El hombre que murió la víspera

Publicado por: admin el Sáb, 07/05/2011 - 09:30
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Sergio Ocampo es periodista antioqueño que ha vivido casi toda su vida en Bogotá. Es autor del libro de cuentos A Larissa no le gustaban los escargots. Ha sido un hombre de salas de redacción por c
Sergio Ocampo es periodista antioqueño que ha vivido casi toda su vida en Bogotá. Es autor del libro de cuentos A Larissa no le gustaban los escargots. Ha sido un hombre de salas de redacción por casi veinte años: fue editor político y editor nacional en El Tiempo, editor general en El Colombiano, de Medellín, y en El Heraldo, de Barranquilla, y asesor editorial de El Universal, de Cartagena. Hace pocos años decidió que el ciclo del periodismo había terminado y se dedicó a la literatura. Requiem æternam dona eis, Domine Eran pocos los estragos que el espejo le estaba mostrando en ese examen solitario de sus propias partes. Seguía siendo magro, aunque una pancita asomaba tenue sobre el pubis y se diluía sin repelencias bajo el esternón. Los brazos se veían huesudos y culminaban en las clavículas secas, pero no habían sido muy distintos desde los tiempos en que floreció su hombría. La nuez se le había pronunciado ostentosa, como buscando camorra. Se miró las nalgas y notó muchos surcos sobre esa piel pálida, conocida por tan pocas mujeres y poblada aún por una lanilla tersa y dúctil que se hacía rebelde y oscura al aproximarse al vórtice. Las huevas colgaban tranquilas en un exceso de escroto y en la actitud perpetua de importarles un pito lo que se piense de ellas. La cara. La cara estaba bien: estrías discretas y superficiales de casi cinco décadas sin excesos ni derroche de expresiones. Estaba más mofletudo, pero su barbilla seguía saliendo cuadrada en las fotografías. El prólogo de su vejez estaba ahí, al frente suyo, sereno, sin tormentos. No fue una sensación incómoda esa de enfrentarse a la fatiga de su material; al contrario, un conato breve de ternura lo sobrecogió: estaba conforme con el balance de sus deterioros. La luz del atardecer se fue acentuando y los matices de la piel cambiaron durante el rato largo que siguió en ese estado plácido de contemplación frente al espejo. Luego de la extraña ceremonia de otearse a sí mismo, él, que siempre había sido escasamente corporal, se dio una ducha rápida y tibia, y bajó de nuevo a encerrarse entre sus libros. Puso música de clavecín y así se le fueron las horas hasta que la voz de su esposa lo forzó a hacer un alto. La cena estaba lista. Hablaron poco, como venía ocurriendo hacía un tiempo, y cada quien se sumergió en los pensamientos sucedáneos a una mala conversación o al silencio de las monotonías domésticas. Luego, en la cama, él le deseó las buenas noches cuando adivinó que la mano sutil que le frotaba la circunferencia de pelos alrededor del ombligo ya se deslizaba derechito hacia otro punto cardinal, uno que no quería renunciar a su modorra. *** Era un ejercicio en balde. El despertador había sonado ya tres veces pero él insistía en volverse a dormir, a la brava, luego de golpetear con rabia el aparato hasta silenciarlo de nuevo, cerrar los ojos y esforzarse en descender a las profundidades de un sueño que ya se había ido. Resignado, y aún en el atontamiento del primer pie entrando a la pantufla sin ganas, optó por esforzarse en recuperar las imágenes menos brumosas. Nada; no conseguía recapitular casi nada. La única evocación nítida era su propia figura acaballada en un taburete al frente de un tablero que no se dejaba ver bien, pero que él sabía era del juego de senet. Nunca lo vio de frente ni de cerca pues algo lo forzaba a enfocarse en sus manos, que se apreciaban enormes y tapaban todo. Aun así estaba seguro, en esa certeza inflexible de los disparates oníricos, que era una partida de senet. La estaba jugando solo y eso le producía un regocijo tremendo. Bruno Valenzuela no soñaba