La reaparición de Aída Avella

La reaparición de Aída Avella

16 de junio del 2011

El 7 de mayo de 1986 una ráfaga de tiros interrumpió  el recorrido de Aída Avella por la autopista Norte con calle 170. Ella era entonces una reconocida concejal de Bogotá y una de las principales líderes nacionales de la Unión Patriótica, el movimiento político que surgió como producto de las conversaciones de paz con la guerrilla de las Farc durante el gobierno de Belisario Betancur.

A través del espejo retrovisor del vehículo blindado en el que se transportaba, Aída vio a los atacantes armados que, con el tiempo, se supo que pertenecían al grupo de La Terraza, contratado por el jefe paramilitar Carlos Castaño para asesinar dirigentes de izquierda y defensores de derechos humanos. El mismo que acabó con la vida de Eduardo Umaña Mendoza, José María del Valle y Jaime Garzón.


Aída Avella se exilió cuando apenas comenzaba el magnicidio contra la UP.

Avella alcanzó a reaccionar. “Por instinto me tiré al piso del vehículo y tomé el radioteléfono que portábamos los concejales de Bogotá. Me comuniqué con la consola de la Alcaldía. Una mujer me respondió y de inmediato exclamé desesperada: ‘Soy Aída Avella, me matan, me disparan en la autopista, por favor llame a los medios de comunicación, comuníqueme con la Policía’. Lo hizo de inmediato”. En ausencia del director de la Policía general Luis Ernesto Gilibert, Avella habló con un mayor de apellido Arias a quien el escolta de la cabildante le describió la situación: “Ya dispararon la bazuca, ahora recurren a los revólveres, tres de ellos nos están disparando. Sentimos como si se tratara de piedras rebotando sobre el vidrio blindado. ¡Ahora se devuelven!”.

En ese instante, cuenta Aída, entró una llamada de Caracol radio que resultó providencial. El reportero le preguntó: “¿Qué pasa concejal?” Y ella respondió: “Me disparan, me matan”. “No, no. Un momento, va en directo…”. Y de inmediato el muchacho le pasó la llamada a los periodistas Darío Arizmendi y Judith Sarmiento, encargados de la conducción del noticiero. La entrevista duró diez minutos. “El tiempo pasaba lento. La muerte no se retiraba, nos acechaba con inclemencia. Los periodistas hicieron un llamado a que se actuara rápidamente. Con esa entrevista, que ayudó a salvarme la vida, Darío Arizmendi ganó el Premio Príncipe de Asturias que se entrega anualmente en España”, recuerda Aída Avella desde su exilio en Europa.


Hace 23 años viajó a Suiza desde donde ha seguido como defensora de los derechos humanos.

A los dos días abandonó el país, pero no sus convicciones. Voló a Suiza. El amigo que la recibió en Ginebra le dijo: “en el exilio hay dos posibilidades: te dejas llevar por la nostalgia y te hundes o sales adelante”. Ella escogió la segunda posibilidad. Se conectó con el Partido Comunista, el mismo en el que había militado en Colombia, con el movimiento sindical europeo y con distintos grupos defensores de derechos humanos. Durante 23 años de exilio ha trabajado por distintas causas, como si estuviera en el país. Sin perderle el pulso un minuto.

En abril de este año, en la víspera de la llegada de Álvaro Uribe en la Escuela Nacional de Ingenieros de Metz, en el Este de Francia, reapareció Aída Avella con su vigor y radicalidad. Tomó el micrófono para arengar con la misma vehemencia con que lo hizo en la Universidad Nacional, cuando en 1967 lideró la protesta contra la presencia del entonces presidente Carlos Lleras Restrepo en el campus que terminó con unos estudiantes enardecidos que le tiraron huevos y tomates al gobernante.

Pero esta vez Aída gritaba en un francés con un fuerte acento latino, aunque resultó igual de efectivo. Con el apoyo de profesores y dirigentes sindicales franceses que también tomaron el micrófono y múltiples pancartas que declaraban al ex presidente Uribe como “Persona no grata” lograron volverle incómoda su estadía en Metz.

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Avella arengó en francés cuando Uribe visitó la universidad en Metz. Su presión junto a la de los académicos y sindicalistas produjo lo esperado: el ex presidente Uribe renunció a la cátedra.

La presión, que continuó los meses siguientes, llevó al ex presidente Uribe a cancelar el curso académico en la Escuela Nacional de Ingenieros. Igual sucedió con la Universidad de Georgetown, en Washington, en donde el rechazo de los estudiantes lo acentuó la tenacidad del sacerdote jesuita Javier Giraldo, quien consiguió que un significativo grupo del cuerpo de docentes y de  sacerdotes vinculados a la universidad norteamericana se opusieran a la presencia de Uribe en el claustro hasta lograr que las directivas no le renovaran la invitación.

La historia se repitió el 24 de mayo pasado en Londres, cuando el ex presidente pasó  de nuevo un mal rato. Más de 300 estudiantes del London School of Economics (LSE) protestaron por su presencia en la conferencia sobre el Desarrollo Social y Económico de América. El resultado: Álvaro Uribe canceló los compromisos académicos en las universidades y se limitará a cumplir con las invitaciones de empresarios o dirigentes políticos en foros cerrados, con la asistencia de un público controlado, sin correr el riesgo de la exposición pública. La de Metz fue la última invitación que canceló. Aída Avella sintió haber ganado una más de sus batallas.

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