El séptimo hombre más influyente del mundo es ateo (y tiene cáncer)

El séptimo hombre más influyente del mundo es ateo (y tiene cáncer)

22 de abril del 2011

Por: Juan Pablo Plata

Christopher Hitchens está en el séptimo lugar entre cien nominados en la encuesta anual de la revista Time para conocer a las personas más influyentes del mundo según el criterio de sus lectores. Aunque es frecuente verlo bien posicionado en estos listados, su relevancia actual se debe a un cambio de sus convicciones políticas y a su actitud combativa frente a cualquier tipo de creencia religiosa. En abril de 2011 se cumplirán 62 años de su nacimiento en Portmouth, Inglaterra. Un célebre ateo y uno de los más versátiles, ingeniosos y entretenidos escritores y periodistas de nuestra época. Reconocido por ser un verdadero polemista y malpensante, compañero de causas de minorías como las de la inexistente nación de Kurdistán y los derechos de la población LGBT, en fin, es un defensor de la moral pública y de los derechos contenidos en la libertad individual, al tiempo que el peor enemigo de la ambigüedad y la corrección política que encubre los peores fines.

En junio de 2010 fue diagnosticado con cáncer de esófago en estado 4. Desde entonces ha estado más que nunca en el foco del debate público y en las oraciones y cartas de devotos y jefes religiosos de diversos fondos, que esperan una mejoría de su salud, pero sobre todo, una conversión de último momento dada su grave condición física y su reconocida beligerancia como librepensador ajeno a cualquier credo. Él, sin embargo, contra cualquier pronóstico de una persona que está en los últimos días, ha decidido mantener sus convicciones como antiteísta –aquellos que no sólo no creen sino que declaran su oposición a la existencia de cualquier divinidad‒, como prefiere ser llamado, y se ha acogido a la quimioterapia y a un tratamiento experimental con células madre. Su comportamiento semeja el padecimiento, el estoicismo y la rebeldía del personaje de Diálogo entre el moribundo ateo y el sacerdote, del también incrédulo y frugal Marqués de Sade, insigne personaje de los años de la Ilustración, tan apreciados por el autor británico quien es tratado en Bethesda, Maryland, paradójicamente, por el médico cristiano Francis Collins, actual director del Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos y pionero de las investigaciones con el genoma humano y autor del libro ¿Cómo habla Dios? La evidencia científica de la fe; una publicación intencionada hacia la reconciliación entre fe y ciencia.

Hitchens es descendiente de una estirpe de marinos y militares británicos. Su abuelo Harry luchó y sobrevivió durante la Primera Guerra Mundial a la batalla de Jutlandia en 1916, y su papá, Eric, participó en el hundimiento del acorazado nazi Scharnhorst, en 1943, desde el barco británico Jamaica durante la Segunda Guerra Mundial. Su mamá, Yvonne, se suicidó con una sobredosis de fármacos en 1973 junto a su amante en Grecia. Tiene un hermano, Peter Hitchens, también columnista y escritor con posturas vitales y políticas opuestas, con el que se ha batido en paneles académicos, televisivos y en columnas de opinión en muchas ocasiones. Christopher Hitchens, además de ser una figura clave en el periodismo y en círculos políticos de alto nivel en Washington, también es el papá de Alexander y Sophia, que tuvo con Eleni Meleagrou, y de la pequeña Antonia, que tuvo con la periodista Carol Blue, su segunda esposa. Del nacimiento del primero de sus hijos, el único hombre, dijo sin afectaciones que ese día “había reconocido al maestro de ceremonia de su propio funeral”.

Francis Collins es un médico creyente que le trata el cáncer a Hitchens, el ateo más popular de la época.

