La segunda vida del vallenato Sabas

La segunda vida del vallenato Sabas

5 de agosto del 2011

Sabas Duque no recuerda la marca de la pistola calibre 7.65 que cargaba en la pretina de su jean. Pero tiene en su memoria el día en que alias ‘El loco’, un comandante del Frente 59 de las Farc, se la entregó a la orilla de un río cerca a Puerto Bello, Cesar. A los 16 años, cumplía el sueño de su infancia. El arma, un objeto pesado para su cuerpo escuálido, lo convirtió en el encargado de la seguridad de la región y en líder de un grupo de siete jóvenes, todos miembros de las milicias rurales de las Farc. Aunque solo había estudiado hasta quinto de primaria, Sabas ya tenía un hijo de un año. No usaba camuflado, pero muchos habitantes lo buscaban para que impusiera su justicia, según él, porque los métodos de la guerrilla, de una u otra forma, eran efectivos. A sus 42 años, sentado en una silla de ruedas, admite que abusó de su autoridad y prefiere no responder la siguiente pregunta: ¿usted mató a alguien?

A los 17 años, en su primer enfrentamiento las balas le pasaron cerca de su cuerpo sin lastimarlo, como si estuviera blindado. Ese mismo día también vio el peor partido de fútbol de su vida: un grupo de guerrilleros reemplazaron el balón de fútbol por la cabeza de un militar que habían fusilado. Pronto se convirtió en el responsable de suministrar armamento, uniformes y víveres a las Farc en el norte del país. Así conoció a guerrilleros como ‘Simón Trinidad’ y a ‘El cantante’ de las Farc. Duque estuvo en la cárcel, recuperó su libertad gracias a un soborno y al poco tiempo sufrió un atentado por parte de las Autodefensas que lo dejó inválido. Por ese motivo, en 2004 dejó las armas. Hoy hace parte de los más de treinta mil desmovilizados que están en proceso para volver a la vida civil con la colaboración de la Alta Consejería para la Reintegración.

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La guerra le cumplió los anhelos de su infancia, comenta Duque con una sonrisa tímida. Su sueño era tener un arma. También tenía una fijación especial por los uniformes y deseaba heredar el poder que manejaban los hombres de camuflado, aquellos que fueron un referente de autoridad durante su niñez. Admite sin nostalgia que el primer juguete que tuvo fue la pistola que le dio el aval como miembro de las Farc. Tal vez por eso atesoró un fusil R15 de asalto que enterró en una finca y entregó el día que se desmovilizó como símbolo de su lucha y pasado.

Inválido, poco confiado pero cansado de la guerra, se entregó a la Defensoría del Pueblo en Valledupar. Eran las 7:00 a.m. y cargaba una maleta pequeña con algo de ropa, la única chaqueta que tenía y cien mil pesos de sus ahorros. Fue llevado al Comando Central de Policía donde lo sometieron a un interrogatorio que comenzó al mediodía y acabó en la madrugada. Allí le mostraron un centenar de fotografías que tuvo que identificar. Por su seguridad, durmió durante un mes en un calabozo, a unos cuantos pasos de dos paramilitares. Durante ese tiempo, gastó todo su dinero en gaseosas y cigarrillos que compartió con otros desmovilizados.

Hasta entonces, toda su vida, Sabas había estado en tierra, bajo los árboles, entre las balas. La primera vez que montó en avión fue cuando viajó a Bogotá. Ese día dejó atrás su pueblo y, con él, la militancia en la guerrilla. Al llegar a un albergue de desmovilizados, comenzó su proceso con un certificado de dejación de armas. Sabas le dio fin a la historia que protagonizó durante once años en las Farc.

Sabas trabaja en un Centro de Reconciliación y Perdón. Allí se capacita a la comunidad y les ayuda a resolver problemas para alejarlos de la violencia.

Duque nació en Valledupar y creció en una finca entre los municipios de Pueblo Bello y María Angola en el Cesar, ubicados en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. Allí vivió con sus papás, quienes toda su vida se dedicaron a labrar la tierra, y a criar a 22 hijos. Duque fue el primero de su familia que entró a las Farc. Dos de sus hermanos se vincularon a las Autodefensas y otro a la guerrilla.

El primer paso para entrar en las Farc fue un entrenamiento militar. Un curso que no supera los veinte días en un campamento en la selva con más de treinta personas. Durante sus visitas esporádicas a los campamentos, conoció a Julián Conrado, ‘el Cantante’ de las Farc; a ‘Simón Trinidad’, extraditado a los Estados Unidos por narcotráfico y terrorismo, y a ‘Domingo Biojó’, quien participó en las negociaciones con el gobierno de Andrés Pastrana. Allí aprendió técnicas de combate, a usar un fusil, planear estrategias para hacer emboscadas y fabricar explosivos como los cilindros bomba. Este último oficio se facilitaba y era su favorito. En su reintegración a la vida civil dejó sus habilidades de combate en la selva y estudió cocina, panadería, carpintería y técnicas en ensamblado de computadores. Su meta a largo plazo es ser ingeniero de sistemas.

Sabas intentó escapar de la guerra por primera vez a los 20 años. Una mujer que esperaba el segundo de sus cinco hijos, y que hasta hoy lo acompaña, se encargó de convencerlo de que iniciara una nueva vida en la ciudad de Barranquilla. Allí trabajó en un supermercado como jefe de bodega y al poco tiempo era propietario de un local. Pero cuatro años después, la guerra lo volvió a tentar. Un día, su hermano guerrillero llegó a visitarlo. Se bajó de una camioneta Toyota Hilux con alias ‘el Calvo’, jefe de finanzas del frente 19 de las Farc. Ambos querían “pintarle un negocio”, el de conseguir municiones y armas para el grupo ilegal. Su hermano hacía la misma tarea para el frente 59. Después de dos meses Sabas resolvió aceptar. En una parranda vallenata conoció al jefe de la banda ‘Los alcatraces’, su primer socio y contacto para adquirir armamento. Sabas se apoderó de la logística del frente después del asesinato de ‘el Calvo’.

