El problema de las Farc

Jue, 17/05/2012 - 01:02
El atentado contra Fernando Londoño Hoyos desnuda por completo la angustia de las Farc. ¿Por qué atentar contra Londoño? El Presidente Santos dice no saber que busca el atentado. Pues bien, yo sí
El atentado contra Fernando Londoño Hoyos desnuda por completo la angustia de las Farc. ¿Por qué atentar contra Londoño? El Presidente Santos dice no saber que busca el atentado. Pues bien, yo sí creo entenderlo. Las Farc son quizá un poco más de diez mil combatientes dispersos en la selva o en la clandestinidad, que durante los últimos nueve años han visto caer a sus más temibles líderes bajo las armas del Estado. Por eso, el guerrero raso de las Farc, antes impune y victorioso ante sus pares, es hoy un ser lleno de miedo y desconfianzas, y así no se puede luchar; menos cuando los ideales no son congruentes con lo que ven a diario: reclutamiento forzado, mal trato, abortos obligados, purgas con fusilamiento, privilegios y lujos de los comandantes. En contraste, se enteran que la sociedad afuera de la guerrilla está cada vez más radicalizada contra su existencia armada, y por eso respalda a las Fuerzas Armadas, que evolucionaron, se volvieron eficientes y lograron perforarlas militarmente, pero sobre todo, en su blindaje social. Los comandantes que quedan conocen las tribulaciones de la tropa, y fuerzan la cohesión de esa guerrilla para poder atracar en el muelle de la negociación, de cuerpo entero. Sin embargo, las Farc son más que Secretariado, frentes y cuadrillas de camuflado, pues en sus casi 50 años formaron cuadros de apoyo, citadinos, "pescados" en una clase estudiantil y seudointelectual seducida con consignas idealistas que con el tiempo fue añejándose y, por simple dinámica de la existencia, encajó en la vida urbana sin declinar su vinculación a esa guerrilla. Quienes desde la Universidad se volvieron Farc-Lovers, se graduaron, buscaron empleos e hicieron una vida en las ciudades simpatizando y ayudando, mientras esperaban el triunfo militar de sus huestes armadas. Esos y esas —para hablar como la ultraizquierda— se metieron en los sindicatos, la academia, el poder judicial, las corporaciones públicas, la prensa, el magisterio, y deambularon por años disfrazados de bohemios, en los tertuliaderos de soñadores, idealistas y borrachines que pululan en Bogotá, Medellín, Manizales, Cali, y otras ciudades de Colombia. Tampoco les quedó difícil seguir pensando en la solución marxista de la toma del poder, pues a lo largo de estos 50 años, las ciudades crecieron y con ellas la pobreza y el desamparo del Estado a los más menesterosos se hizo más notorio. En realidad antes siempre fue peor, pero la dogmática marxista no está hecha para reconocer avances, sino para acuñar proclamas, y en la Colombia urbana de finales del siglo XX y la primera década del XXI, nuestros cinturones de miseria sirvieron de caldo de cultivo para que los cincuentones, sesentones y setentones seducidos en su juventud siguieran pensando que las Farc sí tenían una razón política de ser. Hoy, esta guerrilla encara el problema de saber que no encaja en el siglo XXI, saben que la lucha armada no tiene final feliz, están hartos de la selva y de temblar con el silbido de las bombas, pero no tienen como desmontarse ante su base urbana de un modo "presentable" que no implique una rendición, porque claudicar la lucha armada sin pasar de ahí al poder, sería reconocer que cientos de miles de vidas fueron dilapidadas, que miles de millones de dólares vertidos en la guerra pudieron cerrar la brecha entre miseria y dignidad, y que todo eso fue para nada, porque estaban equivocados y había otro camino tan evidente, que el M-19 se les adelantó y les rebasó en la historia. Hay que resaltar que lo de la UP fue imperdonable y nunca debió pasar; los gobiernos fallaron en proteger esas vidas a cualquier costo. Esa matanza absurda retrasó el fin de las Farc hasta nuestros días, les dio razones de odio contra todo lo que no fueran ellas, y radicalizó a sus cuadros urbanos —que para entonces ya eran parte importante de la vida civil nacional— contra las fuerzas armadas y los propietarios de la tierra rural, por asimilarlos —equivocadamente— con los neoterratenientes del narcotráfico, hampones salidos de la marginalidad urbana que invirtieron en tierra rural los excedentes de su lucrativo negocio ilegal. Las Farc bombardearon a Londoño porque necesitan borrar de la tierra cualquier oposición a la posibilidad de una salida negociada que será la madre de todas sus batallas y necesitan ganarla. Triunfar será no ir a la cárcel y validar a su jerarquía superior para ser elegida y desempeñar cargos públicos al más alto nivel. Obvio, no tienen razones políticas para renunciar a la búsqueda del poder. Al fin y al cabo, las extorsiones, el narcotráfico, los secuestros, los homicidios, y todas las atrocidades cometidas, fueron "actos de guerra soportados en una ideología" y eso deberá prevalecer en el tono de las conversaciones, pero sobretodo en el paracaídas que sea la ley marco en la que se sostenga el desarme. Solo así, los amigos de las Farc que viven en las ciudades, encontrarán motivos para creer que sus héroes armados tuvieron razón en esa larga lucha, porque pelearon hasta que Colombia estuvo lista para hacerlos parte de la estructura de decisiones del Estado. Y solo así conciben Timochenko, Iván Márquez, Joaquín Gómez, Granda y los jefes incógnitos, que su lucha termine: no como una desmovilización, sino como una evolución de la gesta, que en realidad es el modo de sobrevivir a la derrota que se les ha venido propinando, y su salvoconducto a la supervivencia urbana, imposible sin el colchón de apoyo que tiendan sus militantes clandestinos empotrados en la sociedad civil. Fue infame bombardear a Londoño; tratando de asesinarlo arruinaron muchas vidas inocentes, como siempre. Y no hay que llamarse a engaños, matarán a quien se interponga en su camino, porque necesitan desesperadamente que las palabras Indulto y Amnistía vuelvan al lenguaje político colombiano. Y quizá vuelvan. En la agonía de la guerra, sus armas se harán más mortíferas. Además, entre quienes tienen que avalarlo, muchos son ellos mismos... Algunos harán marchas de apoyo o escribirán columnas de opinión, otros desde lo más alto del Estado, aprobarán normas, cambiarán jurisprudencias o harán su guiño complaciente. Ese era el plan B. Son una inmensa minoría pero llevan 50 años de coherencia y están muy bien repartidos. @sergioaraujoc
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