Aunque estuvo por décadas afiliado a la izquierda más radical, al punto de declararse trotskista y ser un miembro revoltoso de la Internacional Socialista y columnista de medios con ideas afines, dos hechos cambiaron sus posiciones en las tres décadas pasadas, de manera irreversible, como epifanías, hasta hacer que hoy en día se autodefina como independiente. El primer hecho fue la declaración de fetua, en 1989, de parte del iraní Ayatolá Khomeini, que ordenaba a los fieles musulmanes en el mundo entero el asesinato de su amigo Salman Rushdie, escritor indio, perseguido por ser el autor de Los versos satánicos, llenos supuestamente de herejías  y de ataques, eso sí, a la fe islámica. El segundo detonante de su viraje político fueron los hechos ocurridos el 11 de septiembre de 2001. A propósito, su rompimiento con la izquierda lo llevó a escribir para medios de derecha y a romper con sus antiguos camaradas, entre ellos, Noam Chomsky  y Gore Vidal, quien manifestó creer en un plan de conspiración local como los verdaderos móviles de lo acontecido en 2001. Hitchens rechazó tales teorías y rompió con uno de sus colegas y defensores más cercanos.

Después de sus cambios de facciones y de saber su enfermedad, nunca ha mostrado arrepentimiento por los bandos ideológicos por los que ha tomado partido, ni se aflige por haber llevado una vida bohemia de rico sibarita, porque sabía que todo esto le podía traer consecuencias trágicas como las actuales. Fumar tabaco  y beber su whisky preferido, dice, le han permitido concentrarse y no aburrirse ni ver aburridos a los demás, con claros ecos de unas afirmaciones de Mark Twain y de su mamá, que le enseñaron a abominar el tedio. Hoy conserva el buen ánimo y fanfarronea sobre su talante valiente frente al cáncer de esófago. Dice que no se hizo la pregunta predecible por el diagnóstico de “¿por qué a mí?”, sino que al contrario se dijo “¿por qué no?”. Su papá murió del mismo tipo de cáncer y él no parece buscar conmiseración de nadie ni los rezos ni cartas de devotos religiosos que abogan por su salud y salvación. Resta decir que muchas cartas también  han celebrado su malestar y lo han ligado con un castigo divino, o una señal del más allá para un ateo recalcitrante.

El escritor Salman Rushdie, gran amigo de Hitchens

Desde hace años hace parte de una cofradía invisible que lo respalda y quiere de manera incondicional a pesar de sus cambios señalados, compuesta por los escritores Martin Amis, Ian McEwan y James Fenton, con quien fue compinche en sus años socialistas, antes de virar hacia la derecha o la independencia, un hecho parecido, pero no equiparable en importancia, por el bajo rasero de la injerencia real de los siguientes, a los giros dados por Mario Vargas Llosa en el mundo de habla hispana, o en Colombia con José Obdulio Gaviria. Hitch 22, sus memorias inéditas en español, inician con una premonición sobre la muerte. En una invitación a la muestra de fotografía Martin Amis y amigos, de Angela Gorgas, con algunas imágenes de la cofradía, lo ponían como muerto en un pie de foto con la palabra late ‒es decir, difunto‒ antepuesta a su nombre. Él, en vez de demandar o molestarse, pidió muchas copias de las tarjetas a la galería, con la hasta ahora errónea anotación. Llenos de ironía, revelaciones sobre los poderosos y mucha gracia van siempre los textos y el recuento de los momentos de  la vida de Hitchens: un ensayo sobre Ulises, de James Joyce, pasa a ser en su pluma una argumentación aguda sobre la masturbación; nos relata una visita a Jorge Luis Borges y al Dalai Lama lo desenmascara y nos trae la fresca noticia del monje superior de los tibetanos, otro “detestable santo en vida”, como depositario de donaciones de la secta japonesa Aum Shinrikyō, autora de los ataques con gas sarin en el metro de Tokio en 1995.

