Blas de Lezo, autorretrato
No se debería hacer pero siempre caemos en el mismo error. Conmemorar y celebrar, según el caso, la muerte para recordar a la persona y su legado. En el caso del pintor barranquillero
Alejandro Obregón se trata de una celebración, si es posible de un carnaval en la geografía metafísica que llamamos cielo. Porque un carnaval, es lo contrario al orden, lo establecido y obedecido, y por esa misma razón, no es para siempre. Una fiesta eterna resultaría agobiante al poco tiempo, o peor aún, terminaría por aburrir a los convidados. Lo novedoso, lo diferente, aquello que rompe la rutina y la repetición es la esencia de la vida, aquí y allá, donde quiera que estemos. Y esa fue la vida de Obregón: un carnaval, un paréntesis, una revolución.
Sobre Obregón se han escrito ríos de tinta, desde la mezcla de literatura y amistad en la pluma de García Márquez, pasando por la diplomacia y poesía de Cobo Borda, o la embebida relación de ron y fraternidad de Álvaro Cepeda Samudio. Y de otros tantos, de su hermano Pedro, de su amigo Fernando Paneso, su adalid Martha Traba, su colega Roda, su compañero León de Greiff, y de los críticos e historiadores del arte de ayer y hoy. Todos escriben o evocan a Obregón: el mejor de los hombres, acérrimo parrandero, padre ejemplar, abuelo encantador, artista insigne, trabajador incansable. Cada quien desde su espacio y sus vivencias, apelando al juicio objetivo y crítico, en algunos, desenfundando la amistad magnánima, en otros, o apelando al magnetismo celebrado que ejercía sobre en sus mujeres. Idolatrándolo y ubicándolo, cada quien según su criterio, en un punto mayor, como un faro para la historia del arte colombiano.

De este modo, son muchísimas las anécdotas, los recuerdos, las evocaciones, fruto del amor y la admiración. En el caso de Marta Traba o Álvaro Medina, conocedores y críticos, no escatiman elogios para describir y calificar su obra, de la crítica argentina fue común la metáfora ascética que decía “Obregón es el dios, y Traba, su anunciadora”. Una especie de Mahoma artístico, defensora empecinada de su obra. Aunque también tuvo la valentía (o el pecado) de criticarlo severamente cuando sentía que equivocaba el camino o el procedimiento, eso sí, con argumentos noveleros de sutil ironía: “que mal pinta Obregón cuando está enamorado”, decía.
Con él hubo en nuestro país arte moderno, comenzamos a dialogar con las corrientes del expresionismo, del figurativismo, del surrealismo, de la abstracción que se consolidaban y replanteaban frenéticamente en Europa. Hubo antecesores que alistaron el camino: Wiedemann, Pizano, Santa María. Pero el zarpazo definitivo lo dio Obregón con su
expresionismo romántico, como anotó un crítico en uno de sus comentarios de prensa. Así, Alejandro Obregón se convirtió en pionero, padre, precursor, y consecuentemente en el pintor oficial, la volatilidad de la fama le hizo el centro de atracción del escenario artístico colombiano. Pero su importancia, más allá de la fama, las anécdotas, las parrandas, es indiscutible. Además, gracias a su generación, que rompió con los cánones parroquiales del ámbito creativo, surgieron artistas de la talla de Botero, Beatriz González, Luis Caballero, Ana Mercedes Hoyos. La calidad de su obra supera los años e influye sobre los hombres.
Hablando de tiempo y calidad, hace cincuenta años que Obregón realizó su obra más conocida y considerada como la más importante de nuestra historia:
La Violencia. Sobre esta obra hay infinidad de comentarios, rumores, como que la mujer que aparece muerta fue una estudiante que asesinaron en Barranquilla por esos días en una protesta universitaria, o que Obregón estaba hojeando un diario y se encontró con la imagen del cadáver de una joven violada. Un juicio más sensato señala que después de leer la obra “La violencia en Colombia” escrita por Fals Borda, Eduardo Umaña y Camilo Torres, quedó impactado y asqueado por la creciente evidencia de una violencia endémica motivada o descuidada, por la elite que gobernaba (y continúa haciéndolo) el país. Esta obra condensa en un lenguaje pictórico sencillo y justo, al tiempo que luctuoso y sombrío, su visión y su sentir de la muerte en Colombia. Es un testimonio personal y universal.
Este año se celebran cincuenta de su obra esencial, y veinte de su despedida. Al final del camino una frase repetida siempre con Cepeda Samudio, en dialecto Cienaguero “primun vivere y endespués philosophare”. O simplemente: "el que se murió se jodió"
La Violencia: lenguaje pictórico y unidad en la imagen