Mientras Juliana juega con una pelota, Diana, su mamá, prende una pipa de bazuco en la calle y ofrece sus servicios como trabajadora sexual. Mientras Felipe se entretiene con un carro que hala con una cuerda, Pedro, su papá, trabaja toda la noche como guarda de seguridad. Mientras Alison y Nicol escuchan un cuento que su maestra les lee antes de dormir, Karen, viuda a sus 23 años, trabaja como mesera en uno de los bares de la localidad. Estos niños, mientras sus padres buscan el sustento diario, asisten a un jardín infantil nocturno.
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Son las 8 p.m. y hace un frío espantoso en la ciudad. La chaqueta que llevaba puesta dejaba filtrar el viento helado que ya es costumbre en la capital. Llegamos a la zona y los cientos de habitantes de calle, trabajadoras sexuales, travestis y consumidores de droga en las esquinas, caminaban por el sector como “Pedro por su casa”.
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Es quincena. Se escucha música a muy alto volumen en los bares. Cientos de carros de alta y baja gama recorren las calles en busca de droga, sexo y diversión. Hay mujeres de todas las edades, jóvenes desde los 14 años que con exceso de maquillaje quieren lucir mayores, muestran su cuerpo como mercancía con diminutas prendas que dejan ver sus curvas, travestis con ropa ajustada que exponen su sinnúmero de cirugías, hasta mujeres de 50 años que espantan el helado clima con un cigarrillo en la boca.
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Ofrecen sus servicios con espontaneidad y el morbo en los hombres se dispara. Huele a bazuco, cigarrillo, marihuana y licor. Unas calles están inundadas de gente, otras desoladas, donde se puede ver a uno que otro habitante de calle que arma su porro y adecúa el cambuche que esa noche será su lugar para descansar.
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Llegamos al jardín Dulce Sueño. Calor familiar, eso sentí apenas entré. Risas, llantos, balbuceos, voces inocentes y caras de asombro. Eran unos 12 niños que la 'profe' Nubia alistaba para que llegada la hora de la cena estuvieran dispuestos a disfrutar del alimento. Sus edades oscilaban entre una bebé de unos tres meses que se entretenía con un móvil que colgaba del techo, hasta un espontáneo niño, Gabriel, de cuatro años, que posaba una y otra vez para las fotos.
Él miraba con asombro la cámara de Leonel Cordero, el fotógrafo de KienyKe.com. Volteaba la cabeza para los lados y trataba de tocarla. Intuyo que a su corta edad jamás había visto alguna. ¿Qué es eso? Me preguntó con inocencia. Una cámara, le dije, y sin pensarlo afirmó: pensé que un carro pero no le vi las llantas.
Sonreía, hablaba sin que yo lograra entender la totalidad de sus ideas y le pedía a mi compañero que le enfocara sus deditos que separaba en señal de amor y paz.
Me presentó a sus compañeros indicando el nombre de cada uno, logré entender algunos. La mayoría de ellos se intimidaban mientras yo hacía una y otra pregunta a una de las maestras de las que destaco su vocación, entrega y disposición.
Ellas, también son madres pero sin pensarlo ofrecen este servicio que beneficia a más de 20 familias de la localidad. Nos abrieron este espacio para contar cómo un jardín nocturno ubicado en una de las zonas más vulnerables de la ciudad, en el barrio Santa Fe, da su aporte para que hijos de recicladores, trabajadoras sexuales, madres cabeza de familia y vendedores ambulantes tengan un espacio digno y quizá el único dónde comer, dormir y hasta recibir amor.
Diana llega hacia las 8:30 p.m. Lleva a Juliana en sus brazos y le dice que pronto volverá. "Voy a trabajar y ya vuelvo mi amor". La bebé sonríe, le cree que el tiempo que estará sin ella será corto. Saluda con beso en la mejilla a Rubiela, la coordinadora del jardín y mientras su mamá se aleja, ella, con su pequeña manito, le envía besos con mucho amor.
En diálogo con KienyKe.com Diana agradece este espacio para los niños. Tiene 24 años y es trabajadora sexual hace seis, es de Ibagué y salió de su casa muy joven. No se avergüenza de su oficio y dice que aunque intentó dejar la prostitución, "la cosa afuera no es rentable". En un mes malo se hace dos millones de pesos, uno bueno se hace seis. Su esposo sabe de su trabajo y la apoya, es DJ del bar donde ofrece sus servicios. No es celoso, me contó entre risas.
