No se entiende una España fraccionada
Roger Seuba es un joven bibliotecario español sin empleo en este momento pero que dedica buena parte de su vida a una noble causa: denunciar todos los letreros que encuentre escritos en castellano en su región, Cataluña. El gobierno local cuenta allí con una oficina ad hoc para recibir este tipo de denuncias y multar a los delincuentes que pongan en la vía pública letreros en otro idioma que no sea el catalán. Roger tiene 32 años, quiere decir esto que se educó, después de la muerte de Franco, en la más pura ortodoxia del nacionalismo catalán.
En el otro extremo de España, en el País Vasco, hay niños que aprenden que el idioma local, el vascuence o euskera, es la madre de todos los idiomas. Lógico, fue el idioma que hablaron Adán y Eva. Un estudioso del asunto, Juan Bautista de Erro, en una obra publicada en 1815, asegura que “la lengua primitiva fue infusa directamente por Dios al hombre y no creada por éste, y este idioma primitivo creado por Dios y hablado en el Paraíso fue el euskera, mantenido tras la confusión de lenguas de Babel, salvado del Diluvio universal por Noé y traído al País Vasco por Túbal”, nieto de Noé. Hasta aquí sólo dos perlas del collar de varias vueltas de los nacionalismos en España.
Se habla en estos días mucho de independentismo en esos dos territorios españoles, Cataluña y el País Vasco. Normal. No soy historiador ni pretendo entrar en la larga, aburrida y estéril polémica interna sobre este asunto pero, como observador de la vida española desde hace muchos años, tengo la impresión de que de todo este embrollo tienen la culpa unos cuantos políticos mezquinos catalanes y vascos que han manejado siempre una tergiversación de la historia con fines partidistas; y otros tantos políticos del gobierno de España que, por ineptitud y soberbia, dejaron que les creciera el enano.
Entre tanto, una generación de vascos y de catalanes ha crecido estudiando una historia distorsionada y falsa y a ver ahora quién es el guapo que arregla el entuerto. Ya veremos qué pasa y si prosperan estas iniciativas “soberanistas” como llaman por allí al independentismo. Si esto sucede, los que creíamos que la unidad de España se había resuelto en tiempos de Isabel la Católica resulta que estábamos equivocados. Tocará admitirlo, si es que llega ese momento, pero desde Colombia digamos que no se entiende España sin esas dos entidades territoriales. Cosa que -ya lo sé- a los independentistas vascos y catalanes tiene sin cuidado. A mí también me tiene sin cuidado la imagen romántica que muchos de ellos cultivan, por ejemplo, de la guerrilla de las FARC.
Por la visión torcida que hoy tienen muchos españoles de su historia uno puede encontrar a diario ejemplos esperpénticos de lo que allí pretende ser corrección política. Un extranjero que viaje por la envidiable red de carreteras de ese país, por ejemplo, encontrará carteles y letreros que hablan de la red de carreteras “del Estado”. La palabra España no aparece por ninguna parte porque es ofensiva. ¿De qué estado? se pregunta uno. ¡Ah sí, del Estado español! Es a lo máximo que se llega porque decir España da como un poco de asco. Es tan ridícula la cosa que muchos creen que la bandera roja y amarilla –rojigualda, como dicen allí- es un invento del franquismo. No hay hoy en día un niño español que sepa que esa enseña viene de los tiempos de Carlos III que identificó con esos colores a los barcos españoles que surcaban los mares en el siglo XVIII.
Así pues que leer en la prensa que el actual jefe de gobierno de Cataluña, Artur Mas, adalid de la independencia en este momento, se alegra de la difícil situación económica por la que pasa España ofende aunque sólo sea por estética y buenos modales. Y oír al futuro jefe de gobierno vasco, Iñigo Urkullo, saludar su triunfo en las últimas elecciones regionales con un “¡Euzkadi (País Vasco), país europeo!” resulta un poco patético.
Cuenta un periodista y escritor que acompañó al padre del rey Juan Carlos a una revisión ocular a la clínica Barraquer de Barcelona, en los años de la transición política tras la muerte de Franco, que don Juan de Borbón, conde de Barcelona, se mostró muy extrañado de no encontrar en la puerta del palacio de la Generalitat (sede del gobierno catalán) al President que entonces se llamaba Josep Tarradellas. Recorrieron ambos el interior del palacio hasta llegar al recinto en que se encontraba Tarradellas y, al abrir la puerta un ujier, vieron como el President hincaba la rodilla y, tras un besamanos de otros tiempos, dijo a don Juan: “De rodillas recibo a mi Señor natural, el conde de Barcelona”. Estamos hablando de los años 1970, como quien dice antes de ayer.
Tarradellas fue uno de los políticos destacados que volvieron a España del exilio tras la muerte de Franco y que, como todos los que se apuntaron a ese regreso, reconocieron los errores y horrores de la Guerra Civil, cometidos por ambos bandos, y estuvieron dispuestos a hacer tabla rasa con el pasado y contribuir a la convivencia de todos los españoles. Artur Mas, el independentista de nuestros días, es sucesor de ese anciano decimonónico que recibió de tal guisa al padre de don Juan Carlos que, por cierto, entre sus muchos títulos hoy tiene también el de Conde de Barcelona. No se le pide que reciba al rey de rodillas pero sí que no vaya de mártir si no consigue “liberar a Cataluña del yugo español”.
Y por lo que a los vascos se refiere, qué asombroso sería para los colombianos un País Vasco separado de España, sobre todo para los Olano, Olarte, Arizmendi, Uribe, Olaya, Echandía, Echevarría, Arrazola, Maturana, Usuriaga etc. etc. colombianos de apellidos vascos, descendientes de quienes llegaron a esta tierra defendiendo los intereses de los reyes castellanos. Para no hablar de los que conocemos la historia de don Blas de Lezo.
Si en el subcontinente americano hablamos aún hoy el idioma de Castilla se debe en buena medida a ese vasco que defendió Cartagena de Indias con la fiereza propia de uno de los mejores estrategas de la armada española. Tan seguros estaban los ingleses de la toma de Cartagena por parte de las tropas de Vernon que hasta medallas conmemorativas mandaron a acuñar celebrando con antelación su triunfo en 1741.
Vernon pretendió esa nueva conquista tras el saqueo de Portobelo (Panamá), plaza mal defendida y en relación a la cual Lezo espetó al inglés: “Si hubiese estado yo en Portobelo, no hubiera su Merced insultado impunemente a las plazas del Rey mi Señor”.
Seguramente para el señor Urkullo, cuya bandera vasca es hoy por cierto una copia de la Union Jack del Reino Unido, estas palabras de su paisano en Cartagena de Indias –de quien estoy seguro ni ha oído hablar- le parecerían poco menos que una blasfemia. Como a muchos colombianos nos parece un desatino la independencia del País Vasco.
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