La lista de Uribe
Es perverso afirmar que Uribe “está dudando” lanzarse al Senado porque pueda perder el fuero. Lo publican malévolamente para insinuar que el fuero es sinónimo de impunidad. No creo que Uribe tenga por qué temer a la justicia. Quizá lo aflijan las injusticias cometidas por algunos operadores judiciales politizados. Eso sí.
En la práctica, si Álvaro Uribe es elegido Senador, no “pierde el fuero” sino que a partir de la elección a Senado, su investigador y juez constitucional -así como de todos los parlamentarios- empieza a ser la Corte Suprema de Justicia. Pero solo desde la elección y sobre hechos ocurridos con inmediata posterioridad a ese evento. Esa competencia de la Corte no es retroactiva ni cobija episodios pasados.
Todo indica que el presidente Santos será reelegido; así las cosas, sería ideal para nuestra robustez democrática que Uribe encabezara una lista al Senado de la República y ejerciera la oposición institucionalmente, aunque mantenga activo el Twitter.
¿Por qué más Uribe? Para responderlo hay que desmenuzar las razones de su gran calado popular e ir descifrando si lo negativo que le achacan tiene asidero. Veamos…
Para empezar, es mentira que Uribe haya derechizado el país. Lo que pasó fue que trajo el pensamiento de la provincia al poder, que es abrumadoramente mayoritario en Colombia. Quizá antes no se veía, porque los medios de comunicación han sido un nicho de la izquierda, y así comunican. No es que la prensa sea guerrillera, pero sí mayoritariamente izquierdista, lo cual no es malo per se. En realidad es una constante en el mundo.
Cuando Uribe llegó al poder, con él no solo llegó el poncho y el sombrero sino una manera de ser rural y provinciana que, no es únicamente Paisa sino nacional, pues se parece a esa Colombia que posee un talante distinto al de la aparentadora Bogotá, donde el mundo está dividido por estratos y las sonrisas no siempre son sinónimo de agrado, sino frecuentemente un antifaz para el alma.
Uribe se conectó con la gente porque habla con la misma franqueza y pragmatismo del país tradicional y campesino que, con diferencias gastronómicas, de acento y música, pondera por igual el valor de la palabra y la cero distancia que hay entre el pensamiento y la voz.
El expresidente es imbatible en las encuestas de favorabilidad porque encarna valores admirables para la mayoría, que no son catar vinos, vestirse de Zegna, ni tararear a McCartney en inglés o comprar corbatas Charvet y Hermés para descrestar en restaurantes de 150.000 pesos el puesto. No. Lo que la gente común ve en Uribe es que se les parece a ellos en su claridad, en su sencillez, y en su estilo “frentero”. Admiran que conoce al detalle la geografía y la vida nacional; entienden su lenguaje simple y celebran esa forma práctica de resolver los problemas, sin dar vueltas, que sus detractores peyorativamente llamaban “microgerencia”. En él la gente ve un hombre, ajeno a lo superfluo, que se parece a la Colombia real.
Y se parece… Pero posee una dotación adicional que revuelve el estomago a sus malquerientes, porque así sea sencillo hasta lo campechano, Uribe sabe de economía, de finanzas, leyes, historia, poesía, literatura, de banca, de actualidad… ¡de todo! Y combina sus modos de montañero antioqueño con una particular capacidad de trabajo y estudio que nutre su bagaje de estadista. Un estadista “acampesinado” quizá, pero sin lagunas en una formación maciza que lo protege de “carretazos” y especuladores.
Ese líder que convoca multitudes tras 10 años de desgaste, está joven todavía, tiene ganas de liderar y mucha gente quiere ser liderada por él. No obstante, la Constitución prohíbe reelegirlo, por eso la manera lógica de canalizar su liderazgo es el Parlamento. Al fin y al cabo, en varios países los exgobernantes son congresistas vitalicios por derecho propio.
Pararse en uno de los tres puntales de la democracia, y ejercer una oposición responsable, al tiempo que se trazan políticas para que su corriente de pensamiento trascienda y no quede “encapsulada” en su persona, es una opción productiva para un hombre con las energías intactas y una gran experiencia frente al Estado. De paso, liderar una bancada de oposición bien articulada sería novedoso y rompería la deformación en la cual la “persuasión presidencial” bombardea la independencia del Congreso. Sin duda, allí mismo descollarían nuevas figuras, que hacen mucha falta en un horizonte político dominado por las trivialidades caricaturescas de Armandito y Roy.
El fenómeno de una lista a Senado que saque alrededor de 4 millones de votos transformaría el desempeño del parlamento, pues elegiría más de 40 Senadores, y nos dejaría en una situación donde la oposición -liderada por Uribe- controlaría el Senado, pero la Cámara sería Santista-gobiernista con una mayoritaria representación del Tutti-Frutti de la Unidad Nacional. La alta política recobraría su dimensión, gestándose así una verdadera reingeniería a la conducta del parlamento.
Para que eso pase, es necesario que Uribe encabece una lista cerrada y ponga los votos de su inmensa popularidad. También que afine su criterio para conformarla, no con quienes sumen votos -esos lo pone él- sino con personas identificadas con su visión de país, que tengan solidez ideológica, no se vendan por puestos ni sean trashumantes políticos. Gente de los gremios, de las regiones, de los medios, de la vida real; gente a la que le duela la gente y encarne lo que simboliza el liderazgo de Uribe. Jóvenes que prometan, y también gente mayor cuya experiencia un país no debe desperdiciar por acoger postulados enclenques sin significado real como “renovación y cambio”. Personas con voz firme y entereza para ser contraparte y opción de poder, frente a un gobierno que nos conduce bajo la inconveniente embriaguez del unanimismo.