mucho. Realmente, casi nada. En el último decenio no recordaba más allá de cuatro sueños, lo cual no le daba ni para el promedio universal de los hombres sin sueños que es de uno por año. Y ninguno era digno de una remembranza especial. Las estampas difusas del primero de ellos tenían que ver con algo como una pelea en la que se veía de niño trompeando a un compañero con quien luego tomaba avena y galletas, antes de convertirse, en la mutación absurda de los sueños, en su hermano o en alguien idéntico que destapaba paciente una colección de matrioskas, una, dos, tres, hasta cien, y parecía aburrirse con eso. El segundo era sobre una moto que avanzaba veloz por una recta infinita, en una alborada con un sol que no terminaba de alzarse y con un hombre al volante bajo un casco que brillaba cóncavo y liso antes de tornarse en balón y rebotar en los travesaños de una escalera. El que más recordaba era un jugueteo de manos con dos morochas que le producían cosquilleo en los muslos y en el vientre, pero que al final se resolvía en una escena consuetudinaria de los tres viendo un partido de básquet en la tele. Y hubo un cuarto, tan abstracto, tanto, tanto, que nunca había logrado llevarlo a palabras. El de ahora, en cambio, era ante todo extravagante. Hasta dormido soy un jodido intelectual, pensó para restarle circunstancia al asunto. Un triste cuarentón que no sueña jugando dominó o monopolio sino una partida de senet. A lo largo de las horas lo volvió a rememorar varias veces hasta que la barahúnda de los cuadros cotidianos le borró el recuerdo y este se apiló sumiso en los sótanos del subconsciente, al lado de las promesas que no se cumplieron, debajo de las obligaciones por pagar y apenas encima de las reminiscencias de los pecados ocultos. En la noche lo evocó de nuevo y sintió la ilusión vaga de soñarlo otra vez. A las 6 y 34 de la mañana siguiente el despertador lo sacó a la fuerza de las callejuelas borrosas por donde vagaba su actividad cerebral y aún sin desplegar las pestañas comprendió que no había logrado repetir el senet. Como era habitual no había soñado nada. Quitarse el pijama en la ducha le trajo un destello ligero de que en su sueño él también se hallaba desnudo y que se sentía espléndido y potente en sus cueros, algo muy distante a lo visto en el espejo dos días atrás y a su realidad de sedentario hombre de libros. ¿Por qué estaba tan obsesionado en revivir un simple sueño, él que siempre había repudiado el sentido mágico de las cosas, el carácter azaroso de la vida con sus disyuntivas en clave y esos falsos enigmas que volvían todo un acertijo o una zozobra de sumas y restas para halagar o mantener a raya a unos hados y unos dioses mercachifles? ¿Se le estaría colando por cualquier resquicio de su otoño incipiente algún germen supersticioso? ¡Pufff, no! No hay el menor riesgo, pensó. Soñar, para los que soñaban, era un mero y trivial proceso fisiológico como cagar, respirar o deglutir. Para no despreciar del todo esa sensación de importancia, o al menos de curiosidad inusual que le estaba produciendo el incidente, pensó en el camino medio del psicoanálisis y en el catálogo de silogismos cifrados con los que Freud montó su intriga maestra para dejar a la humanidad perpleja, por un par de siglos, tratando de descifrarse a sí misma desde la caverna profunda de sus bajos instintos. Consultarlo ahora podía ser la opción más cierta en la encrucijada de preguntarle a alguien por el significado de un sueño sin comprometer su imagen de escéptico. Tenía un par de horas para hacerlo antes de arrancar la clase de la tarde que jamás había dejado de dictar en dieciocho años y que iniciaba a las tres en punto con una precisión casi fastidiosa. La interpretación de los sueños era un libro siempre ausente de los anaqueles de la biblioteca pues rotaba, como en una maratón de relevos, de mano en mano a lo largo del día, sobre todo en la mañana y aún más los lunes. A menudo también se hallaba