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La batalla íntima de Jaime Arrubla

El ex presidente de la Corte Suprema libra a diario duras batallas, pero hay una que ...

Fue un accidente. Consuelo manejaba el automóvil cuando chocó contra una tractomula en la carretera entre el municipio de La Pintada y Medellín. Viajaba con nuestra niña, Cristina estaba pequeñita, tenía dos años, y con la niñera. Sufrió un trauma craneano. Muy grave. Fueron muchos días, semanas, entre la vida y la muerte. Largos períodos de cuidados intensivos y después vino la meningitis. Consuelo tuvo un daño cerebral severo, del que nunca se recuperó. Esteban tenía siete años.

Sumado al dolor, Jaime Arrubla ha cargado con un dilema ético, acentuado por su condición de jurista, igual que los padres de su esposa, Hernando Devis Echandia y Nahir Saavedra de Devis, que como ella, también eran abogados.

Es difícil. Muy difícil. Decidir entre la vida y la muerte de una persona, que además es su mujer. Fueron muchas situaciones. El neurólogo, las amenazas de daño cerebral, procedimientos que había que autorizar, y uno siempre guardando la esperanza. Y llegó la meningitis, que si continúan con los antibióticos o si la dejan descansar.

Uno aferrado a la vida, como un instinto, y más con hijos tan pequeños. Y entonces la noticia fatal. El pronóstico negativo: Consuelo ya no volvería a ser la misma. Permanecería en estado vegetativo hasta el final de sus días. Podían ser muchos años. Debía comunicárselo a mi hijo mayor. ¡Qué duro fue eso!

Vino entonces un período de choque con la familia de Consuelo. Se resistían a aceptarlo. Aparecen los yerbateros, los milagrosos, hasta que finalmente se logra reconocer la fatalidad: no hay nada más que hacer. Y sin embargo, se sigue esperando el milagro que nunca llega.

La tuvimos mucho tiempo en la casa en Medellín. Así, postrada. Hasta que comprendí que era un grave error. Los hijos involucrados permanentemente, privados de la independencia y de la alegría, propias de la edad. Decidí entonces trasladarla a una institución especializada. Allá la podemos visitar cuando queramos, nadie está obligado y a ella la cuidan muy bien. Estamos pendientes, le damos todo el cariño y todo el amor, y mis hijos pueden vivir sus vidas con libertad.

¿Qué hacer con ella?

Su madre, quien murió hace tres meses, y yo, siempre tuvimos muy claro que había que darle el mayor bienestar posible, dentro de su estado. Los hijos, el mayor de Consuelo de un matrimonio anterior, y Esteban, que estudia quinto semestre de Derecho en la Javeriana, mantienen sentimientos encontrados. Sufren mucho al ver a su mamá así, y se preguntan si no sería mejor dejarla descansar.

Esteban, el hijo mayor del magistrado Arrubla, cuenta que hasta hace muy poco lloraba todas las noches, inconsolable, cuando llegaba a su casa. “Lloraba por mi mama. Como si una sombra me persiguiera de un lado a otro”, dice. “Pienso que lo mejor es que ella descanse. Lo que no sé es cómo hacerlo. A veces me despierto pensando en que si llegara a ocurrirle algo, si enfermara y muriera y pudiera descansar, yo también podría hacer finalmente un duelo. Y descansaría”.

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