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Felipe López, un magnate angustiado

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Mientras Colombia lee Semana, sus periodistas duermen. Mientras Félix de Bedout se pelea con un paramilitar en La W, Uribe insulta a Coronell en Twitter y la gente se grita en pleno trancón, los lunes los periodistas de Semana llegan a las 11 a. m. a la oficina con un café en la mano. En el consejo de redacción, más que discutir qué estuvo bien y mal de la edición, los periodistas de Semana especulan qué personalidad pública puede “echar humo” gracias a su escritos. En La W, en Twitter, en los trancones. Con seguridad hay alguien.

Uno de ellos es Felipe López, el dueño.

Así fue el caso el lunes 22 de agosto de 1988. María Elvira Samper, la editora, publicó en un confidencial que, por primera vez en años, el noticiero 24 Horas le había ganado en rating al Noticiero de las 7, propiedad de López y su esposa, Pilar Castaño. El viernes, día en que la revista Semana se cierra, Felipe estaba en Nueva York y no pudo revisar la edición.

Y el lunes botaba humo. Con la revista en la mano, preguntó quién había escrito ese confidencial. Después de enterarse que fue María Elvira, le tiró la revista en la cara. Ella, una de sus amigas más cercanas, le renunció de inmediato.

Días después, López y Samper se encontraron en un entierro. Y, cuenta ella, “ahí estaba Felipe, con esa cara que hace, de perrito regañado; y yo cómo le iba a decir que no. Volví”. Ese es un Felipe López, el que siempre cae parado.

También está Felipe López, el que no mira para abajo. Un ex empleado de Semana me contó que un día venía de recoger su almuerzo, una sopa que llevaba en un plato. Estaba en el ascensor y López entró sin percatarse de él. Siguiente escena: la corbata de Felipe López dentro de la sopa del periodista, que sudaba de nervios. Ambos se bajaron y López nunca se dio cuenta de su corbata ensopada mientras estuvo en el ascensor.

Y está Felipe López, el gran burgués. En su casa de Anapoima tuvo lugar el matrimonio de María, su hija, al que se invitaron 900 personas. López estuvo más que pendiente de la lista de invitados. La vida de Felipe López es la vida de un burgués, en todos los sentidos: dueño de los medios de producción, heredero de la vieja aristocracia y promotor del libre mercado. Nació el 10 de noviembre de 1947 y entró en el Liceo Francés, estuvo un tiempo en Boston y se graduó del Colegio Nueva Granada. Se fue para Alemania, después entró al London School of Economics, una institución de neoliberales, e hizo un MBA en Suiza. Al graduarse trabajó en Londres para la Federación de Cafeteros. Vivía en un barrio burgués, en Chelsea, en un sótano arrendado. Quiso trabajar de mesero y el primer día Fernando Mazuera, un amigo de la sociedad aristócrata bogotana, se lo encontró y le dijo “chino, usted qué hace acá. Diga de cuánto es el problema y yo se lo arreglo”. Con 90 libras en la mano, Felipe se quitó el delantal y se fue. No duró un día.

En esta capilla se caso María López.

Otro de sus palacios lo tiene en el East Midtown Manhattan, en Nueva York. Allí se ve al Felipe López caminante, lector de revistas, artista y coleccionista de arte inédito que recoge en ferias de artesanías en París, Madrid o Medellín, donde encontró la mesa china con incrustaciones en nácar que está en su apartamento en Bogotá, que queda en un edificio de patrimonio arquitectónico.

¿Un gran burgués, Felipe López? ¿De verdad? Felipe López puede ser visto de muchas formas: que es un títere del poder, que es un solapado, que es un genio, que es un maestro, que es un mujeriego. ¿Quién es Felipe López? ¿Quién es el fundador y presidente de la revista más influyente del país? ¿Cuál es la verdad –bueno, sí: casi toda la verdad– sobre Felipe López?

“Si quiere descuartizar a Felipe López, lo tiene que ver por pedacitos: que es avaro, contemplativo con el poder, que se burla de todo el mundo, pichón de rico. Pero si lo mira en su totalidad, Felipe López es coherente. Mirado en su integridad, se aplaude. Felipe no vive de cuento. Cada suscriptor se lo consiguió a punto de rigor”, dijo Héctor Rincón.