prestado para leer en la casa, con lo cual era un albur conseguirlo sin un tiempo de espera. El tomo que le correspondió a Bruno acababa de ser reingresado unos minutos antes. –Está usted de buenas, profesor. Ese libro es un best-seller –le dijo un bibliotecario atareado que ni siquiera notó la mala cara de respuesta. Mirando a lado y lado tomó el texto, lo ubicó sigiloso bajo el brazo y se encaminó hacia la mesa más distante. Era pesado y tenía una encuadernación que algún día fue de lujo, con refiles dorados en el lomo y letra Bodoni. En la contratapa, el registro de préstamos se apretujaba en una decena de fichas dentro del pequeño bolsillo de color pajizo. Eran más de ochenta firmas, la mayoría de talante infantil en clásica caligrafía Palmer. Con una curiosidad inusual, Bruno los ojeó al desgaire para ver quiénes fueron sus predecesores en ese arte oculto de descodificar los sueños. Uno que otro conocido; nadie que valiera la pena. Sin mucha prisa empezó a pasar las hojas con el movimiento maquinal con que se manosean los libros farragosos, en la búsqueda de una lámina, una ilustración, un corondel, cualquier cosa que ayudara a dispersar esa turba de millones y millones de letras atacando en montonera, o en la esperanza de caer en el tema deseado sin tener que leer más de la cuenta. Definitivamente no lo iba a repasar completo: ya había tenido mucho de Freud en sus tiempos de estudiante y guardaba un horror inconfesable a repetir la historia de un amigo que se hundió, a conciencia y como promesa de año nuevo, en la lectura de esa terna maligna compuesta por Nietzche, Marx y Freud. Al cabo de varios meses de no saber de él lo buscaron en su casa y lo hallaron sentado en el suelo devorando con galletas de soda sus excrementos recogidos en un tarro de latón. No, ya no cabía leer más a Freud. Tampoco a los otros dos. Hummmmmmm, hubiera preferido algo más manejable como un miedo a la castración o a ser devorado, o alguna de esas ideas de loco fumador de opio que se le ocurrían a Freud, salió diciendo hora y media más tarde, las manos en los bolsillos y el rictus contrariado de quien ha perdido el tiempo en una mala película. El veredicto del libro sabio había sido tajante: soñar con juegos tenía una inmensa carga simbólica sobre la lucha del hombre contra los elementos, contra sí mismo y contra el orden de las cosas; una manifestación de profundos temores hacia el destino, en conjunción con una tendencia infantil a eludir las realidades y negociar sus consecuencias por la puerta falsa de las jugarretas. Y como epílogo, soñarse en cueros traducía la angustia de esconder un gran secreto. Este Freud sí hablaba mucha mierda, volvió a pensar mientras devolvía la copia al archivero. Nadie reparó en la rúbrica ilegible en la que estampó un nombre falso para que nadie en el futuro lo asociara con ese revoltijo entre ciencia y magia que era en su concepto el libro de los sueños. Empezaba a preocuparlo ese interés casi estrafalario que estaba acusando, primero por recordar el sueño y ahora por interpretarlo. En 39 años de vida la única materia que había logrado hacerlo sentir intrascendente, arrinconado y nimio, el tema frente al cual se inclinaba sumiso y del que había jurado alguna vez desentrañar sus claves más ocultas, sus mecanismos profundos… ese era uno solo: la muerte. Llevaba casi tres décadas estudiándola en sus pormenores, gateando y luego caminando erguido por sus laberintos, arrobándose en su estética fúnebre, en las parafernalias del luto, en sus pactos sagrados con la trascendencia y con el más allá. Se había hecho experto, perito, sabio en todo asunto vinculado con la muerte, siempre con el ojo vigilante del académico, siempre abominando de los caminos alternativos y de los atajos del azar. Era respetado, muy respetado, y era uno de los cinco tanatólogos más grandes del hemisferio y el único que hablaba y escribía de esas cosas en español. En realidad tenía 45 años, pero