La ‘surrealista’ historia de la hija de Salvador Dalí

La ‘surrealista’ historia de la hija de Salvador Dalí

27 de Junio del 2017

La musa eterna de Salvador Dalí siempre fue su esposa ‘Gala’. Él se enamoró de ella apenas la conoció, en 1929. Entonces ella estaba casada con el poeta Paul Éluard; tenían una hija –la única hija que Gala tuvo en toda su vida–. Apenas conoció a Dali empezó una relación con él. Esa fue la estocada definitiva a su matrimonio que ya estaba en las últimas.

El romance de Gala y Dalí, fácilmente podría tener la categoría de ‘legendario’; uno de esos amores artístico, profundo, como los que sólo se verían en el cine o en la literatura. Por eso, pensar que Dalí pudo haber engañado a Gala resultaría arriesgado. Pero pudo ser posible. Y de ese engaño pudo haber salido una hija. Se llama Pilar Abel Martínez, y ha logrado que un juzgado de Madrid orden la exhumación del cadáver del Padre del Surrealismo para hacerle una prueba de paternidad. El cuerpo de Dalí está sepultado en el Museo Dalí de Figueres.

La mujer, de 61 años, lleva una década tratando de demostrar que es la hija de uno de los artistas más importantes del siglo XX. De acuerdo con la sentencia,  “es necesaria la prueba biológica de investigación de la paternidad de María Pilar Abel Martínez respecto de D. Salvador Dalí Domenech”, al “no existir restos biológicos ni objetos personales sobre los cuales practicar la prueba por el Instituto Nacional de Toxicología”.

En julio del 2007, Abel Martínez se realizó la primera prueba de paternidad. Tenía restos de piel y cabellos que quedaron en una máscara de yeso que se hizo del pintor poco tiempo después de morir. Entonces no logró que le dieran resultados. La segunda prueba fue en un laboratorio de París, en diciembre de 2007 con muestras del ADN de Dalí que conservaba Robert Descharnes, biógrafo del artista.

La demanda es contra el Ministerio y Administraciones públicas y la Fundación Gala-Dalí, quienes son los herederos del legado de Dalí. De acuerdo con el periodista Andrés Guerra “la madre de Pilar,Antonia Martínez de Haro, tenía 16 años cuando comenzó a trabajar para un par de familias de Cadaqués. Allí, en la cala de Portlligat, se establecieron Dalí y Gala cuando la pareja regresó de Nueva York, a principios de los 50. Antonia conoció a Dalí cuando ella tenía 25 años. Era 1955 y el pintor surrealista ya era una figura internacional de primera línea. La joven y el genio se acostaron. Varias veces. ‘Vivieron un amor clandestino’, aseguraba Pilar: Cuando se supo encinta, Antonia buscó marido en un chico de 29 años, Juan, que le dio sus apellidos a la recién nacida”.

Desde que tenía 8 años, dice la mujer, sus familiares le contaron que Dalí era su padre. Actualmente, ella se es pitonisa y lee el tarot. Llama la atención que, según El Confidencial, María del Pilar Abel no tiene ni para pagar el abogado. “Lo surrealista, en este caso, es todo el proceso. La vida entera de Abel. Bruja de profesión, llamada ahora vidente, tenía un programa en televisión por el que se hizo algo famosa. Probar las mieles del éxito televisivo es peligroso porque se gana dinero y se logra cierta fama. Le sucedió a Abel, que tras su programa de videncia quiso más”, escribió el medio.

De acuerdo con el abogado, las pruebas al cadáver deberán hacerse antes de julio. Esta es la tercera vez que la mujer intenta demostrar su idea. Dice que, en las ocasiones anteriores, “los resultados se han ocultado deliberadamente”. Y puede que la tercera sea la vencida. En caso de que se pruebe la relación de ella con el pintor, la mujer pasara de simple pitonisa a multimillonaria. Literalmente, Dalí se va a retorcer en su tumba: vuelve a ser protagonista de una historia absurdamente surrealista.

En todo caso, Gala siempre será la única. Escribió el pintor que “Llamo a mi esposa: Gala, Galuchka, Gradiva (porque ha sido mi Gradiva); Oliva (por el óvalo de su rostro y el color de su piel); Oliveta, diminutivo catalán de oliva (aceituna); y sus delirantes derivados: Oliueta, Oriueta, Buribeta, Buriueteta, Suliueta, Solibubuleta, Oliburibuleta, Ciueta, Liueta. También la llamo Lionette, porque ruge, cuando se enoja, como el león de la Metro-Goldwyn-Mayer; Ardilla, Tapir, Pequeño Negus (porque se parece a un animado animalito selvático); Abeja (porque descubre y me trae todas las esencias que se convierten en la miel de mi pensamiento en la atareada colmena de mi cerebro). Me trajo el raro libro de magia que debía nutrir mi magia, el documento histórico que probaba irrefutablemente mi tesis cuando estaba en proceso de elaboración, la imagen paranoica que mi subconsciente deseaba, la fotografía de una pintura desconocida destinada a revelar un nuevo enigma estético, el consejo que iba a salvar del romanticismo una de mis imágenes demasiado subjetivas. También llamo a Gala Noisette Poilue-Avellana Vellosa (a causa del finísimo vello que cubre la avellana de sus mejillas); y también «campana de piel» (porque lee para mí en voz alta durante las largas sesiones de mi pintura, produciendo un murmullo como de campana de piel, gracias al cual aprendo todas las cosas que, sin ella, no llegaría a saber nunca).”