Amores que matan: Las relaciones adictivas

22 de octubre del 2018

Frente a mí y sentado en un sillón de cuero café miel, fabricado en Inglaterra y conocido como los inigualables “Chester”, copiado luego por los fabricantes de muebles en Colombia “Camacho Roldán”, se encuentra Ricardo (he usado un nombre ficticio como reserva de la identidad, pero la historia es real), quien me pidió una cita […]

Amores que matan: Las relaciones adictivas

Frente a mí y sentado en un sillón de cuero café miel, fabricado en Inglaterra y conocido como los inigualables “Chester”, copiado luego por los fabricantes de muebles en Colombia “Camacho Roldán”, se encuentra Ricardo (he usado un nombre ficticio como reserva de la identidad, pero la historia es real), quien me pidió una cita prioritaria para que le ayudara desde mi experiencia como terapeuta y coach de Vida. Durante más de una hora lo escuché con atención, acomodando cada una de las piezas de este rompecabezas emocional, en la que se encontraba mi asesorado.

Fotografía: Cortesía Armando Martí
Los asesorados se sientan a dialogar y a descubrirse a sí mismos.

La historia de Ricardo se trataba de un “amor” apasionado y romántico, que durante ocho largos años había intentado tener sintonía y eco en María Paula, hoy su exesposa. Ricardo relata que desde el primer momento en que la conoció, se enamoró al instante, a pesar de haber experimentado el dolor de otras relaciones afectivas con varios finales desastrosos.

Esta vez sintió, cómo se encendía con más fuerza la llama de un nuevo amor en su amada pareja, lleno de pasión, entrega, esperanza, devoción y sobre todo de ilusión. -“Armando, ¿qué hago? Yo adoro a esta mujer, no se me quita ni un segundo de mi cabeza. Lo que ella me diga estoy dispuesto a hacerlo con tal de que regrese y me ame y cuide, me de su sexo y de su amor. Te lo juro, no puedo vivir sin ella, pero con ella siento que me mata lentamente como si me odiara, temo a sus cambios de humor que son cada dos o tres horas. Ella grita, rompe cosas, me deja de hablar a veces, no la puedo tocar y me dice que se va a ir o que me vaya yo. Después me llama, me seduce … ¡Dios mío no puedo más! Ayúdeme por favor … ayúdeme.” Esto me decía mi sufriente asesorado, mientras se secaba sus lágrimas con pañuelos Kleenex.

Las herramientas para el cambio

En la profesión de coach y terapeuta, es muy importante aprender a no dar consejos y mucho menos interrumpir el relato emocional del interlocutor e intentar consolarlo y confrontarlo. Basta una actitud atenta de escucha sobre su queja y asentir suavemente con la cabeza, invitándolo a continuar su catarsis, evitando la distracción del celular y centrando la atención en su relato, pues el tiempo fue pagado por el consultante y tiene derecho a que su terapeuta le dedique el tiempo necesario. No entiendo aquellas consultas de quince o máximo veinte minutos, que algunos profesionales de la salud mental le dedican a sus pacientes, presionados por una larga lista de personas que demandan atención.

Recordemos que nosotros no nos conocemos del todo bien, pero nuestro inconsciente sí conoce nuestra realidad más oculta. Existe una gran diferencia entre el estrés, la ansiedad y la angustia. El primero, es una respuesta natural ante los ataques y estímulos externos e internos del medio ambiente o de nuestra conciencia. El segundo es la sensación de descontrol que hace que reaccionemos con temor y busquemos el origen de lo que no nos deja estar en sosiego y paz mental; el tercero es ya un nivel insoportable de “vacío” en el alma y aumento sistemático de miedo, como una especie de obsesión en donde se pierde la cordura y se sensibiliza exageradamente el sistema simpático y parasimpático, abriendo la puerta a toda las peligrosas gamas de enfermedades “invisibles”, también llamadas psicosomáticas.

El comienzo del fin

Fotografía: Cortesía Armando Martí

Ricardo ya había pasado por los anteriores estadios patológicos, y estaba inmerso en una dolorosa depresión, que había fragmentado todos los disfraces y máscaras que día a día usaba para aparentar estar bien y ser el dueño un personaje construido desde un niño interior herido, por el abandono y la indiferencia de su padre alcohólico (ya fallecido) y su madre codependiente. Mientras observaba sus manos crispadas y sudorosas por la ansiedad, aparecían muchas imágenes proyectadas en mi mente por un extenso banco de memoria, compuesto por infinidad de horas de experiencia acumulada en 35 años de investigación sobre el comportamiento humano.

