porque algunos de sus compañeros de rehabilitación se avergüenzan de que él los vea.

El segundo grupo es más variado. Hay personas más jóvenes y se arma una pequeña pelea que tienen que calmar: “Es precisamente por eso que nos quieren sacar, así que se comportan por favor”. El ambiente está algo más tenso y el calor en esta pequeña bodega, que cuenta con poca ventilación, se hace más fuerte.

–Yo sé que acá vienen ‘Sayayines’, los que cuidan el Bronx, pero igual toca atenderlos” –afirma John Jairo.

Un grupo de mujeres jóvenes, de no más de 18 años, con mucho maquillaje en la cara, shorts y tenis, se sienta en una de las mesas y a algunos habitantes de la calle las miran mal. Son prostitutas y alegan por su derecho a comer allí. Una de ellas está embarazada.

Comedor comunitario-Bronx

Foto: Lina Rozo

En este comedor comunitario sirven 250 almuerzos. Además de habitantes de la calle, van algunos sayayines (guardias del Bronx) y prostitutas.

John nos dice que con este grupo es mejor no sacar la cámara, pero después de un rato todo parece calmarse. Sirven una nueva tanda de almuerzos y todos comen rápidamente.

–Gracias, madre, que pena la discusión pero son poquitos los que alegan –dice una de las habitantes que va saliendo.

Un grupo se alista para la foto, mientras que otros se marchan. John y los demás del equipo están sudando. Son las 11 a.m. y aún les faltan varios grupos más por ingresar.  A la 1 p.m. acaban.

Afuera están esperando otras personas que tienen el sello para ingresar. Están ansiosos por almorzar. John Jairo dice que es mejor comenzar a servir el almuerzo a las 9 a.m., quiere intentarlo porque sabe que algunos encontrarán más temprano en la mañana la droga y no pensarán ni en comer, por eso se apura, corre, sigue enérgico y fuerte. Les pide compostura y le hacen caso. El calor es intenso. Todos se sientan y esperan su plato de comida.

Mientras tanto, afuera, las calles del Bronx siguen siendo una fortaleza impenetrable. Un mundo aparte.  No hay policía, pero se ve un Camad –Centro de Atención Móvil de Drogodependencia–, diminuto entre los cerros de basura y las murallas de plástico que se arman para ocultar lo que ocurre adentro.

“Si uno de ellos quiere cambiar le toca irse de ahí. Yo se los he dicho, pero ellos no me creen. Estando en una calle así es imposible salirse de esto”, cuenta John Jairo mientras se queda ordenando a un nuevo grupo, que lo espera ansioso.

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