Walter Riso en el patio del bar del Hotel Marriott en la calle 73. Está sentado en una silla que mira hacia una enredadera, dándole la espalda a la puerta. El lugar que ha elegido hace parecer que estuviera conversando con un fantasma, enfrente de él no hay nadie. Está vestido de negro, con un abrigo de marinero y una bufanda del mismo color. Tiene la cabeza llena de rulos y canas, y al principio de la entrevista sonreirá poco. Le preocupan los comentarios negativos de la gente en los textos que se escriben sobre él. Tiene sed y pregunta si la aromática de la fotógrafa es suya. Yo quisiera saber qué estilo de vida tiene un autor que vende tanto como lo hace él y a qué es adicto, pero Walter Riso no habla de sí mismo. Hermético, lo único que me revelará lo hará una vez que yo apague mi grabadora. Algunos pacientes y personas que leen sus libros le han dicho que ha salvado vidas, pero a él le parece innecesario admitirlo. “No quiero hablar bien de mí mismo”, me ha dicho.
De Riso se sabe que nació en Nápoles, Italia y cuando tenía un año se fue a vivir a Argentina, pero solo tiene nacionalidad italiana. Comenzó a escribir cuando era un niño, estudió ingeniería electrónica durante 5 años y cuando se puso de moda el hipismo abandonó los chips y la electrónica. Lo más parecido que encontró fue el cerebro, y entonces estudió psicología. “Me volví experto en hardware humano”, dice. En el año 1978 debió salir de Argentina debido a la dictadura y se refugió en Colombia junto con un grupo de amigos. Han pasado ya 34 años y hoy en día su vida trascurre entre Barcelona, Buenos Aires, Bogotá y Medellín. Lo que siempre le ha gustado y preocupado es llegarle a la gente, hacer prevención y promoción de salud, “La gente tiene derecho a la información”, dice. Por eso escribe libros asequibles que divulgan la psicología, pues para Walter Riso, que se reúnan seis psicólogos en una sala de juntas a discutir psicología no tiene ningún sentido si no se comparte este conocimiento con la gente.
Este es un autor que ha publicado ya 18 libros de los cuales ha vendido 2 millones en los últimos años y ha sido traducido al alemán, holandés, chino, italiano, griego, portugués y esloveno. Es el escritor más vendido en Colombia, después de Gabriel García Márquez, y uno de los autores más vendidos en América Latina y España. Walter Riso aborda la psicología humana con total simpleza, entendiendo lo que para nosotros son problemas graves como aplicables a una gran ecuación genérica. Así la vida debería ser más sencilla y fácil de solucionar. Es cierto que sus libros salvan vidas, aunque él no quiera aceptarlo, pues es un público muy amplio el que puede leer sus libros entendiéndolos y encontrando explicaciones y soluciones a sus problemas.
“Yo no soy un escritor que escribe psicología, soy un psicólogo que escribe”, dice, y deja muy en claro el hecho de que para él no hay ningún parecido entre su trabajo y la ficción que escribe Paulo Coelho. No le gusta que cataloguen sus libros como ‘autoayuda’, le gusta más ‘divulgación psicológica’: “La palabra ‘autoayuda’ se ha manoseado mucho”.
Para Walter Riso la psicología no tiene ningún sentido si no puede ser compartida y comprendida.
A propósito de su último libro con la editorial Planeta, Desapegarse sin anestesia, en que cruzó el budismo con psicología y trata el apego como adicción, Riso explica que no existe una adicción diferente a otra. Ninguna es más o menos grave pues todas son el reflejo de la misma ecuación, que es al mismo tiempo una explicación genérica:
A la adicción se puede entrar por tres puertas: Una es la debilidad y vulnerabilidad hacia el placer, lo que está directamente relacionado con la inmadurez emocional. La gente que es inmadura emocionalmente tiene baja tolerancia a la frustración, no soporta el dolor, no es capaz de tener buena introspección y es muy susceptible al placer. (Empiezo con una tajada de la torta y luego me como toda la torta porque no puedo parar). Otra puerta es la inseguridad, y como consecuencia, la búsqueda de esquemas de compensación para resolver un déficit de manera superficial. (Si no sé nadar, me pongo un salvavidas y me meto al agua. No me lo quito nunca, en lugar de aprender a nadar). Es fácil apegarse a cualquier cosa por el déficit que no se ha resuelto. La última puerta es la ambición desmedida, la compulsión por querer ser más. Por andar queriendo más y más se entra en un estado de compulsión, obsesión y adicción. Buscar el éxito afanosamente hace que las personas pierdan el control. Sobre exigirse produce una ambición desmedida.