solo reconocía 39. La supresión de esa media docena la había hecho de un modo tan genuino, con tal convicción, que auténticamente se sentía en el último peldaño de los treinta. Según él, la primera infancia constituía una fase de idiotismo, de existencia intrascendente, de desvalimiento intelectual y exploración tan primaria del mundo que no merecía contarse como parte del currículo. –Es tiempo perdido –decía sin importarle las reacciones de los otros–. No es serio sentarse a hablar con alguien que dice las cosas a media lengua, que no sabe dónde queda su casa ni puede hacer pipí por sí solo. Por eso, casi nadie logró verlo con un bebé en brazos, y solo cobró interés en su hijo el primer día en que regresó del kínder. Era ya el momento de la clase, y Bruno atravesó el campus abstraído en esos límites de la ciencia que se negaba a abandonar, apenas atento a cómo cabeceaba su sombra adelante sobre el sendero de piedra, tenso el entrecejo. Descartada de antemano la explicación metafísica, y desestimados, por inútiles, los planteamientos del psicoanálisis, los caminos se estrechaban. Tendría que acudir entonces a los egipcios antiguos para rememorar lo que significaba el juego de senet, única lucecita en ese mar de neblinas donde flotaba sin rumbo su único sueño relevante en una década. –“Por mí se va hasta la ciudad doliente… por mí al abismo del tormento fiero, por mí a vivir con la perdida gente...” – empezó diciendo a los estudiantes que se acomodaban sin mucho ruido en las filas medias y traseras del aula grande. En los últimos quince años había iniciado su materia con la grandilocuencia del mismo verso de Dante, en una estrategia de amedrentar a la audiencia, llenarla de veneración, hacerle sentir la bagatela de la existencia humana frente a la majestad de la muerte. Algunos lo veían como un perturbado, un loco genial con un rayón grande en el disco duro de la cabeza; otros sufrían a lo largo de semanas para poder seguir el paso a sus especulaciones, sus alegorías de nacimiento y muerte y su erudición rebosante; unos pocos no volvían jamás, aterrados por el acoso mental de tener que sumergirse en los abismos de la escatología. En más de una libreta de apuntes, en cuadernos y agendas, a lo largo de los semestres había sido caricaturizado con la tinta de los lapiceros en bocetos que lo recreaban con un gallinazo al hombro, o con una guadaña y un reloj de arena, y hasta con las alas batidas de un ángel del Día Final. Alguna vez, en un muro externo del claustro, apareció un grafiti que rezaba imperativo: “Muérete, Bruno… Atte. Dios”. Sin altibajos que se recordaran, cada seis meses su asignatura se llenaba a reventar con gente nueva o con repitentes que se habían propuesto graduarse en el magisterio de la muerte. Se contaba en los corrillos que años atrás un alumno fue hallado muerto en las baterías sanitarias, con los músculos tensos apretando a un costado un ejemplar del Ars Moriendi que venía leyendo para la cátedra de Valenzuela. Por el color violáceo en su epidermis, la contracción abdominal y una sonrisa breve que también podía ser un espasmo de dolor, se supo que murió por mano propia, envenenado. Algunos, los cándidos, dijeron que el muchacho no aguantó el agobio de una clase que no daba treguas y confrontaba al espíritu con los enigmas sin resolución; otros, los indiferentes, lo vieron como el clásico suicidio de un estudiante desesperado por las malas notas, y unos cuantos, los perversos, lo calificaron como el simple deceso de un loco marihuanero a quien se le había ido la mano en la dosis. En la siguiente hora y media Bruno hizo montar a sus aprendices en la barca imaginaria que iba a cruzar la laguna Estigia; luego los llevó remando hasta el mundo subterráneo, les presentó de lejos a Anubis, guardián de las tumbas y los cementerios, les recitó páginas incompletas del Libro de los Muertos, dibujó en la pizarra la balanza en la que se pesaban las almas en el juicio