A los 5 años Daniel Moncada era capaz de comerse una olla de arroz. Patricia Trinidad, su mamá, recuerda que para esa época su hijo comenzó a subir de peso de manera acelerada. No paraba de comer harinas y robaba cuanto bocado encontraba. Años después, pidió algo de dinero en la calle, se acercó a un carrito de comidas rápidas y se comió cinco hamburguesas frente a sus vecinos, que vieron aquel acto como una hazaña. No sabían que Daniel padecía el síndrome de Prader-Willi, una enfermedad congénita que altera el control del apetito y disminuye la sensación de saciedad. Hoy, a sus 14 años, Daniel padece obesidad mórbida y está catalogado como un comedor compulsivo. Mide 1.40 centímetros de estatura y pesa 110 kilos.
A causa de su enfermedad, Daniel Moncada solo estudió hasta tercero de primaria. Fue retirado del colegio por las constantes burlas de sus compañeros y la pérdida del control de sus esfínteres. Sin embargo, sabe escribir y su juego preferido es llenar cheques vencidos para comprarle una casa a su mamá. Ha estado al borde de la muerte en dos ocasiones. Es ansioso y sufre de depresión severa. Duerme conectado al oxígeno, usa pañal y su corazón es como el de un viejito de ochenta años.
En una panadería del barrio 7 de Agosto, en Bogotá, Patricia Trinidad cuenta la historia del embarazo de Daniel. En sus manos tiene un ponqué, una pequeña bolsa de leche y un paquete de maní que serán parte de la comida de su hijo. Aunque Daniel ya comió carne y verduras en casa de su abuela paterna. A los 17 años, Patricia, quedó en embarazo mientras cursaba décimo grado. Recuerda con nostalgia que su novio le dijo: “usted tiene que decidir si lo quiere tener o no”. Un mes antes de cumplir los nueve meses de gestación, Patricia abandonó las aulas de clase.
A los 3 años Daniel Moncada fue sometido a un exámen genético que dictaminó que padecía el síndrome de Prader-Willi.
Daniel nació el 7 de noviembre de 1997 a las 7.50 a.m. Su mamá dice que era muy blanco y de pelo rojizo. Durante aquel día, su pequeño hijo no comió y ni lloró. Por esta razón, fue llevado a cuidados intensivos de neonatos. Luego de varios análisis confirmaron que Daniel sufría del síndrome del niño hipotónico; es decir que tenía debilidad muscular, un indicio para el síndrome de Prader-Willi. A causa de aquella enfermedad, solo logró sostener su cabeza cuando cumplió un año y caminar hasta los cinco, tiempo en que comenzó a abusar de la comida en la tienda de su abuela.
Con la ayuda económica de un familiar, a los tres años de edad Daniel fue sometido a una prueba genética. Allí se confirmó que padecía del síndrome de Prader-Willi, una enfermedad que entre sus características tiene como rasgos físicos ojos almendrados, boca pequeña y volteada hacia abajo. Según las estadísticas, entre 5.000 a 10.000 recién nacidos se da un caso.
Patricia y Daniel viven en un pequeño apartamento ubicado sobre un taller de carros. Es de noche y Daniel apenas quiso bañarse. Su mamá asegura que desde hace unos días está más rebelde. De repente, Daniel sale del baño desnudo sin ningún tipo de pudor. Está conectado a una manguera que mide 15 metros y le proporciona el oxígeno que le permite respirar en las noches. Patricia lo viste mientras él protesta por la talla de los calzoncillos. Minutos después se sienta a comer la merienda.
Patricia Trinidad gasta a diario más de diez mil pesos en frutas y golosinas para Daniel.
Patricia tiene a la mano varias fotografías que muestran la vida de Daniel. Hay imágenes de sus primeros días y meses de vida. De sus días en el jardín infantil y los pocos años que pasó en el colegio. Daniel decide sentarse en la mesa del comedor y observar con atención la entrevista. Se sienta y come al mismo tiempo un plato de fruta picada espolvoreada con azúcar y una colombina.
Patricia gasta a diario 10 mil pesos en frutas y algo de golosinas para Daniel. Por recomendación médica, en su casa no se cocina, no hay ollas con comida, ni nevera con mercado. Su mamá suele prepararle un desayuno liviano y su abuela materna le sirve de almuerzo verduras, una proteína y arroz. En la comida repite el mismo menú, pero sin arroz.
Daniel ha estado al borde de la muerte en dos ocasiones. La primera fue en agosto de 2010. Por esos días, Patricia recuerda que Daniel se descompensó y se sentía ahogado. Su mamá lo llevó de urgencias al Hospital Infantil Universitario de San José. Allí estuvo hospitalizado durante 15 días. Varias noches sus papás tuvieron que sostenerle la máscara de oxigeno para que no muriera. A su salida y con poca expectativa de vida, la familia reunió algo de dinero y organizó una pequeña fiesta con mariachis para celebrar su primera comunión.
Daniel Moncada hace parte de la Fundación Gorditos de Corazón y espera poder salvar su vida con un tratamiento integral.
