Devaluación inmobiliaria por homosexuales en Chapinero

29 de agosto del 2012

A finales de la década de los sesenta solo se hablaba de un homosexual en Ocaña que fue predestinado por sus padres cuando en la pila bautismal le pusieron por nombre Diosael y que en su adolescencia se conoció como “Yolandita” y Reina de los Choferes, un personaje típico y caricaturesco que repartía besos desde […]

A finales de la década de los sesenta solo se hablaba de un homosexual en Ocaña que fue predestinado por sus padres cuando en la pila bautismal le pusieron por nombre Diosael y que en su adolescencia se conoció como “Yolandita” y Reina de los Choferes, un personaje típico y caricaturesco que repartía besos desde la capota de un camión en los carnavales y hacía oficios domésticos en casas de familia. Luego regresó a la heterosexualidad, si es que alguna vez salió de ella, se casó y tuvo hijos.

En aquel ambiente de provinciana santurronería el tema homosexual era tabú de voz baja y Yolandita se consideraba simplemente un caso de locura y diversión, unos años más tarde apareció Güicha, un joven simpático de modales amanerados que organizaba desfiles y reinados y la murmuración se sumergió entonces en morboso escándalo de esquina.

El homosexualismo ha sido perseguido social y penalmente en todas las épocas: para los nazis era una prueba de degeneración racial transmitida por vicio de unos individuos a otros, Oscar Wilde pagó cárcel por homosexual, pero hoy es distinto, en Colombia no es prohibido realizar actos homosexuales desde el decreto 100 de 1980, posteriormente la Constitución del 91 incluyó derechos que favorecieron a la comunidad LGTB, como los de pluralismo, igualdad y libre desarrollo de la personalidad y más tarde, en el año 2000 el Código Penal estableció como circunstancia de agravación punitiva si el delito se comete en razón a la tendencia sexual de la víctima.

Estas medidas jurídicamente sanas y razonables abrieron el clóset como una caja de Pandora y el mundo se llenó de lesbianas, gays, transexuales, bisexuales que ocupan altos cargos públicos y privados, la mayoría de ellos son personas serias, reservadas y algunos, los más notorios se hacen notar en todas las esferas, especialmente como diseñadores de moda, organizadores de eventos de belleza, maestros de pasarela, propietarios de prósperas peluquerías y bares alternativos; es normal verlos en las calles contoneando sus coloridas y apretadas prendas, como orgullosos “Laisas” sin que nadie se dé por enterado o ponga cara de susto. Ganaron un espacio y lo aprovechan porque la sociedad está aprendiendo del respeto a las diferencias y a la autodeterminación personal. Cada uno escoge como quiere vivir su vida.

Pero una cosa es el ejercicio discreto de la sexualidad y otra el alarde público y agresivo de la homosexualidad por parte de quienes se denominan locas y que sus actuaciones depriman el desarrollo urbano de zonas céntricas como ocurre en Bogotá con los alrededores de la calle 24 y con Chapinero desde las calles 53 a la 63 entre la 17 y la 4ª y con el sector que algunos conocen como Chapigay.

El respeto al pluralismo dio paso al abuso y convirtió el derecho a la sexualidad en un instrumento para la violación de normas elementales de convivencia, cosa muy distinta es la libertad a escoger preferencias sexuales que hacer alarde de ellas en público, de manera agresiva y grotesca, en medio de escándalo y sexo explícito combinado con consumo de drogas.

Población LGBTI

No soy homofóbico, es que una pareja LGTB teniendo sexo en una calle causa igual repulsión que una pareja heterosexual haciendo lo mismo, no entienden que con sus actos entierran las luchas de los dirigentes de su comunidad para exigir respeto a su tendencia, porque la libertad sexual, como las demás libertades tiene su limitación en tanto interfiera con los derechos de terceros.

Hay otras conductas que no pueden compartirse y es el nombramiento de funcionarios homosexuales por su sola tendencia, dejando aparte conceptos de mérito y competencia, como la famosa ley de género que obliga el nombramiento de una tercera parte de mujeres en los cargos públicos, sin que nada diga de la capacidad para ejercerlos. Hay homosexuales muy inteligentes y de hecho lo están demostrando porque la inteligencia no riñe con el homosexualismo, pero de ahí a que se es inteligente por ser homosexual hay un abismo.

Chapinero en Bogotá es ejemplo de lo que no debe hacerse y de cómo el nombramiento de Blanca Durán como alcaldesa por su condición homosexual convirtió este hermoso y aprestigiado rincón urbano en un sitio de prostitución gay y de devaluación inmobiliaria, la calle 53 que es un hervidero de gente durante el día, es en la noche imperio de la inseguridad porque la oferta gay atrae toda clase de hampones y lo más triste, en cercanías de la Institución Educativa Distrital Manuela Beltrán.

Los homosexuales locas en busca de clientes son más provocadores que sus colegas femeninas y propician conflictos y escándalos permanentes en los cuales la droga y el hampa encuentran nicho para desmanes y fechorías. Pasar de noche por calles del sector, anteriormente tranquilas y residenciales es un peligro que generó el éxodo de las familias tradicionales del barrio.

La alcaldesa lesbiana de Chapinero consideró que los derechos de su comunidad eran una especie de patente de corso para deteriorar el espacio público, sus licencias a sitios gay demolieron los precios de la vivienda al permitir que la 53 y la 57 se convirtieran en corredores de prostitución. No es posible concebir que se haya nombrado una alcaldesa por el prurito populista de la inclusión homosexual, discriminando y excluyendo a los heterosexuales, al profesionalismo y a la capacidad. Esta aparente forma de incluir es una aberrante manera de exclusión, uno de los tantos despropósitos de la modernidad.

@mariojpachecog

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