“Londres es una dama, París una moza y Nueva York una Puta”, eso afirma Antonio Morales Riveira cuando cuenta las historias de cómo hizo cada una de sus crónicas y reportajes contenidos en su libro Antoniología. Para los estudiantes, aspirantes a reporteros o nuevos periodistas, este libro es una clase magistral de 46 trabajos periodísticos en 334 páginas que compilan 37 años de andar las calles con una libreta de apuntes, una grabadora y su obsesión por viajar para contar historias.
Morales nació periodista. Su papá, el novelista Próspero Morales Pradilla (autor de Los pecados de Inés de Hinojosa), fue desde muy joven columnista de El Espectador, razón por la que Antonio pasaba sus vacaciones de colegio en ese periódico, a donde su padre lo enviaba para que se untara de periodismo. Allá, como Gay Talese, empezó en el archivo y la copiadora adjuntando todo lo que se publicaba.
Su primer artículo firmado, que no está en el libro, lo publicó en 1975. Tenía 18 años y su sueldo era de 3.700 pesos. Un poco más del salario mínimo de la época. Antonio llegaba a las 4 de la madrugada al periódico, esperaba al fotógrafo y se iban a perseguir las patrullas de la Policía en busca de una historia que tuviera filo.

Antonio es y ha sido un periodista con calle. Muestra de ello son un par de crónicas que escribió sobre el bazuco, una de ellas desgarradora. No la vivió en carne propia pero sí de corazón, pues a un amigo suyo se lo llevó el vicio. El tema le causó tanto interés que, por allá en 1983, se metió en el laboratorio de la Universidad Nacional un par de días para escribir un solo dato: C6H5CO, la formula química del bazuco. También estuvo en las ‘ollas zuqueras’ con el propósito de conocer el modelo de negocio “que volvía mierda a la gente”.
Curtido en reportería descubrió los perfiles. A Fanny Mickey la fue a entrevistar por solo tres horas y terminaron dos días bebiendo. Para escribir el perfil de la pianista Teresita Gómez, asistió cada ocho días, durante dos meses, al bar donde permanecía la artista. También se enamoró de los personajes; Martha Senn, la mujer más bella en los ochenta, quien se convirtió en su amor platónico y sólo pudo exorcizar cuando escribió lo más importante de la vida de la artista. De Victor Schmid, aunque no lo dice en el perfil, descubrió que más que un arquitecto de renombre era un hippie soyado que le importaba un bledo que Morales anduviera preguntando a todos los de la casa, qué pensaban del personaje.

En ese acto de escribir la pequeña geografía de los seres humanos, Morales tenía la virtud de ser visionario. En 1983, sin que nadie diera un peso por su nombre, entrevistó a Anthony ‘el pipa’ de Ávila, un futbolista samario que años más tarde se convertiría en el ícono del equipo América de Cali. Una crónica con color y vida. Lo mismo hizo con el perfil del músico Alfredo de la Fe, quién en primera persona cuenta los caminos de su vida. Él sabía que de estos dos caribes (Alfredo y Anthony) lo más importante era premiar su cualidad de narradores.
Morales investigaba todo lo que podía sobre sus personajes. Lejos estaba esa omnipotente biblioteca llamada internet, de tal suerte que pasaba días enteros metido consultando fuentes documentales: el archivo del periódico El Espectador, la biblioteca Luis Ángel Arango y la hemeroteca de la biblioteca Nacional.
No fue fruto de la suerte que Morales abordará al candidato a la presidencia de Venezuela, Hugo Chávez Frías, recordándole sus épocas de beisbolista. Derritiendo el hielo de tajo, Chávez se muestra suelto y le da datos que no se los habría dado a nadie. Aquel perfil es una lección de tacto periodístico.

Tampoco fue casualidad que con dos de las personalidades más influyentes del mundo: Sor Teresa de Calcuta y Ghandi, Morales inicie sus textos con una de las impresiones que se ha olvidado en el periodismo: el olor. De la primera dice que huele a orines con algodón, y del segundo se pregunta a qué huele su cama. Esas fueron las sensaciones que le produjeron aquellos momentos y que se justificaron el día que visitó la India, un país que tiene un aroma penetrante y embriagante.
Como el talento se le atraviesa a las casualidades, casi por la misma época en la que el escritor norteamericano Norman Mailer se hacía famoso con su novela-reportaje La canción del verdugo, Morales se encontraba haciendo reportería de los últimos días de otro condenado a muerte, el colombiano Luis Carlos Arango. Mientras Mailer ganó el premio Pulitzer, Antonio Morales recibió su primer Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.
El cocinado reportero cosecharía más frutos y premios a lo largo de todos estos años de periodismo. Sin embargo, solo hasta hoy revela dos condimentos que le agrega a su receta. El primero, hacer reportería de 360 grados; mirando a los ojos al poderoso y experimentando el hambre del pobre. El segundo, confesarse un dromómano, su necesidad de viajar y de “querer estar donde no estoy”.
Ver también: Antonio Morales, el creador de Godofredo