Reconoce que se retirará cuando tenga casa y "pueda vivir de la renta", antes no. Hablamos varios minutos y manifestó que tenía afán porque debía arreglarse para ir donde un cliente. Hace domicilios, la contactan vía Whatsapp o por sus redes sociales. En su morral llevaba un secador, una plancha, un vestido corto, maquillaje, perfume y unos tacones de unos 10 centímetros.
Admitió que se va tranquila porque sabe que Juliana queda en buenas manos. Le tiene mucha confianza al jardín y afirma que también es como su casa. "No dejo a mi niña en cualquier lado, primero está ella y su seguridad", manifestó. Mientras ella vende su cuerpo por mínimo 80 mil pesos, la niña dormirá tranquila en el jardín y recibirá todos los cuidados que requiere a su corta edad.
Seguido a ella llegó Pedro, un hombre de raza negra nacido en el Chocó. Llegó a "la nevera", como le dice a Bogotá, en busca de oportunidades. Su formación no supera la primaria, habla con discreción y pausado. Confesó que sus ingresos no son suficientes para sostener a su familia.
"Acá me han ayudado mucho, a Felipe le encanta venir a aprender y compartir con los niños, las maestras nos colaboran y cuidan al niño mientras mi esposa, que trabaja en un negocio de comidas hasta las tres de la mañana, y yo, nos ganamos algo de dinero para la habitación en la que dormimos todos".
Felipe se despide de su papá y llora. Una de las maestras lo entretiene pero él está desconsolado, parece que no quiere alejarse de Pedro. Es dura la despedida pero el hombre no tiene otra opción que dejar a su hijo para poder trabajar. A los pocos minutos el niño se entretiene en uno de los columpios adecuados en el segundo piso y se balancea una y otra vez, sonríe mientras disfruta de una de las canciones de cuna que la 'profe' pone para ambientar el lugar. El llanto cesó y Felipe recuerda que le encanta estar acá.
El horario del jardín es de 2 p.m. hasta las 7 a.m. El promedio de asistencia es de 30 a 35 niños. Unos 10 o 12 hacen uso del servicio nocturno. "La población es de madres trabajadoras sexuales, otras que se dedican a la venta de alimentos en los restaurantes, a las ventas ambulantes, al reciclaje, al cuidado de carros, y otras que tienen empleos ocasionales, que hacen aseo o limpieza de apartamentos", afirmó Rubiela Verano, coordinadora del jardín.
Ella, junto a un grupo de funcionarios de la Secretaría de Integración Social adelanta búsquedas activas en diferentes zonas del sector, de alto impacto, para brindar información y proteger los derechos de los más pequeños.
"Evitamos que ellos estén en contacto con el ambiente que se presenta en el sector. Ya no se ven niños alrededor de los bares, ni presenciando las actividades de las trabajadoras sexuales, ya no se ven acompañando a los vendedores ambulantes exponiendo sus vidas, a los papás se les hace la solicitud para que los niños no estén en la calle y en espacios no adecuados para su edad", afirmó la coordinadora.
En Dulce Sueño, se ofrece la atención y el cuidado calificado de las profesionales que trabajan en el jardín. Todas cuentan con experiencia en atención a la primera infancia. Hay maestras, enfermeras, psicólogas, nutricionistas, operarias de cocina, de servicios generales y personal de vigilancia.
Hay espacios adecuados para la higiene, el baño, el sueño y los ambientes pedagógicos donde se adelantan actividades de literatura, juego y exploración del medio, que son los pilares en los que se fundamenta la educación inicial.
Los baños están diseñados para que hasta los más pequeños puedan hacer el uso adecuado de estos. Tienen zona de higiene donde se hace el cambio de pañales y un espacio donde están los cepillos con el nombre de cada uno, con el fin de crear en ellos un hábito de aseo elemental y contribuir al cuidado de sus dientes. Todo lo suministra el jardín.
Mateo se cepilla luego de cenar. La 'profe' Nubia guía el correcto uso del cepillo y le indica cerrar la llave mientras los limpia. Lo mismo hace Juana, que aunque es más grande, escucha con atención las indicaciones de la maestra.
La zona de párvulos tiene cunas de un metro de largo con 40 centímetros de ancho. Son amplias y cumplen con las reglas de higiene, las colchonetas parecen ser el lugar más cómodo para ellos, que duermen plácidamente durante toda la noche como si afuera del jardín no tuvieran algo tan cómodo dónde dejar descansar sus pequeños cuerpos.
