La ley no cobija a las religiones, están exentas de su cumplimiento

31 de octubre del 2015

Iglesia

Ya es costumbre que el espacio público sea invadido por a quien su voluntad le dicte. Calles, parques y espacios comunes son ocupados y utilizados sin control para fines privados. Las ineficientes administraciones municipales, entre las que destaca la distrital bogotana, cierran el ojo en un afán de colaboracionismo populista.

Parques públicos han sido tomados por iglesias que deciden realizar allí sus misas y oficios religiosos, particularmente los domingos. Ni pensar en tratar de utilizarlos para lo que fueron previstos: esparcimiento, espacios libres de ideología y de la vocinglería religiosa u otra. Y no es que falte reglamentación para evitar estos abusos, esta es clara y suficiente, es que las autoridades no la hacen aplicar, temen ofender a su electorado.

Un caso bien sonado es el del padre Chucho, adinerado, controvertido y famoso; estrella incontestada de la televisión religiosa, aunque puesto en duda en varias ocasiones por su poca atadura al sacrosanto celibato que tanto predica, nos dan parte de ello los medios. Esta vedette ha sido conminada en repetidas ocasiones a que cesé sus misas dominicales en un parque público del barrio Kennedy, y esas mismas tantas ha desacatado la orden. En navidades no tiene empacho en molestar a los vecinos difundiendo novenas a las 4 de la mañana por estrepitosos altoparlantes, al mejor estilo de los minaretes musulmanes de los países confesionales. En respuesta arguye que él no tiene que pedir permiso a ninguna autoridad civil puesto que la religión está por encima de la ley. Está convencido que su único jefe a obedecer es su dios; en el 2013 se pronunció enérgicamente: “Y que venga el alcalde para ver si me va a sacar. Al alcalde y al presidente y al que esté los respeto pero a ellos no les pediré permiso”. Ignora o finge hacerlo que estamos en un país laico y que sus peroratas dominicales conciernen sólo la franja de población que comparte sus creencias y que debe por tanto realizarlas en un espacio privado.

En este contexto hace unas semanas un grupo de laicos decidió blandir pacíficamente pancartas en las que se leía: “Parques para jugar, iglesias para rezar”, “Ninguna iglesia por encima de las leyes”. Esta manifestación tranquila y legal no gustó al prelado de marras y ordenó a los manifestantes retirarse, así como sus pancartas. Frases que fueron aliento para que la feligresía devota y ciega de dios arremetiera violentamente contra ellos a raponazos, patadas, dentelladas y otros amores cristianos. La trifulca se armó entre la aglomeración de cruzados del medioevo contra los pocos infieles contemporáneos. Un campo de batalla al mejor estilo de las guerras de religión que tanto afeccionan los áulicos creyentes, sobre todo cuando se libran en nombre de su Señor. Los manifestantes sufrieron contusiones como pudieron verificar los médicos que los incapacitaron y luego fueron detenidos por la policía; sus cámaras de filmación destrozadas para evitar mayores pruebas de la agresión. El justo castigo por osar exigir que se cumpla la ley. ¿Acaso su ley y la del dios que veneran no está por encima de la ley de la República? Lo piensan y lo dicen. Verifica uno incrédulamente el calendario para constatar si es cierto que esta pesadilla está acaeciendo en pleno siglo XXI.

Llama la atención la manera como los medios de comunicación han cubierto este incidente; su presentación, así como las entrevistas (interrogatorios) a los manifestantes y feligreses son amañadamente acusatorias. Caso juzgado. A la hoguera por ateos, por terroristas como los injuria el cura. Ejecútese y cúmplase. Es que oponerse al dogma religioso es malo per se y protestar contra él es sencillamente agresión. A los “reos” que protestaron nos los hacen imaginar como forajidos irresponsables que vinieron a atacar con violencia a unas cuantas viejecitas y a unos niños que estaban rezando a su dios. No señores, aquí hay sesgo, manipulación y presentación indebida, los tales supuestos malhechores son profesionales y estudiantes universitarios serios, responsables, que protestaban pacíficamente con pancartas reclamando que el espacio público no es de ningún dios ni de personas particulares y que para utilizarlo se necesitan permisos oficiales, así como el alcalde la localidad de Kennedy lo ha venido diciendo, sin que haya tomado ninguna acción.