Primero está Felipe López, el periodista, al que comparan con Charles Foster Kane.

Si el periodismo es el primer borrador de la historia, en el caso de Semana esto se nota a leguas. La revista ha escrito la historia del país en los últimos veinte años de la A a la Z. Y le ha dado un punto de referencia a la opinión pública. Semana, más que nadie, redacta las fuentes de los historiadores. La Revista nunca ha tenido reparos para denunciar a los delincuentes que se han pasado por estas tierras en los últimos treinta años, que no son pocos. The Washington PostThe New York TimesThe Economist han dicho que Semana es la mejor revista de Latinoamérica. Hay un antes y un después de Semana en la historia del país. Y eso se debe al ingenioso trabajo de Felipe López Caballero.

“El imperio de Kane en su gloria… era un imperio sobre un imperio… Para 44 millones de lectores, más noticioso que los nombres en sus titulares, era el mismo Kane, el más grande magnate de periódicos de esta o cualquier generación”, dice el narrador de El Ciudadano Kane.

Kane, el protagonista de la película de Orson Wells.

En pleno cierre, una periodista tenía que confirmar un dato con Felipe López. Lo cogió en la portería y le preguntó. Felipe, que no sabía la veracidad del dato, le dijo “¡calumnia, calumnia! Pero publíquelo: después rectificamos”. Ese es un parecido con Kane: que se lanza sin tapujos.

En el quinto piso del edificio de Semana está la oficina de López, separada en tres cuartos: el de Mireya, su secretaria, una sala de juntas y el cuarto donde está el escritorio que nunca usa. Hay una televisión, cuadros coloridos, un muñeco del Tío Sam, un reproductor de cine antiguo y una parodia de la portada de Semana con el título La boda del siglo, que hace referencia al matrimonio de María, su hija.

En ese mismo piso están los editores y María López. En el cuarto piso es la sala de redacción y en el sexto está la oficina del director, que es un altillo forrado con los diplomas de los innumerables premios que ha recibido la revista. Ahí trabaja hace diez años Alejandro Santos, quien me dijo “Felipe, un preocupado estructural, le hace honor al filósofo Søren Kierkegaard: la angustia es parte esencial de su existencia. Felipe vive porque vive angustiado”.

En eso, digamos, también se parece a Foster Kane: en que no se puede quedar quieto. Pero tiene una gran diferencia: López no es un mercenario de las noticias. La credibilidad de Semana no es en vano. A pesar de que nunca salió a la calle a hacer reportería, tiene una sensibilidad periodística innata. Y eso lo convierte en un gran periodista: balanceado y audaz. “Un artículo escrito por Felipe es dialéctico: enfrenta las teorías, el por qué sí y el por qué no. Él ya sabe la conclusión, pero el artículo está deconstruído con todos los ángulos”, dice María Isabel Rueda. Felipe, dice Antonio Caballero, “no es un Rupert Murdoch, que pone su prensa al servicio del poder, sin importar la objetividad. Tampoco es un Berlusconi, que la pone al servicio suyo”.

Son famosas dos frases de Felipe López: “los comunistas del cuarto piso”, para referirse a sus periodistas, y “no hay delincuente de cuello blanco”. Hay gente que le llama a eso solidaridad de clase, porque no se gana enemigos en el poder. En el plano periodístico, López tiene complejo de ser injusto. Y se lo critican, porque presume la inocencia de la gente hasta perjudicar el escepticismo que debe tener un periodista. Cuando su papá era presidente la prensa le dio muy duro a la familia, y tal vez por eso Felipe quedó con la idea de que la gente no es mala por naturaleza: de que la inocencia se debe dar por sentada antes de que se compruebe lo contrario. No sabe conducir, pero en el periodo presidencial de su papá salió la noticia de que había atropellado a una persona. En realidad, el culpable fue un funcionario de Palacio que se había robado un carro. Ese tipo de experiencias marcaron su visión periodística.

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