Debido a esto, asocié diferentes posibilidades y opciones que podían ayudar a este hijo de padres adictos, y que como hijo adulto de relaciones tóxicas, había podido sobrevivir convirtiéndose en un niño/hombre: despersonalizado, complaciente, resentido, iracundo, manipulador, neurótico y vengativo, incapaz de estar solo y desesperado paradójicamente en la misma convivencia con María Paula una adicta y alcohólica, incapaz de expresar, dar y recibir un amor sano en pareja, pues la enfermedad que padece como alcohólica, se lo impide. Que ironía de la vida, esta pareja. Por un lado el “enamorado del amor” y ella “enamorada del alcohol y aquellas sustancias que la sacan de su dolorosa realidad”, soñando con amar cuando en realidad al no tener a Paula y un programa de rehabilitación, estaban ambos lejos de ser felices, tener sosiego en el corazón y construir una familia o una empresa, para realizar sus sueños.

Bajando del cielo

Foto: Cortesía Armando Martí.

Lo que alguna vez juntos “vieron o imaginaron” como un paraíso, en poco tiempo se fue convirtiendo primero en una especie de purgatorio afectivo, luego en una cárcel emocional y finalmente en un verdadero infierno personal, en donde lo único que no existe es al amor. La convivencia con el adicto, genera una sorpresa en la pareja, quien tiene que conocer a dos personas distintas dentro de un mismo cuerpo (algunas veces hasta tres o más); la trampa consiste en que por un lado existe la persona que se enamora y crea un vínculo afectivo por el cual quiere luchar, y por el otro lado, descubre a otra persona que causa temor, angustia, decepción, asco, ira y confusión. Esta contradicción después de una frustrante y humillante adaptación para sobrevivir emocionalmente a la situación, los convierte como a Ricardo y a Paula, ayer en una pareja ideal y hoy en una triste y explosiva pareja de adictos y codependientes.

Las preguntas que no nos hacemos

En muchos momentos de la vida, nos hemos preguntado: ¿estoy en una relación sana? ¿Es mi pareja adecuado(a) para mí? ¿Somos realmente felices juntos? Como seres humanos no somos perfectos, por lo tanto, tampoco hay relaciones utópicas de “y vivieron felices por siempre”. Todo lo contrario las crisis son oportunidades para reflexionar en aquellas cosas que aún deben transformarse, para afianzar los lazos de una manera sana y estable. El pero está, cuando aparece una idealización del ser amado que tolera todo tipo de comportamiento, incluso los abusos físicos, verbales y psicológicos, generando una ambivalencia entre la verdad y la mentira con el fin de complacer las necesidades del otro, dejando de lado las propias y adentrándose en un círculo vicioso destructivo. A esto se le llama relaciones tóxicas.

Estos vínculos se caracterizan por modos repetidos y mutuamente destructivos de relacionarse, como patrones de celos, posesividad, manipulación, egoísmo, rechazo y desesperación, entre otros, que nublan el sano juicio y a pesar del dolor que ambos se causan, ninguno tiene la capacidad de poner freno a este rol sádico/masoquista y si por el contrario, refuerzan una falsa conexión.

Esta fantasía no sólo hace que evadan la responsabilidad de llegar a acuerdos para subsanar las diferencias, sino también reemplaza los sentimientos reales de amor y apoyo, con un deseo de fusionar identidades (apariencias y roles) y de este modo operar desde una aparente unidad. Todo lo anterior debido a una inseguridad latente, que desde la infancia refuerza los miedos inconscientes más profundos.

Entonces se preguntarán, ¿en qué momento terminé involucrado en una relación tóxica? Usualmente cuando no existe un camino de autoconocimiento y se evade los procesos esenciales para el encuentro del auténtico Yo, constantemente el inconsciente evoca y recrea escenarios que en un pasado fueron dolorosos, traumáticos y difíciles.

Por ejemplo, una persona puede elegir a alguien que tenga rasgos similares a los de algún miembro de la familia u otras figuras tempranas de apego y poder que desajustaron, dañaron e incluso generaron maltratos en la infancia. Asimismo, el individuo puede distorsionar a su pareja para verla como una figura familiar del pasado, moldeándola según sus caprichos y expectativas; por último existe también una figura conocida como la provocación (presión, crítica y señalamiento), en donde prevalece una motivación para que la pareja tenga un trato que motive a conductas malsanas y obsesivas.