Entre los beneficiados hay 20 familias monoparentales, de solo mamá; 7 familias nucleares, de papá y mamá; 5 familias simultáneas, donde hay un miembro que aporta hijos que no son de esa convivencia; 2 familias de red de apoyo, que es la mamá de la mamá, es decir la abuela de los niños.
El comportamiento de los niños refleja el entorno al que se enfrentan cuando están fuera del jardín. Se trabaja mucho en la comunicación, debido a que el rol social no les permite el desarrollo apropiado de su lenguaje de acuerdo a su edad. A muchos no les conocí la voz, eran introvertidos y sus miradas expresaban temor.
Las maestras trabajan en la relación de los niños con los demás. "En general se observa la falta de normas en las casas, algunas situaciones de violencia y agresividad de los niños a sus compañeros, los papás piensan que la forma de controlar es con agresividad hacia los menores, ese tipo de cosas se ven muy marcadas. Hay madres más centradas en sus procesos y la forma armónica de criar a sus hijos", afirma Rubiela.
La función principal de jardín se ha cumplido. La expectativa era el cuidado de los niños pero cada niño trae una familia, detrás de ellos viene una mamá con una historia difícil. La población es muy fluctuante. Hay madres que traen a los niños por poco tiempo y se han presentado casos complejos como el de una madre que dejó a su niña en el jardín, se fue y no volvió. Pasadas las 24 horas en el jardín, la niña quedó a cargo del Bienestar Familiar.
El apoyo de la Secretaría de Integración Social y la subdirección local es enorme. Le han apostado a tener cada vez mejor este jardín. Acá se construye una mejor ciudad, se cuida al futuro del país, los niños. Se intenta alejarlos de las condiciones de vulnerabilidad a las que están expuestos sus padres, que en la mayoría de los casos vienen de lugares apartados y se enfrentan a situaciones adversas para poder subsistir.
Cuando se le pregunta a la coordinadora por su jardín responde con cariño: "Yo amo mi jardín, quiero mucho a los niños y a las profesionales que hacen posible esto. Sé y reconozco el trabajo que se hace a diario por la primera infancia y aunque quisiéramos tener más niños, hemos podido atender a los que en esta zona lo necesitan. Pienso que el jardín cumple una función que sobrepasó la expectativa inicial.
Ya no solo es el niño, es la familia, es la mamá que llega y cuenta su historia, su vida, que expresa lo que vive a diario para luchar hasta por un plato de comida. Son una cantidad de situaciones y este es un espacio de puertas abiertas para la comunidad, le damos lugar a las familias para que tengan más tolerancia en el cuidado de sus hijos, más precaución y que ellos se sientan más queridos y se proyecten a otros espacios diferentes a los que están expuestos afuera", manifestó la profesional.
Estos espacios facilitan que las familias se adapten a la ciudad y busquen oportunidades laborales para salir de la pobreza, esa que no les es tan esquiva.
Son las 6 a.m. y Diana se reencuentra con Juliana. Su cara de cansancio refleja que no fue una noche fácil. Mira el rostro de su hija que acaba de despertar y se recarga de energía, recuerda que a pesar de su actividad, que es tan criticada en una sociedad como la nuestra, siempre valdrá la pena el sacrificio para que Juliana jamás tenga que pasar por una vida similar a la que se vive en la localidad.
Llegamos al jardín Dulce Sueño. Calor familiar, eso sentí apenas entré. Risas, llantos, balbuceos, voces inocentes y caras de asombro. Eran unos 12 niños que la 'profe' Nubia alistaba para que llegada la hora de la cena estuvieran dispuestos a disfrutar del alimento. Sus edades oscilaban entre una bebé de unos tres meses que se entretenía con un móvil que colgaba del techo, hasta un espontáneo niño, Gabriel, de cuatro años, que posaba una y otra vez para las fotos.
Él miraba con asombro la cámara de Leonel Cordero, el fotógrafo de KienyKe.com. Volteaba la cabeza para los lados y trataba de tocarla. Intuyo que a su corta edad jamás había visto alguna. ¿Qué es eso? Me preguntó con inocencia. Una cámara, le dije, y sin pensarlo afirmó: pensé que un carro pero no le vi las llantas.
Sonreía, hablaba sin que yo lograra entender la totalidad de sus ideas y le pedía a mi compañero que le enfocara sus deditos que separaba en señal de amor y paz.
Me presentó a sus compañeros indicando el nombre de cada uno, logré entender algunos. La mayoría de ellos se intimidaban mientras yo hacía una y otra pregunta a una de las maestras de las que destaco su vocación, entrega y disposición.