Duque tuvo contacto con guerrilleros como ‘Domingo Biojó’, ‘Simón Trinidad’ y ‘el Cantante’ de las Farc.

Recuerda que realizó un pago de 1200 millones de pesos, dinero que él mismo ‘encaletó’ en las puertas de un carro particular. También era experto en guardar dinero en las llantas y los tanques de gasolina. Aunque Duque sostuvo el negocio por más de un década, no se atreve a dar una la cantidad promedio de las armas que alcanzó a negociar. Pero sí la referencia de algunas, como los fusiles AK47, granadas RPG 7, ametralladoras PKM rusas capaces de derribas helicópteros, un sin número de uniformes y víveres. Durante estos años la prensa referenció algunos hechos del frente 59 como un atentado a Pueblo Bello que lo dejó sin cuartel de Policía, la desactivación de 16 kilos de explosivo R-1 instalados en la vía férrea del tren que transporta carbón y la matanza de 70 vacas productoras después de que dinamitaran tres fincas de la familia Lacouture.

Por su seguridad, no vivía en un lugar fijo sino que pasaba días en hoteles y con frecuencia cambiaba de carro. Aquella vida de continuas huidas lo alejó de su familia y a perder su supermercado. Su trabajo también lo obligó falsificar cédulas. Tenía varias identidades. En los retenes del ejército, presentaba un carné de la empresa Carbones del Caribe con el cargo de inspector rural. Lo único que no podía cambiar era el alias de ‘Taolamba’, aquel que le puso ‘El Viejo’, su comandante del frente. El apodo hacía referencia al personaje de una caricatura de raza negra y de cuerpo corpulento que peleaba contra españoles y piratas para evitar la conquista.

Aunque siempre fue cuidadoso con sus contactos, el ejército logró filtrarse en su red. Fue detenido el 23 de enero de 2001 en medio de un almuerzo de negocios de manera inesperada. Cuenta que parecía una escena de película porque el lugar estaba rodeado y había un operativo especial para su captura. Se le acusaba de rebelión, tráfico y porte ilegal de armas de uso privativo de las Fuerzas Militares. Y de terrorismo. Duque asegura que antes de que la noticia se diera a conocer, fue torturado por un paramilitar que buscaba información sobre los movimientos de la guerrilla. Además, el frente 59 de las Farc negoció con el juez y el fiscal del caso. Al primero le dieron 30 millones; al segundo, 25. En consecuencia, a Sabas solo se acusó de rebelión y recuperó la libertad el 7 de diciembre de 2001.

En 2010 fue elegido como un desmovilizado ejemplar por su labor en beneficio de la comunidad.

Días después de su salida, ‘El viejo’ lo contactó para que retomara sus tareas. También comenzaron los rumores de que tras su cabeza estaban los jefes paramilitares Hernán Giraldo Serna, comandante del frente Resistencia Tayrona del Bloque Norte, y ‘Jorge 40’, jefe del Bloque Norte. Pero su trabajo continuaba. Un negocio lo obligó a viajar a Riohacha para recibir un cargamento que se demoraría tres días en llegar. Sabas se asentó en una tienda, una de las fachadas que estaba acostumbrado a montar para recibir la mercancía. Recuerda que eran las 7:00 p.m. del 23 de marzo de 2003. Veía en un televisor el Canal Uno detrás de un refrigerador. De repente, un hombre gordo entró y pidió una gaseosa. Detrás de él se escondía otro sujeto con una pistola nueve milímetros que le disparó a Sabas cuatro veces. Un tiro le atravesó el hombro izquierdo y dos el brazo derecho. La sangre le salía a borbotones. Nunca había visto tanta. Perdió la consciencia y horas después despertó en un hospital.

Las Farc, buscando cuidar su vida, lo llevaron a Valledupar, donde recibió atención médica privada que pagó la guerrilla. Duró dos meses internado. Estando allí, un especialista lo sorprendió con la noticia de que no volvería a caminar: la bala que le entró por el hombro había atravesado su médula espinal. Al principio de su recuperación recibió un auxilio económico de las Farc, pero con el tiempo éste desapareció, al igual que su contacto con las Farc.

En la actualidad, Sabas vive fuera de los albergues para desmovilizados y él mismo se sostiene. Pese a su condición de discapacidad, conduce un Peugeot de color gris que paga a crédito hacia su lugar de trabajo, situado en una montaña al sur de Bogotá. Allí coordina un Centro de Reconciliación que pretende minimizar la violencia con una escuela de perdón y reconciliación. También preside la Fundación Líderes de Paz con otros desmovilizados del Eln y las Auc que dictan charlas para prevenir el reclutamiento de los grupos armados ilegales. Duque fue premiado por el gobierno como un desmovilizado ejemplar en 2010.

En la guerra Sabas aprendió a ser un líder. Hoy, sin darse cuenta, como en sus inicios en las Farc volvió a la comunidad para transformarla. Pero esta vez ya no lleva un arma en su pretina, ni la justicia impuesta como bandera. A su pasado solo lo ata una piedra redonda y color naranja que recogió en una caminata en la selva. Cuenta sin vergüenza su pasado y sus vivencias. Enseña a resolver los conflictos de manera pacífica porque ha vivido en carne propia las consecuencias de la guerra.