Hace unas semanas un oyente llamó a la estación de radio y se quejó de los corresponsales de prensa que trabajan cómodamente sentados en sus casas mientras las noticias ocurren en la calle.
Mi madre, oyente fiel de La W (claro, si tiene un hijo que trabaja allí) tenía el radio encendido y sintió que me había caído el guante.
A miles de kilómetros, desde Medellín, ella sabe que "la mesa de trabajo de Tel Aviv" es en realidad un escritorio viejo -que me regaló un vecino y que tiene una punta pelada- sobre el que se apoya un computador que ya está pidiendo cambio, un lapiz sin punta y un teléfono barato al que más de una vez le ha caído parte del café turco que siempre tengo preparado.
Lo que ella no sabe es que, no pocas veces, también trabajo sin camisa y en calzoncillos mientras la cosa se calienta entre Israel y la Autoridad Palestina y mi sopa se calienta en el microondas.
Considero que hoy es mi deber de buen hijo aliviar a mi madre de esa "culpa ajena" que siente todas las mañanas. Voy a convencerla en estos renglones de que, a pesar de sus temores, soy un muy buen periodista que hace su trabajo como debe ser.
Madre: Es cierto que en las clases de siete de la mañana de la universidad me enseñaron que el periodista debe estar en el lugar de la noticia. Yo lo escribí en el cuaderno "cinco materias" con el Kilométrico que tenía la tapa mordida y creo que hasta lo subrayé. O quizás no fui yo quien lo escribió sino alguna compañera con letra linda que me permitió tomar fotocopias el día antes del examen.
Lo siento madre pero voy a tener que usar una frase de cajón y ahora nos va a caer el guante a los dos: ¡Los tiempos han cambiado! Por una extraña razón que no alcanzo a entender, las cosas resultaron en que para estar de veras bien informado es mejor NO estar en el lugar de la noticia.
Si salgo de casa, estaré en peligro (y no hablo de atentados terroristas). Me refiero a cosas horribles como que no tendré cómo conectar el iPhone (y créeme que se descarga muy rápido), quizás no encontraré internet, o no habrá buena señal para el celular, no podré monitorear los noticieros de televisión, ni las otras emisoras, ni revisar mi correo, ni preguntar por "chat" a mis colegas, ni buscar en Google, ni revisar mi agenda de fuentes, ni traducir del hebreo al español, ni releer párrafos que tengo en mi disco duro, ni comunicarme por messenger con el operador técnico del estudio central, ni sabré qué está pasando en otro lugar de la ciudad, del país, del mundo.
En resumen, madre, si hago aquello que llaman "trabajo de campo" únicamente estaré enterado de lo que sucede a tres o cuatro metros a mi redonda pero estaré desconectado del mundo y además no podré tomar café... ni sopa.
Por eso, madre, y no porque me haya vuelto perezoso o mediocre es que los corresponsales de radio ahora trabajamos desde casa. Desde allí me entero minuto a minuto de lo que sucede en el mundo entero y hasta del segundo a segundo de la sopa.
Tú siempre has dicho que yo me busco las cosas más extrañas. Pues tienes razón, ahora resultó que para hacer bien mi trabajo es mejor que no salga de mi cuarto, que no me relacione con la gente y que me quede sin camisa y en calzoncillos mientras, curiosamente, los oyentes estarán impecablemente vestidos en los lugares donde realmente suceden las noticias.
Tel Aviv, Mayo de 2012, desde mi casa.
Periodista en calzoncillos
Mar, 29/05/2012 - 11:14
Hace unas semanas un oyente llamó a la estación de radio y se quejó de los corresponsales de prensa que trabajan cómodamente sentados en sus casas mientras las noticias ocurren en la calle.
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