Ellas, también son madres pero sin pensarlo ofrecen este servicio que beneficia a más de 20 familias de la localidad. Nos abrieron este espacio para contar cómo un jardín nocturno ubicado en una de las zonas más vulnerables de la ciudad, en el barrio Santa Fe, da su aporte para que hijos de recicladores, trabajadoras sexuales, madres cabeza de familia y vendedores ambulantes tengan un espacio digno y quizá el único dónde comer, dormir y hasta recibir amor.
Diana llega hacia las 8:30 p.m. Lleva a Juliana en sus brazos y le dice que pronto volverá. "Voy a trabajar y ya vuelvo mi amor". La bebé sonríe, le cree que el tiempo que estará sin ella será corto. Saluda con beso en la mejilla a Rubiela, la coordinadora del jardín y mientras su mamá se aleja, ella, con su pequeña manito, le envía besos con mucho amor.
En diálogo con KienyKe.com Diana agradece este espacio para los niños. Tiene 24 años y es trabajadora sexual hace seis, es de Ibagué y salió de su casa muy joven. No se avergüenza de su oficio y dice que aunque intentó dejar la prostitución, "la cosa afuera no es rentable". En un mes malo se hace dos millones de pesos, uno bueno se hace seis. Su esposo sabe de su trabajo y la apoya, es DJ del bar donde ofrece sus servicios. No es celoso, me contó entre risas.
Reconoce que se retirará cuando tenga casa y "pueda vivir de la renta", antes no. Hablamos varios minutos y manifestó que tenía afán porque debía arreglarse para ir donde un cliente. Hace domicilios, la contactan vía Whatsapp o por sus redes sociales. En su morral llevaba un secador, una plancha, un vestido corto, maquillaje, perfume y unos tacones de unos 10 centímetros.
Admitió que se va tranquila porque sabe que Juliana queda en buenas manos. Le tiene mucha confianza al jardín y afirma que también es como su casa. "No dejo a mi niña en cualquier lado, primero está ella y su seguridad", manifestó. Mientras ella vende su cuerpo por mínimo 80 mil pesos, la niña dormirá tranquila en el jardín y recibirá todos los cuidados que requiere a su corta edad.
Seguido a ella llegó Pedro, un hombre de raza negra nacido en el Chocó. Llegó a "la nevera", como le dice a Bogotá, en busca de oportunidades. Su formación no supera la primaria, habla con discreción y pausado. Confesó que sus ingresos no son suficientes para sostener a su familia.
"Acá me han ayudado mucho, a Felipe le encanta venir a aprender y compartir con los niños, las maestras nos colaboran y cuidan al niño mientras mi esposa, que trabaja en un negocio de comidas hasta las tres de la mañana, y yo, nos ganamos algo de dinero para la habitación en la que dormimos todos".
Felipe se despide de su papá y llora. Una de las maestras lo entretiene pero él está desconsolado, parece que no quiere alejarse de Pedro. Es dura la despedida pero el hombre no tiene otra opción que dejar a su hijo para poder trabajar. A los pocos minutos el niño se entretiene en uno de los columpios adecuados en el segundo piso y se balancea una y otra vez, sonríe mientras disfruta de una de las canciones de cuna que la 'profe' pone para ambientar el lugar. El llanto cesó y Felipe recuerda que le encanta estar acá.
El horario del jardín es de 2 p.m. hasta las 7 a.m. El promedio de asistencia es de 30 a 35 niños. Unos 10 o 12 hacen uso del servicio nocturno. "La población es de madres trabajadoras sexuales, otras que se dedican a la venta de alimentos en los restaurantes, a las ventas ambulantes, al reciclaje, al cuidado de carros, y otras que tienen empleos ocasionales, que hacen aseo o limpieza de apartamentos", afirmó Rubiela Verano, coordinadora del jardín.
Ella, junto a un grupo de funcionarios de la Secretaría de Integración Social adelanta búsquedas activas en diferentes zonas del sector, de alto impacto, para brindar información y proteger los derechos de los más pequeños.
"Evitamos que ellos estén en contacto con el ambiente que se presenta en el sector. Ya no se ven niños alrededor de los bares, ni presenciando las actividades de las trabajadoras sexuales, ya no se ven acompañando a los vendedores ambulantes exponiendo sus vidas, a los papás se les hace la solicitud para que los niños no estén en la calle y en espacios no adecuados para su edad", afirmó la coordinadora.
En Dulce Sueño, se ofrece la atención y el cuidado calificado de las profesionales que trabajan en el jardín. Todas cuentan con experiencia en atención a la primera infancia. Hay maestras, enfermeras, psicólogas, nutricionistas, operarias de cocina, de servicios generales y personal de vigilancia.
