La adaptación hedónica

7 de diciembre del 2012

Cuenta un reciente artículo del New York Times sobre una investigación hecha por científicos europeos y americanos que le siguió la pista a 1761 personas que se casaron y permanecieron en ese estado durante 15 años. Los resultados fueron claros: los recién casados disfrutan de relaciones impetuosas que duran, en promedio, solo dos años.  Después […]

Cuenta un reciente artículo del New York Times sobre una investigación hecha por científicos europeos y americanos que le siguió la pista a 1761 personas que se casaron y permanecieron en ese estado durante 15 años. Los resultados fueron claros: los recién casados disfrutan de relaciones impetuosas que duran, en promedio, solo dos años.  Después esa felicidad aguda se empieza a borrar y las parejas vuelven al estado de ánimo que tenían antes de casarse.

Si las parejas siguen juntas durante un par de décadas, pueden recobrar la excitación del período de la luna de miel cuando los hijos se van de la casa. Gozando de la libertad de no tener cargas, las parejas se descubren nuevamente y pueden sentir esa felicidad inicial otra vez. O sea, que para realmente descubrir los encantos del matrimonio hay que vivir juntos unos 20 o 25 años.

Cuando uno está enamorado desarrolla la extraña capacidad de sentirse feliz todo el tiempo, incluso en medio del trancón o en la silla del dentista. Es la época en que la presencia del otro desata mariposas en el estómago, se nos quita el apetito y soñamos despiertos. La sensación es un amor apasionado, un estado de anhelo, deseo y atracción, todo al mismo tiempo, que nos hace felices. Pero con el paso del tiempo, dos años, este amor se transforma en un sentimiento de compañía, en una mezcla menos apasionada de cariño y conexión.

Los humanos tenemos algo llamado capacidad de adaptación hedónica. Es la capacidad de acostumbrarse o habituarse a las situaciones. Obviamente nos adaptamos más fácilmente a las situaciones placenteras y cuando el matrimonio es bueno, es muy bueno. Cuando es malo nos acostumbramos también, pero acá juega más el factor de los hijos. Cuando hay hijos las mujeres somos más dadas a hacer el sacrificio de quedarnos en una mala relación.

El amor apasionado, el deseo sexual y la excitación pasan por la misma adaptación hedónica, tal como sucede con un nuevo trabajo, una casa nueva, o cuando se estrena ropa. Finalmente uno se acostumbra y se acaba la novedad. Mejor dicho, cuando el cónyuge se vuelve tan familiar como un hermano, cesa la atracción sexual. Es más frecuente que las parejas califiquen a su cónyuge como su mejor amigo que como su mejor amante.

La familiaridad puede llevar a la indiferencia. Es cuando se da por sentado al cónyuge. Como dijo Raymond Chandler “El primer beso es mágico. El segundo es íntimo. El tercero es rutinario”.  Los mismos estudios muestran que las mujeres pierden el interés en el sexo más rápido que los hombres.

Cuando las parejas llegan a los dos años de casados, muchos creen erradamente que ese cambio de amor apasionado a amor de compañía es incompatibilidad de la pareja. Para muchos, la posibilidad de que las cosas  sean diferentes, más excitantes, más satisfactorias con alguna otra persona es difícil de resistir. Si no hay hijos el matrimonio corre peligro. Los hijos son el pegamento del matrimonio. Son innumerables las parejas que se quedan juntas por los hijos.

Entra en juego el factor sorpresa. Al principio de una relación todo es sorpresa, todo es nuevo. La pareja se está conociendo. Los temas de conversación son interminables. En la medida que conocemos mejor a nuestra pareja, nos sorprenden menos, hasta llegar al punto que las parejas se dan por sentadas. Cuando los chistes y las anécdotas se empiezan a repetir es cuando empieza la adaptación. La vida se vuelve un poco más aburrida. Con el paso del tiempo uno se da cuenta de que las conversaciones giran en torno a los hijos, se convierten en el monotema.

El darse cuenta de que el matrimonio ya no sorprende es una invitación a la infidelidad. Se deja de lado la que nos es conocido y se favorecen la novedad y las oportunidades de placer inesperado. Como dice Woody Allen en su película “Annie Hall”: “Una relación es como un tiburón. Tiene que moverse todo el tiempo o muere”. En esta etapa lo que realmente ata a la pareja son los hijos y la situación económica. Muchas veces la plata no da para divorciarse. O nos proponemos quedarnos juntos hasta que los hijos se vayan de la casa.

Lo más sorprendente de la investigación es que muestra que las parejas pueden sentir nuevamente la felicidad de los dos primeros años cuando los hijos crecen y se van. La pareja se redescubre con el nido vacío y vuelve la novedad.  Lo que ató a la pareja cuando se dio la adaptación hedónica fueron los hijos. Ahora lo que ata a la pareja es la ausencia de los mismos.

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