La adicción y el apego es una enfermedad de la libertad, es cuando se negocia con los principios, la dignidad y los valores a cambio de algo que hace creer que le da sentido a la vida. El apego es el abuso de determinadas cosas, es cuando a uno se le va la mano y se vuelves obsesivo, cuando se establece un vínculo obsesivo buscando placer, seguridad o autorrealización. Si uno está en armonía con uno mismo, no tiene por qué desarrollar apegos cuando, por ejemplo, entra en una relación. Cuando uno está seguro de uno mismo, uno habla, es asertivo, entra en relaciones con la idea de: “Te amo, pero puedo vivir sin ti, aunque me duela”.
Riso declara que tiene problemas tan mundanos como tenemos todos.
Cuando algo se vuelve imprescindible y no se puede renunciar a ello, se vuelve una adicción. El apego es la incapacidad de renunciar a un deseo cuando éste es dañino. Cuando se negocian los valores más entrañables por el apego. El apego corrompe. Las pasiones obsesivas son apego, se empieza a sufrir y ya no se disfruta. Los apegos quitan energía.
También hay apego y adicción en la gente que juzga a los demás. Esta gente es apegada a sus ideas, lo que se llama apego al conocimiento. En este tipo de persona hay tres elementos fundamentales: Dogma (mis fundamentos no se discuten), fundamentalismo (siempre tengo la razón) y oscurantismo (cualquier tipo de información o cultura es peligrosa). La única forma de curar a una sociedad del apego al conocimiento sería a través de materias obligadas en los colegios a las que Riso llamaría Apego 1, Apego 2 y Apego 3.
El sufrimiento, por ejemplo, es inherente al ser humano, y existen dos formas de sufrir: el sufrimiento inútil es cuando se está en una relación donde reina el apego y eso hace que uno involucione, se pierde la paz, el bienestar y la tranquilidad. El sufrimiento útil es cuando uno se sale de una relación y sufre, pero es un duelo que dura unos meses y pasa. En nuestra cultura, este duelo tiende a durar 6 meses.
Para Walter Riso es básico que se entienda que todo en la vida es prestado y por ende todo se va. Nada es NUESTRO. El cuerpo mismo, “Es una bolsa llena de carne y órganos inmundos. Orines y cosas podridas. Asqueroso”, dice. Aquí juega un gran papel el realismo. La realidad sin sesgos y distorsiones.
--¿Walter, cómo maneja usted el miedo?
“Yo, cuando tengo miedo lo enfrento. Busco recursos, ayuda y mis propios valores que me puedan ayudar. Estoy en un estado móvil de observación permanente, cuando veo que se me está yendo la mano, paro. Tengo mucho autocontrol y disciplina”.
Y este psicólogo que escribe hasta dos libros al mismo tiempo, asegura que no sufre de bloqueos al escribir, nunca le faltan ideas o creatividad, siempre tiene qué escribir. Dice que su problema es más bien deshacerse de tantas ideas.
“Yo siempre digo: No me sigan que yo no soy un maestro. Yo no soy un líder espiritual. Tengo mil problemas. No existe gente desapegada, existe gente que lucha con los apegos. Esto es lo sano. Ni siquiera Buddha pudo eliminar sus apegos y siguió luchando con ellos hasta el último momento. Al menos hay que darse cuenta que algo lo está controlando a uno. No hay mayor felicidad que ser libre”.
Para Walter Riso la psicología no tiene ningún sentido si no puede ser compartida y comprendida.