Hay espacios adecuados para la higiene, el baño, el sueño y los ambientes pedagógicos donde se adelantan actividades de literatura, juego y exploración del medio, que son los pilares en los que se fundamenta la educación inicial.
Los baños están diseñados para que hasta los más pequeños puedan hacer el uso adecuado de estos. Tienen zona de higiene donde se hace el cambio de pañales y un espacio donde están los cepillos con el nombre de cada uno, con el fin de crear en ellos un hábito de aseo elemental y contribuir al cuidado de sus dientes. Todo lo suministra el jardín.
Mateo se cepilla luego de cenar. La 'profe' Nubia guía el correcto uso del cepillo y le indica cerrar la llave mientras los limpia. Lo mismo hace Juana, que aunque es más grande, escucha con atención las indicaciones de la maestra.
La zona de párvulos tiene cunas de un metro de largo con 40 centímetros de ancho. Son amplias y cumplen con las reglas de higiene, las colchonetas parecen ser el lugar más cómodo para ellos, que duermen plácidamente durante toda la noche como si afuera del jardín no tuvieran algo tan cómodo dónde dejar descansar sus pequeños cuerpos.
Entre los beneficiados hay 20 familias monoparentales, de solo mamá; 7 familias nucleares, de papá y mamá; 5 familias simultáneas, donde hay un miembro que aporta hijos que no son de esa convivencia; 2 familias de red de apoyo, que es la mamá de la mamá, es decir la abuela de los niños.
El comportamiento de los niños refleja el entorno al que se enfrentan cuando están fuera del jardín. Se trabaja mucho en la comunicación, debido a que el rol social no les permite el desarrollo apropiado de su lenguaje de acuerdo a su edad. A muchos no les conocí la voz, eran introvertidos y sus miradas expresaban temor.
Las maestras trabajan en la relación de los niños con los demás. "En general se observa la falta de normas en las casas, algunas situaciones de violencia y agresividad de los niños a sus compañeros, los papás piensan que la forma de controlar es con agresividad hacia los menores, ese tipo de cosas se ven muy marcadas. Hay madres más centradas en sus procesos y la forma armónica de criar a sus hijos", afirma Rubiela.
La función principal de jardín se ha cumplido. La expectativa era el cuidado de los niños pero cada niño trae una familia, detrás de ellos viene una mamá con una historia difícil. La población es muy fluctuante. Hay madres que traen a los niños por poco tiempo y se han presentado casos complejos como el de una madre que dejó a su niña en el jardín, se fue y no volvió. Pasadas las 24 horas en el jardín, la niña quedó a cargo del Bienestar Familiar.
El apoyo de la Secretaría de Integración Social y la subdirección local es enorme. Le han apostado a tener cada vez mejor este jardín. Acá se construye una mejor ciudad, se cuida al futuro del país, los niños. Se intenta alejarlos de las condiciones de vulnerabilidad a las que están expuestos sus padres, que en la mayoría de los casos vienen de lugares apartados y se enfrentan a situaciones adversas para poder subsistir.
Cuando se le pregunta a la coordinadora por su jardín responde con cariño: "Yo amo mi jardín, quiero mucho a los niños y a las profesionales que hacen posible esto. Sé y reconozco el trabajo que se hace a diario por la primera infancia y aunque quisiéramos tener más niños, hemos podido atender a los que en esta zona lo necesitan. Pienso que el jardín cumple una función que sobrepasó la expectativa inicial.
Ya no solo es el niño, es la familia, es la mamá que llega y cuenta su historia, su vida, que expresa lo que vive a diario para luchar hasta por un plato de comida. Son una cantidad de situaciones y este es un espacio de puertas abiertas para la comunidad, le damos lugar a las familias para que tengan más tolerancia en el cuidado de sus hijos, más precaución y que ellos se sientan más queridos y se proyecten a otros espacios diferentes a los que están expuestos afuera", manifestó la profesional.
Estos espacios facilitan que las familias se adapten a la ciudad y busquen oportunidades laborales para salir de la pobreza, esa que no les es tan esquiva.
Son las 6 a.m. y Diana se reencuentra con Juliana. Su cara de cansancio refleja que no fue una noche fácil. Mira el rostro de su hija que acaba de despertar y se recarga de energía, recuerda que a pesar de su actividad, que es tan criticada en una sociedad como la nuestra, siempre valdrá la pena el sacrificio para que Juliana jamás tenga que pasar por una vida similar a la que se vive en la localidad.
