Hace poco se han cumplido cuarenta años de la edición de la novela de Gustavo Álvarez Gardeazábal “Cóndores no entierran todos los días”, quizá la más emblemática obra de ficción sobre la violencia en Colombia. Coincide esta efemérides con dos noticias que pasaron casi desapercibidas entre el cúmulo de infamias cotidianas que trae a diario la Prensa colombiana y que por varias razones me parece que vienen a cuento.
La primera habla de la captura de un muchacho de diecinueve años, Andrés Leonardo Achipiz, que confiesa haber matado a treinta y cinco personas y cuyas tarifas para la ejecución de sus “trabajos” oscilaban entre el millón y los seis millones de pesos. La segunda se refiere a la llamada que ha hecho la Fiscalía para que acudan treinta y cinco personas a oír el pliego de descargos que ha hecho un jefe paramilitar, Juan Francisco Prada, a quien el ente acusador del Estado señala como responsable de 827 homicidios y 7.339 desplazamientos de personas en su zona de operaciones que eran los departamentos de César y Norte de Santander. Dicho sea de paso, las diligencias de este último caso tienen lugar porque este carnicero espera salir de la cárcel antes de un año.
En la novela de Gardeazábal su protagonista, León María Lozano, nunca empuñó un arma para matar a nadie, como parece que es el caso de Prada, pero encargaba de la ejecución de los homicidios a personajes como Achipiz con la determinación y “profesionalismo” suficientes para poder llevar a cabo su cometido. En los tres casos, los de la vida real y el de la ficción, domina la sangre fría de los protagonistas.
Andrés Leonardo Achipiz preguntó a sus captores “¿Por cuál de los treinta y cinco (asesinatos) me están buscando?” Y la pasmosa tranquilidad con que narró los detalles de sus “hazañas” dejó claro a los investigadores que se encontraban ante un asesino en serie que nada tenía que envidiar a los personajes que en semejantes circunstancias hacen correr ríos de tinta en otros países y en Colombia sólo merecen atención uno o dos días. Su caso, han dicho estudiosos en criminología que lo han visto a pocas horas de ser detenido, es de “verdadera vocación” y, además, irrecuperable. Digno de tener en cuenta -por si alguien quiere reflexionar sobre por qué aparecen personajes como éste- que comportamientos como el suyo suelen ser producto del maltrato infantil, la ausencia de un grupo familiar y vacío afectivo.
El caso de Juan Francisco Prada es también sintomático de una sociedad como la colombiana. Armó su grupo criminal tras la fachada de ese invento de Álvaro Uribe que se llamaron Cooperativas de Vigilancia Convivir. Según informe de la Procuraduría, el grupo de Prada –que operó desde 1994 hasta 2006- se ensañó con las mujeres y los homosexuales (¿Quién dijo aquello de “te rompo la cara marica”?) y era usual que se llevaran de los pueblos de la región a las mujeres de entre quince y veinte años, a quienes obligaban a tener relaciones sexuales. Muchas de esas mujeres que fueron objeto de abuso hoy tienen hijos en edad preadolescente, producto de las violaciones.
Vale la pena detenerse algo más en las hazañas de este personaje cuya actividad criminal lo emparenta no sólo con carniceros de la Ruanda, Liberia o Camboya de los peores años sino con los talibanes de Afganistán en los tiempos de mayor furor fundamentalista. Las mujeres encontradas por la calle a altas horas de la noche eran castigadas con golpes y azotes; no podían besar a sus novios o maridos en público, ni usar ropa que este jefe paramilitar considerara insinuante. Obligaban a los jóvenes a llevar pelo corto, castigaban los tatuajes y los homosexuales, como se ha dicho, fueron declarados objetivo militar. “La orden que yo había dado era que mataran… a todos los que hicieran daño a la sociedad”, explicó Prada ante su auditorio.
En la emblemática novela “Cóndores no entierran todos los días” Lozano, el protagonista, es también un hombre de profundas convicciones religiosas, pide la bendición al cura antes de enviar a sus hijas a estudiar fuera, asiste diariamente a misa a primera hora y cada mes recibe el perdón de sus pecados en un confesionario. Mientras en las calles de Tuluá, ciudad de sus fechorías, aparecen cada noche las víctimas que Lozano mandó matar.
Cuarenta años de una ficción que la realidad colombiana supera día a día con horrores cotidianos como los que hoy traigo a cuento y que parecen haber anestesiado a esta sociedad. Aparte los dolientes y las víctimas que quedan vivas, a nadie le importan, a nadie le preocupan.
Infamias cotidianas
Dom, 05/05/2013 - 04:05
Hace poco se han cumplido cuarenta años de la edición de la novela de Gustavo Álvarez Gardeazábal “Cóndores no entierran todos los días”, quizá la más emblemática obra de ficción sobre l
