Hugo Aguilar: entre la gloria y el infierno

Hugo Aguilar: entre la gloria y el infierno

8 de julio del 2011

Eran las 3:15 de la tarde del 2 de diciembre de 1993 cuando el mayor de la Policía Hugo Aguilar Naranjo irrumpió con 23 hombres vestidos de civil en una casa del barrio Los Olivos de Medellín. Adentro, Pablo Escobar, el hombre más buscado del mundo, hablaba por teléfono con su hijo. Lo acompañaba ‘Limón’, uno de sus lugartenientes. Escobar oyó ruidos, percibió que algo extraño sucedía en el primer piso de la vivienda. Colgó abruptamente, tomó una pistola Sig Sauer calibre 9 milímetros y disparó tres veces contra Aguilar, que estaba a pocos metros. Escobar corrió a una ventana para escapar. Aguilar le dio un tiro por la espalda. Segundos después, se armó una balacera en la que Escobar fue abatido. Ese día cayó el capo de capos.

Aguilar y un grupo de policías del llamado Bloque de Búsqueda posaban ante las cámaras junto al cuerpo del narcotraficante más sanguinario en la historia de Colombia. El país aplaudía la operación que convertía al oficial en héroe. Dos años más tarde, en un reportaje periodístico, Aguilar aseguró que en medio del tiroteo de ese 2 de diciembre, sintió que tenía su futuro asegurado en la Policía.

Como premio por la operación, fue enviado a Estados Unidos a realizar un curso de especialización denominado Comando Estado Mayor y Problemas Latinoamericanos. Pero cuando regresó, año y medio después, con el grado de teniente coronel en sus hombros, los altos mandos le pidieron la renuncia.

En 2006 obtuvo el grado de coronel efectivo, por el reconocimiento extra institucional que le hizo el entonces presidente Uribe.

Fue un primer campanazo. A la dirección de la Policía, entonces dirigida por el general Rosso José Serrano, llegaron informaciones precisas que indicaban que la operación contra Escobar no había sido tan limpia como parecía, sino que el mayor Aguilar se había asociado con ‘Los Pepes’ (Perseguidos por Pablo Escobar), un grupo que reunió a paramilitares y narcotraficantes de la talla como Fidel y Carlos Castaño, Diego Fernando Murillo, ‘Don Berna’ y los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, en torno a la persecución y muerte de Pablo Escobar. La información pronto fue confirmada en declaraciones a la justicia por integrantes de las Autodefensas (Auc), como José Antonio Hernández Villamizar alias ‘Jhon’. Las glorias del héroe empezaban a mancharse.

Hugo Aguilar tuvo que emprender nuevos rumbos. Ahora era un simple ciudadano. Se ubicó en Bucaramanga, donde estableció vínculos con las universidades y retomó sus conexiones con viejos amigos santandereanos. Llegó a ser presidente regional de Fenalco y consiguió un cupo en la Junta Directiva de la Corporación Autónoma Regional de Santander. Vio en la política un escenario de posibilidades y a través de Luis Alberto Gil, el gamonal político de Convergencia Ciudadana, hoy detenido por parapolítica,  abrió el camino para afianzar su popularidad en ese departamento. Con el apoyo naciente de aquel grupo político, llegó en 2001 a la Asamblea Departamental, y en 2004 alcanzó, con 300.000 votos la gobernación de Santander, un fortín histórico del Partido Liberal.

Las sombras del paramilitarismo que rodearon a Convergencia Ciudadana también alcanzaron a Aguilar. Aparecieron los primeros señalamientos de sus vínculos con grupos ilegales, esta vez con fines políticos. En octubre de 2008 los medios publicaron denuncias que indicaban que el oficial Hugo Aguilar Naranjo, quien obtuvo el grado de coronel efectivo en 2006 por el reconocimiento extra institucional que le hizo el entonces presidente Uribe, se habría reunido con jefes paramilitares en Córdoba y Antioquia.

El 2 de diciembre de 1993, el Mayor Aguilar celebró con el Bloque de Búsqueda de la Policía la caída de Pablo Escobar en Medellín.

Una de esas reuniones ocurrió en Puerto Berrío, Antioquia, y tuvo la presencia de líderes políticos de Caldas, Antioquia, Santander, entre otros. Testigos de la reunión reconfirmaron la presencia de Aguilar, quien entonces se desempeñaba como diputado a la Asamblea. Su presencia tenía como propósito afianzar su proyecto político más allá de las fronteras regionales. Su afinidad con Convergencia era tal, que en  las reuniones lo presentaban como el ‘ahijado político’ del senador Luis Alberto Gil.

Esas reuniones, de las cuales hay testimonios y declaraciones de otros jefes paramilitares, fueron la base para que un fiscal delegado ante la Corte Suprema abriera una investigación formal contra el coronel por concierto para delinquir y conformación de grupos paramilitares. El sábado 2 de julio miembros del CTI lo capturaron en el Hotel Dann de Bucaramanga, donde sostenía una reunión política con miras a apoyar a su hijo Richard, quien aspira a seguir sus pasos en la gobernación de Santander en las próximas elecciones de octubre. En enero pasado, la Procuraduría lo había sancionado e inhabilitado para ejercer funciones públicas por veinte años por la misma razón de sus vínculos con paramilitares.

Aguilar ha construido una leyenda de su propia vida, como lo dijo con desparpajo a la revista Cambio 16 en 1995.  Se  mostró entonces como un uniformado recio, incapaz de darle tregua a grupos irregulares y menos a la delincuencia en las ciudades. Contó que a los 18 años en su pueblo natal, Suaita, Santander, integraba el Movimiento Obrero Independiente Revolucionario (MOIR), y que a través de ellos logró una beca para estudiar en la Universidad Patricio Lumumba de Moscú. Según Aguilar, su papá no le proporcionó el dinero que costaba la matrícula. Entonces decidió entrar a la Policía.

Como gobernador de Santander, Aguilar logró que dirigentes nacionales lo acompañaran en sus inauguraciones.

En 1976 se hizo subteniente y, según Aguilar, fue ascendiendo con una hoja de vida impecable. Contó que, como comandante de Distrito en Florida, Valle, tuvo que combatir a miembros del M-19 que entonces se paseaban como “Pedro por su casa” en aquella zona en vísperas del proceso de paz con el gobierno de Belisario Betancur. Aguilar afirma que durante esa persecución al Eme capturó al joven guerrillero Carlos Alonso Lucio. “Como la situación estaba tan difícil ―dijo Aguilar en el reportaje- Lucio me propuso un trato: yo lo dejaba ir y él hablaba con su gente y así cesar los hostigamientos contra la Fuerza Pública. Así se hizo y las cosas mejoraron ostensiblemente”.

No se sabe qué tanto hay de leyenda y de verdad en sus relatos. Lo cierto es que Aguilar, acostumbrado a narrar cuentos fantásticos sobre su vida, deberá relatarlos ahora desde la cárcel La Picota, adonde acaba de ser trasladado. Su historia es la del héroe convertido en Villano.