Poemas infantiles de hombres famosos

Poemas infantiles de hombres famosos

28 de febrero del 2011

Imagine al ex presidente Ernesto Samper cincuenta años más joven, sesenta kilos más liviano y sin canas. Imagine a un Samper niño, lápiz en mano, escribiendo inspirado:

En el nido de un pájaro
cantan tres pichones
Y a la pajarita dicen
danos, mami, cucarrones.

En El Aguilucho, la revista del colegio Gimnasio Moderno que fundó Eduardo Caballero Calderón hace 84 años, escribieron políticos, novelistas, actores y periodistas cuando eran niños. Entre ellos se cuentan Alfonso López Michelsen, Ernesto y Daniel Samper Pizano, Benjamín Villegas, Guillermo Cano, Ricardo Silva y hasta el galán de telenovela Jorge Enrique Abello.

Una de las primeras personalidades que escribió en la revista fue el ex presidente Alfonso López Michelsen, quien en 1930 publicó un poema romántico y trágico titulado La Musa. Como cosa curiosa, el poema de López no es un canto a la musa. Por el contrario, López le da voz a la musa, es ella quien le habla en primera persona, preocupada por la suerte y el estado del poeta. López dedicó su escrito a una admiradora de José Asunción Silva y, como en los versos de este último, en el poema de López hay funerales, sombras que cobran vida y trágicas preguntas sin respuesta. López escribe:

Y cuando la besaste en su lecho de muerte
Tu sombra abandonada tampoco maldecía
¿Será acaso el alma que te espera?
¿La amargura de ser incomprendido?
Mira, mírame bien, yo soy tu compañera
Que en mil noches como esta ha acudido
A convertir la pena que acongoja,
Como el dolor que mata y aniquila,
En agua dulce, embriagadora y roja…

Otro ex presidente y ex poeta es Ernesto Samper, que desde muy joven escribía rimas inocentes. A los once años publicó en El Aguilucho esta estrofa, de un poema que no lleva título:

En la finca de descanso
el abuelito y sus nietos estaban;
el caballo yacía en el portal fiel y manso
y los pequeños a los gatitos alimentaban.

Y mientras Ernesto escribía poemas, su hermano Daniel Samper Pizano ya mostraba que lo suyo era el periodismo. En 1962 escribió un texto sobre un paseo a Barrancabermeja en el que explica, como un cronista del siglo XIX, hasta el más mínimo detalle del viaje. Describe hasta el taladro con el que sacan el petróleo. “Un grueso tubo llamado taladro, que tiene en la punta una broca con dos o tres hoyos va enterrándose en la tierra, al tiempo que gira, tal como es el movimiento de la fresa de dentistería”. Después de una larga explicación de cómo se saca el petróleo, sigue contando el paseo, que termina con un baño en la piscina, sándwiches y el regreso en barco de vapor.

Uno de los más prolíficos autores era el niño Benjamín Villegas, quien abandonó la pluma y la poesía, se graduó como arquitecto y se convirtió en un reconocido editor de libros de lujo al fundar Villegas Editores. A los catorce años, en plena adolescencia, Villegas escribió un poema que dice así:

Amor de mis amores
con besos seductores
produces mil temblores
en mi alma y corazón.

Eres como un lucero
suspendido en el cielo
cubierto por un velo
de nubes de zafir.

El poema de Villegas, que su autor tituló No lo sé, acaba con esta estrofa, llena de terminaciones en osa:

Tú…
Retrato de una diosa
oh niña primorosa
con fragancia de rosa
en todo su esplendor.



Algunos ya mostraban sus capacidades literarias, como Antonio Caballero, que escribía oscuros poemas,  como el siguiente:

En lo hondo del océano se forjaron sus pulsaciones
que se enroscan a él como lagartijas
y trepan,
y caen,
y sueñan.
Pero no tienen ojos en las cuencas vacías.

A los diez años, el hoy novelista Ricardo Silva escribió un cuento sobre la destrucción de un bosque que comienza con una frase que es una clara muestra de psicodelia literaria:

“El duende que pintaba el Arco Iris se introdujo en el bosque para hablar con el pájaro gris que estaba con el conejo verde”.

El que peor sale librado es el actor Jorge Enrique Abello. Menos mal que cambió la poesía por la actuación. Los poemas que publicó en la edición de El Aguilucho de 1985  merecen, al menos, el adjetivo de infortunados. Este es uno de ellos:

Dibujé con sed tus ojos en la lluvia
silencio sonaba en ellos
partían del infinito para encontrarse con lo bello
eran arte esparcida (Sic) por cada destello de luz (que vivía en tu sonrisa)

Era sueño de paz vistiendo mi figura
eran lluvia negra
eran vida.

En las páginas del Aguilucho, el periodista Guillermo Cano escribió sobre las mujeres y el toreo, mientras que Alfredo Iriarte publicó una oda a Bogotá, de tono rimbombante, en la que el escritor da muestras de que en su adolescencia ya conocía el español a la perfección. Dice Iriarte: “Te asemejas, ¡oh villa de mis amores! a la más púdica y gentil de las náyades que reposase sobre el tálamo verde de la sabana”. Uno de los más prolíficos poetas infantiles era el exministro de hacienda Guillermo Perry. El ex fiscal Gustavo de Greiff, por su parte, prefería el género biográfico, y en la edición de 1956 escribió una nota, estilo enciclopedia, sobre el pintor español Diego Velásquez.