Un año después, Daniel tuvo un segundo quebranto de salud. Estaba agitado y su color de piel se había tornado morada. Quedó al borde de un paro cardio-respiratorio. Por esta razón, fue llevado a cuidados intensivos, entubado durante 17 días y hospitalizado por dos meses. Meses antes de aquella crisis, Daniel había sido matriculado en la institución especializada llamada Creser, lugar del que fue expulsado por problemas de comportamiento como impulsividad y agresividad.
La historia clínica de Daniel de los últimos cinco años de vida es de más de 350 páginas. En el documento se puede ver cómo en dos años subió hasta 30 kilos. Ahora, Daniel hace parte de la fundación Gorditos de Corazón de la ciudad de Medellín. Allí recibirá un tratamiento integral: sicológico, pedagógico y nutricional. Pero su mamá no tiene los recursos suficientes para trasladarse de ciudad. Entre tanto, Daniel sigue comiendo sin descanso, engordando, abandonándose a un placer que está a punto de matarlo.
A los 3 años Daniel Moncada fue sometido a un exámen genético que dictaminó que padecía el síndrome de Prader-Willi.
Daniel nació el 7 de noviembre de 1997 a las 7.50 a.m. Su mamá dice que era muy blanco y de pelo rojizo. Durante aquel día, su pequeño hijo no comió y ni lloró. Por esta razón, fue llevado a cuidados intensivos de neonatos. Luego de varios análisis confirmaron que Daniel sufría del síndrome del niño hipotónico; es decir que tenía debilidad muscular, un indicio para el síndrome de Prader-Willi. A causa de aquella enfermedad, solo logró sostener su cabeza cuando cumplió un año y caminar hasta los cinco, tiempo en que comenzó a abusar de la comida en la tienda de su abuela.
Con la ayuda económica de un familiar, a los tres años de edad Daniel fue sometido a una prueba genética. Allí se confirmó que padecía del síndrome de Prader-Willi, una enfermedad que entre sus características tiene como rasgos físicos ojos almendrados, boca pequeña y volteada hacia abajo. Según las estadísticas, entre 5.000 a 10.000 recién nacidos se da un caso.
Patricia y Daniel viven en un pequeño apartamento ubicado sobre un taller de carros. Es de noche y Daniel apenas quiso bañarse. Su mamá asegura que desde hace unos días está más rebelde. De repente, Daniel sale del baño desnudo sin ningún tipo de pudor. Está conectado a una manguera que mide 15 metros y le proporciona el oxígeno que le permite respirar en las noches. Patricia lo viste mientras él protesta por la talla de los calzoncillos. Minutos después se sienta a comer la merienda.
Patricia Trinidad gasta a diario más de diez mil pesos en frutas y golosinas para Daniel.
Patricia tiene a la mano varias fotografías que muestran la vida de Daniel. Hay imágenes de sus primeros días y meses de vida. De sus días en el jardín infantil y los pocos años que pasó en el colegio. Daniel decide sentarse en la mesa del comedor y observar con atención la entrevista. Se sienta y come al mismo tiempo un plato de fruta picada espolvoreada con azúcar y una colombina.
Patricia gasta a diario 10 mil pesos en frutas y algo de golosinas para Daniel. Por recomendación médica, en su casa no se cocina, no hay ollas con comida, ni nevera con mercado. Su mamá suele prepararle un desayuno liviano y su abuela materna le sirve de almuerzo verduras, una proteína y arroz. En la comida repite el mismo menú, pero sin arroz.
Daniel ha estado al borde de la muerte en dos ocasiones. La primera fue en agosto de 2010. Por esos días, Patricia recuerda que Daniel se descompensó y se sentía ahogado. Su mamá lo llevó de urgencias al Hospital Infantil Universitario de San José. Allí estuvo hospitalizado durante 15 días. Varias noches sus papás tuvieron que sostenerle la máscara de oxigeno para que no muriera. A su salida y con poca expectativa de vida, la familia reunió algo de dinero y organizó una pequeña fiesta con mariachis para celebrar su primera comunión.
Daniel Moncada hace parte de la Fundación Gorditos de Corazón y espera poder salvar su vida con un tratamiento integral.
Un año después, Daniel tuvo un segundo quebranto de salud. Estaba agitado y su color de piel se había tornado morada. Quedó al borde de un paro cardio-respiratorio. Por esta razón, fue llevado a cuidados intensivos, entubado durante 17 días y hospitalizado por dos meses. Meses antes de aquella crisis, Daniel había sido matriculado en la institución especializada llamada Creser, lugar del que fue expulsado por problemas de comportamiento como impulsividad y agresividad.
La historia clínica de Daniel de los últimos cinco años de vida es de más de 350 páginas. En el documento se puede ver cómo en dos años subió hasta 30 kilos. Ahora, Daniel hace parte de la fundación Gorditos de Corazón de la ciudad de Medellín. Allí recibirá un tratamiento integral: sicológico, pedagógico y nutricional. Pero su mamá no tiene los recursos suficientes para trasladarse de ciudad. Entre tanto, Daniel sigue comiendo sin descanso, engordando, abandonándose a un placer que está a punto de matarlo.