A propósito de su último libro con la editorial Planeta, Desapegarse sin anestesia, en que cruzó el budismo con psicología y trata el apego como adicción, Riso explica que no existe una adicción diferente a otra. Ninguna es más o menos grave pues todas son el reflejo de la misma ecuación, que es al mismo tiempo una explicación genérica:
A la adicción se puede entrar por tres puertas: Una es la debilidad y vulnerabilidad hacia el placer, lo que está directamente relacionado con la inmadurez emocional. La gente que es inmadura emocionalmente tiene baja tolerancia a la frustración, no soporta el dolor, no es capaz de tener buena introspección y es muy susceptible al placer. (Empiezo con una tajada de la torta y luego me como toda la torta porque no puedo parar). Otra puerta es la inseguridad, y como consecuencia, la búsqueda de esquemas de compensación para resolver un déficit de manera superficial. (Si no sé nadar, me pongo un salvavidas y me meto al agua. No me lo quito nunca, en lugar de aprender a nadar). Es fácil apegarse a cualquier cosa por el déficit que no se ha resuelto. La última puerta es la ambición desmedida, la compulsión por querer ser más. Por andar queriendo más y más se entra en un estado de compulsión, obsesión y adicción. Buscar el éxito afanosamente hace que las personas pierdan el control. Sobre exigirse produce una ambición desmedida.
La adicción y el apego es una enfermedad de la libertad, es cuando se negocia con los principios, la dignidad y los valores a cambio de algo que hace creer que le da sentido a la vida. El apego es el abuso de determinadas cosas, es cuando a uno se le va la mano y se vuelves obsesivo, cuando se establece un vínculo obsesivo buscando placer, seguridad o autorrealización. Si uno está en armonía con uno mismo, no tiene por qué desarrollar apegos cuando, por ejemplo, entra en una relación. Cuando uno está seguro de uno mismo, uno habla, es asertivo, entra en relaciones con la idea de: “Te amo, pero puedo vivir sin ti, aunque me duela”.
Riso declara que tiene problemas tan mundanos como tenemos todos.
Cuando algo se vuelve imprescindible y no se puede renunciar a ello, se vuelve una adicción. El apego es la incapacidad de renunciar a un deseo cuando éste es dañino. Cuando se negocian los valores más entrañables por el apego. El apego corrompe. Las pasiones obsesivas son apego, se empieza a sufrir y ya no se disfruta. Los apegos quitan energía.
También hay apego y adicción en la gente que juzga a los demás. Esta gente es apegada a sus ideas, lo que se llama apego al conocimiento. En este tipo de persona hay tres elementos fundamentales: Dogma (mis fundamentos no se discuten), fundamentalismo (siempre tengo la razón) y oscurantismo (cualquier tipo de información o cultura es peligrosa). La única forma de curar a una sociedad del apego al conocimiento sería a través de materias obligadas en los colegios a las que Riso llamaría Apego 1, Apego 2 y Apego 3.
El sufrimiento, por ejemplo, es inherente al ser humano, y existen dos formas de sufrir: el sufrimiento inútil es cuando se está en una relación donde reina el apego y eso hace que uno involucione, se pierde la paz, el bienestar y la tranquilidad. El sufrimiento útil es cuando uno se sale de una relación y sufre, pero es un duelo que dura unos meses y pasa. En nuestra cultura, este duelo tiende a durar 6 meses.
Para Walter Riso es básico que se entienda que todo en la vida es prestado y por ende todo se va. Nada es NUESTRO. El cuerpo mismo, “Es una bolsa llena de carne y órganos inmundos. Orines y cosas podridas. Asqueroso”, dice. Aquí juega un gran papel el realismo. La realidad sin sesgos y distorsiones.
--¿Walter, cómo maneja usted el miedo?
“Yo, cuando tengo miedo lo enfrento. Busco recursos, ayuda y mis propios valores que me puedan ayudar. Estoy en un estado móvil de observación permanente, cuando veo que se me está yendo la mano, paro. Tengo mucho autocontrol y disciplina”.
Y este psicólogo que escribe hasta dos libros al mismo tiempo, asegura que no sufre de bloqueos al escribir, nunca le faltan ideas o creatividad, siempre tiene qué escribir. Dice que su problema es más bien deshacerse de tantas ideas.
“Yo siempre digo: No me sigan que yo no soy un maestro. Yo no soy un líder espiritual. Tengo mil problemas. No existe gente desapegada, existe gente que lucha con los apegos. Esto es lo sano. Ni siquiera Buddha pudo eliminar sus apegos y siguió luchando con ellos hasta el último momento. Al menos hay que darse cuenta que algo lo está controlando a uno. No hay mayor felicidad que ser libre”.