postrero, se detuvo unos minutos en las plegarias visigodas para un buen morir y terminó listando las centenas de poetas y artistas que en Oriente y Occidente se habían adelantado a los designios de un Dios y tomado la decisión contraventora de no vivir más. El ambiente que imperaba bajo la penumbra de ese salón semicircular, con sus 92 butacas ocupadas y las columnas y escalinatas soportando cuerpos mal acomodados, sentados en flor de loto o de pie apoyando el hombro en la pared, todo ese universo místico de gente tan joven embebida en cada frase era imposible de encontrar en otra cátedra. Tenía un poco de película de horror por las pupilas fijas y los maxilares en tensión, como si algo extraordinario fuera a ocurrir en cada momento, aunque también parecía un monasterio de cartujos en oración mental a San Bruno, con miradas extáticas, silencios y gestos de arrobamiento; nadie quería perderse una palabra y hasta los susurros estaban proscritos. Muchas veces el único sonido audible era el de los bolígrafos manchando indelebles las hojas en las libretas. El clic de una grabadora que anunciaba el fin de la cinta crispaba los ánimos de los que no querían perderse ni un carraspeo en la disertación. La mayoría hacía grandes esfuerzos por ser invisible, por no ser notado entre el grupo, por evitar que el dedo señalador del maestro preguntara algo que podía ser sabido pero que siempre se enredaba en alguna cuerda vocal y que al responderse sonaba muy rudimentario. Casi siempre la sesión remataba con una avalancha de preguntas, cuando encendían la luz, que podía extenderse hasta la clase siguiente y aun abarcarla y tomarse la próxima. –El inframundo griego es un lugar bien triste –continuó–, porque el dios que lo gobierna es un eterno perdedor. Hades, el Plutón de los romanos, es un dios muy de malas. En el mito arcaico, él y sus hermanos se reparten a suerte el universo conocido. A Zeus, o Júpiter, le toca el cielo, con lo cual queda como el comandante en jefe; a Poseidón, o Neptuno, le corresponde el mar, y a Hades lo mandan bajo tierra, que es el reino donde moran los muertos. Ya de viejo decide conseguir mujer y rapta a Perséfone, pero Perséfone es la hija de Deméter, diosa de los campos y la agricultura. Desgarrada por la pérdida de su niña, se va a buscarla, y la vida y los ciclos de la tierra se paralizan de modo indefinido. Todo empieza a morir en la superficie hasta que Hades se ve obligado a regresarla, pero con artimañas logra devolverla a medias, y consigue que se quede seis meses con él y vaya a la superficie con su madre otros seis meses. Así, mientras Perséfone está arriba, las huertas florecen y se producen las cosechas, y cuando está abajo, todo se reseca. Una bella alegoría del renacimiento y muerte de la tierra con las estaciones. En lo que compete al viejo, queda casado a medias y sólo se goza a su mujer cada seis meses, para luego mandársela a la suegra ese mismo tiempo. Para completar su infortunio, hace tres años un congreso de astrónomos decidió quitarle a Plutón la categoría de planeta por no cumplir con el tamaño requerido. Planeta enano lo llamaron. ¿Qué pensarán Júpiter y Neptuno, los otros dos hermanos dioses, de esta degradación del viejo Hades? Poco antes de volver a la orilla de la realidad, dejando el Leteo y todos los valles de las sombras atrás y a Plutón sin Perséfone, Bruno les confesó a sus alumnos que debajo de ese suelo donde ahora tomaban clase era casi seguro que estuviera sepultado algún gran señor indígena, muerto de viejo y enterrado en oro con todo un séquito de concubinas y esclavos y favoritos, obligados a escoltarlo en el larguísimo viaje que iniciaba por las nubes, el viento y el humo antes de encontrar el sendero para fundirse con la trinidad de los nativos de estas tierras. Fue entonces cuando atracó su bote fantástico, lleno de aprendices, en el salón donde casi todos se bajaron aturdidos por ese primer viaje ilusorio hacia la muerte.