El colectivo religioso llegó a afirmar en sus inverosímiles acusaciones que los manifestantes pertenecían a una secta extraña, diabólica, y que venían a matar al padre Chucho. Exuberancias con las que intentan eximir de responsabilidad a la comunidad que atacó a los manifestantes, al tiempo que dar oportunidad a Chucho para presentarse como víctima; este señor poseedor de un histrionismo entrenado por años en sus shows televisivos, aprovechó para derramar su salva de dulzura barata y sus perdones a estos herejes que alteraron sus planes de incumplimiento a la ley civil; ah, y del negocio que armó, puesto que cobra por el alquiler de sillas para la homilía.

Claramente se impone una investigación neutra de los hechos y del proceder del cura, sin que medien eclesiásticos censores o fieles sesgados por sus creencias. La ley –y sus jueces garantes– es obligatoria y vinculante para todos; y es la que rige nuestro estado laico, sin excluir a las instituciones religiosas y sus miembros. Independientemente de todo, deben cesar desde ya los ritos religiosos en el espacio público. Sencillamente está prohibido, a menos que haya autorización explícita; en el caso de Chucho, la vedette, no existe. Que vaya con sus ritos y shows al lugar adecuado: su iglesia, su espacio privado. La misión evangelizadora de la que se ufana es allí, no en otro lugar y menos sin consentimiento legal.

Ocasión para recordar que en nuestro país hay cerca de 5000 iglesias de toda índole y que mensualmente hay 30 solicitudes de creación de nuevas; ¡una diaria! ¿Tantos dioses tiene este Olimpo que se necesita esta multitud de instituciones para impartir dizque la palabra del dios único? Un raro caso de monoteísmo. Esta avalancha de iglesias ha legitimado la creencia de que las iglesias están exoneradas del cumplimiento a la ley, así como lo han sido de obligaciones tributarias: nadie sabe cuánto ganan, ningún control ni auditoría existe sobre sus jugosos ingresos (limosnas, diezmos, servicios, donaciones, etc.) por los que no pagan impuestos. ¿Hasta cuándo este exabrupto?.  Peor aún, no es claro el apropiamiento de los terrenos en que han venido construyendo sus templos. ¿Obsequios indebidos de los municipios? Todo parece indicarlo. Una situación que debe prontamente revisarse para establecer la legalidad y dar tranquilidad a los unos y los otros.

El momento ha llegado de evitar más conflictos generados por la invasión del espacio público y de acatar la ley civil, esa que consagra nuestra Constitución que claramente reemplazó la hegemonía del Sagrado Corazón. Los usurpadores de parques para fines religiosos deben entrar en la norma laica, la única legal –como lo hemos advertido en este espacio– y los clérigos, aún los showmen, deben respetarla, así como las autoridades hacerla cumplir. La policía debe velar por el equilibrio con las franjas de población que piensan diferentemente, y que en definitivas está regido por la ley civil. Acabar con los sesgos que llevan a condenar de antemano a quienes no comulgan con los credos religiosos. Policías y periodistas resultan erigiéndose en jueces; jueces parcializados dado que son creyentes y consideran, por ende, que su oficio y jurisdicción es la defensa de las iglesias. En el caso que hemos expuesto, hubo prejuzgamiento policial y mediático, y falta de protección de las autoridades a los manifestantes, a pesar de que estos –así lo afirman enfáticamente– enviaron adelantadamente una carta indicando la ocurrencia de dicha manifestación, al tiempo que solicitando seguridad a su derecho de protestar. Amén.

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