Carlos Salas
Carlos Salas

Un gobierno que paga por pecar y un pueblo que peca por la paga

¿O cuál es más de culpar, aunque cualquiera mal haga: la que peca por la paga o el que paga por pecar? 

Sor Juana Inés de La Cruz hace ver lo poco caídos en razón que se encuentran aquellos que juzgan a la mujer que peca por la paga y no a quien paga por pecar. Si en esos asuntos la cuestión es delicada cómo no lo va a ser cuando a un presidente le da por pagar para satisfacer su soberbia, madre de todos los vicios, siendo un pecado más de culpar que el cometido por el que recibe la paga servilmente ante un amo al que ve allá arriba inflado de poder y vanidad. Muy diferente es que se le pague por un voto que poco le significa, depositado por un candidato que es un don nadie, a que se le pague por manifestarse en apoyo al elegido con esos votos con los que ha conquistado la cima del poder quien, por no contar con la aprobación de sus compatriotas, acude al dinero de los contribuyentes y de sus narcoamigos para comprar consciencias. Olvida ese señor mequetrefe que a la venta: votos sí, pero consciencias no. Un voto es algo palpable, materializado en un papel, la consciencia es inaprensible. 

Se equivoca el señor ese pretendiendo conquistar al pueblo con dinero. Apenas llegará a unos cuantos zopencos. Ni siquiera multiplicando las bolsas alcanzaría su sueño hitleriano de ver las plazas llenas. Para lo que si le alcanza es para contratar sicarios, de esos como los de la Primera línea y aquellos de los bloqueos. La jugada le saldrá muy mal, sino que mire el oscuro futuro de su entrañable amigo, el detestado Maduro, al que cobardemente no ha vuelto a visitar porque al tipo aquel se le creció María Corina y no es momento para dar papaya en estas vecindades, mejor darla ridiculizándose en el antro de las Naciones Unidas creyendo que, por ser su lacayo, se hizo merecedor de un lugar de honor, correspondiéndole hablar luego del impresentable Biden, lo que le garantizaría un auditorio a reventar. Pobre iluso. 

Desde que los politiqueros hicieron de la política negocio, la deplorable compra de votos se convirtió en costumbre. Quienes venden su voto no sienten que estén vendiendo su consciencia. Regreso al ejemplo de Venezuela, quienes vendieron en el pasado sus votos, por una bolsa clap, o por lo que fuera, no se sienten impedidos para salir en masa a apoyar a María Corina, una mujer valiente que va a ir hasta el final. Eso debe tenerlo en cuenta quien sigue haciendo politiquería desde la casa de Nariño. Se equivoca de cabo a rabo, insisto, llevando tan vulgar práctica de campaña a convertirse en práctica de gobierno.  

Me refiero, claro está, a la sistemática puesta en ejecución de la pomposa e irresponsablemente llamada Toma de Bogotá prevista para esta semana. 

Considero que, con este alarde de populismo de la peor categoría, el gobierno se está colocando la soga al cuello. Será cuestión de tiempo su irremediable caída. 

P.S.: Ver las manifestaciones del pueblo venezolano acompañando a María Corina en cada uno de los rincones de Venezuela que visita sorteando toda clase de peligros y bloqueos, me causa escalofríos y se me aguan los ojos. La esperanza no tiene precio, ni se compra ni se vende. Al pueblo venezolano le ha tomado un largo tiempo lleno de suplicios y dolor estar en la condición de decir “¡Hasta el final!”, con su ejemplo el pueblo colombiano se puede ahorrar muchos años de sufrimiento comenzando, desde ya, a tomar cartas en el asunto.

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Carlos Salas
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