Las columnas de “Hitch”, como lo llaman sus amigos, llevan siempre un hálito de primera persona que le ha servido para informar a sus lectores y fanáticos sobre la paradoja de no creer en lo sobrenatural pero haber contraído nupcias por el rito judío, y de tener en su pasado una abuela materna judía y un abuelo paterno anabaptista. Sin embargo, mientras confiesa su vida, arremete enseguida con una diatriba antiteológica: “Todas las afirmaciones de las religiones están igualmente podridas, son falsas, deshonestas, corruptas, carecen de humor y son peligrosas”. Algunos, como George Packer, columnista de The New Yorker, han dicho que su radicalismo es el grito de un  escritor y un conferencista irreverente, frívolo y ególatra, capaz de someterse a la depilación con cera o a un simulacro de tortura de ahogamiento por el FBI, para sonar y ser el centro de atención. A las acusaciones de exhibicionismo se les antepone el pasado de un curtido reportero de guerra, siempre atento a eventos bélicos o situaciones de gran importancia, sean en el Golfo Pérsico durante la guerra de Kuwait o en 2003 con la intervención a gran escala, promovida por George W. Bush, que ha defendido en sus columnas; la guerra de guerrillas en Centroamérica o en Bosnia en la década del noventa.

Noam Chomsky era buen amigo de Hitchens, pero por diferencias rompieron relaciones.

Frente a sus detractores, blande su pasado, cuando temprano en su carrera hizo el documental Ángel del infierno y el libro La posición del misionero: la Madre Teresa en teoría y en práctica, en que develó la falta de higiene y de verdaderos cuidados médicos en los hospicios de la santa en vida, además de sus sospechosas relaciones con dictadores de la talla del haitiano Jean-Claude Duvalier y su sangriento paisano, el albano Enver Hoxa. Otros receptores de sus ataques en artículos y en charlas, en que mezcla con chispa un adjetivo, un remoquete y el dedo en la llaga en la debilidad más conocida de su víctima, han sido Henry Kissinger, Bill y Hillary Clinton. A Kissinger dedicó un libro entero para hacerle un prontuario completo para justificar su definición de “criminal de guerra”. A Clinton lo definió como un “violador y un mentiroso”, y declaró ante el FBI que su amigo, hasta poco después, Sidney Blumenthal, se había referido a Mónica Lewinsky como una acosadora. En otra ocasión dijo con sorna: “la similitud entre Lady Di –Diana Spencer‒ y las minas antipersonales es que son fáciles de echar pero muy costosas y difíciles de desechar”. Sus embestidas han ido en escalada, desde los poderosos hasta llegar a ir contra Dios, con su libro Dios no es bueno, y con discusiones en festivales literarios y en programas televisivos con pastores cristianos y rabinos. Hitchens leyó en la tumba de su papá un fragmento del Evangelio de San Juan, y reconoce la versión de la Biblia en inglés hecha por William Tyndale ‒posible antepasado del autor, porque el nombre real del traductor era compuesto por Hychyns, William Hychyns‒ como la mejor y la más útil en la formación de la lengua y la cultura anglosajona después de las obras de William Shakespeare.

Sus diatribas y posiciones equidistantes a través de los años le han llevado a contradecirse y a haber estado a favor de la Guerra de las Malvinas, del lado de su país; a abominar de la intervención griega en la isla de Chipre en los años setenta del siglo pasado y a favorecer las intervenciones de su nuevo país de adopción en Afganistán e Irak. Ha dicho que el derrocamiento del régimen de Sadam Husein fue el catalizador de las revueltas actuales contra las dictaduras militares y teocráticas en países de Oriente Medio. Al  obispo católico Emmanuel Rukundo, en Ruanda y a otros sacerdotes, lanzó: “hay que ver a la religión como nuestro primer y peor intento por explicar las cosas”.

Martin Amis, Ian McEwan y James Fenton hacen parte de una especie de club de fans de Hitchens.

Hitchens será recordado como un contradictor y un defensor del pluralismo religioso político y del laicismo. Un hombre con una vasta erudición activa en cada unos de sus debates y escritos contra cualquier tipo de fundamentalismo, y charlatán religioso.  Otros recordarán que siempre abogó por la separación entre Estado y religión, por el derecho al aborto y a su abierta discusión, y el respeto a los Derechos Humanos.