Adictos y codependientes “felices”

Fotografía: Cortesía Armando Martí

Ahora bien, ¿cómo es la convivencia entre adictos y codependientes? Vivir con un adicto puede ser un infierno viviente: impredecible y peligroso, pero a veces emocionante y romántico. Nunca se sabe bajo qué circunstancia empezará un conflicto para ser culpados o acusados de algo. No pueden apoyarse y confiar el uno en el otro, pues la ambivalencia de las emociones fluctúa entre la exageración y la cohibición. Mientras tanto, el codependiente repetidamente rescata al adicto de desastres, emergencias médicas, accidentes e incluso la cárcel, también sufren dificultades financieras, criminalidad, violencia doméstica o infidelidad debido a la conducta del adicto.

En la relación adicto codependiente, rige un ambiente de enojo, angustia, vergüenza y soledad, por eso suelen ocultar sus vidas privadas de amigos, familiares y compañeros de trabajo. De ahí que poco a poco, se ve minada la autoestima del codependiente por las mentiras del adicto, el abuso verbal y la culpa. El sentido de seguridad y confianza se erosiona a medida que crece el aislamiento y la desesperación.

El oscuro camino de las adicciones

La adicción es una compulsión que empeora con el tiempo, por ejemplo los alcohólicos beben para aliviar su dolor emocional y su vacío interior. Algunos intentan controlar su consumo de alcohol y pueden detenerse por un tiempo, pero una vez que la dependencia del alcohol se afianza, a la mayoría le resulta imposible beber como los no alcohólicos. Cuando intentan frenar su consumo de alcohol, finalmente terminan bebiendo más de lo que pretendían, a pesar de sus mejores esfuerzos para no hacerlo, razón por la cual, la negación es el sello distintivo de la relación adicto – codependiente.

Ahora el codependiente se volverá el “cuidador” y “salvador” del adicto, una vigilancia las 24 horas del día que genera estados de ansiedad y obsesión, sacrificando sus necesidades para cuidar al adicto, colocando la salud, el bienestar y la seguridad de otras personas antes que las propias, perdiendo contacto con sus necesidades, deseos y sentido íntimo. Mientras uno promete y no tiene la capacidad de cumplir sus exageradas promesas; el otro espera que ocurra un milagro para que todo vuelva a la normalidad. Este círculo vicioso interminable, está cimentado en el dolor, los errores, los reproches y las decepciones continuas.

Inventando el amor

Ellos creerán estar enamorados, pero adictos y codependientes, no saben amar y en poco tiempo la anestesia de las exageradas expectativas emocionales junto con el placer sexual, irán desapareciendo para darle paso a la ira, el resentimiento y la victimización, descubriendo que cada vez están más solos. Una relación afectiva difícilmente podrá ser estable entre adictos y codependientes sin rehabilitación.

El adicto siempre lastimará a quien más lo ama y el codependiente asumirá el papel de “salvador”, “perseguidor” o “víctima”, para dominar a su pareja a cualquier costo. Como el adicto jamás, se dejará doblegar por el codependiente, esta relación se tornará insoportable, al generar emociones y reacciones basadas en la angustia, la ira, el resentimiento y la venganza. Dichas parejas tienen una gran tendencia a competir, pues están inhabilitadas para compartir sanamente su relación, debido a que la enfermedad físico/emocional los somete inexorablemente a la autodestrucción.

El codependiente se acostumbró a quejarse de su “querido adicto”, con interminables y dolorosos reclamos. Como sus vidas carecen de autenticidad y para sobrevivir a un entorno familiar y social tan amenazantes, adictos y codependientes se convierten en verdaderos maestros en el uso de disfraces y máscaras de la manipulación. En pareja, la competencia, la venganza, la soberbia, el miedo y el sufrimiento, serán las fuentes que alimentarán un tenebroso espejismo que ellos denominan “amor”, ya que, sus mentes están programadas por la enfermedad para competir y no para compartir. Se olvidan que el amor es algo que sucede espontáneamente y en su afán de controlarlo todo, aspiran a que el amor suceda como ellos quieren.

Una luz al final del túnel

Fotografía: Cortesía Armando Martí

La pareja de la persona alcohólica tiene que ser consciente de que sólo quien causa la enfermedad, está capacitado para curarla, es decir, la decisión de dejar el alcohol y sanarse es exclusivamente de quien bebe. Por más de que se le suplique, amenace, intente convencer, llorar y llegar a acuerdos, si el bebedor no está dispuesto a dejar el alcohol, no lo hará. Sólo depende de él, aunque a ellos se les dificulta dada su condición cumplir las promesas que hacen y en contados casos logran un “despertar espiritual”.

La esperanza no debe ser lo último que se pierde, hemos visto los estragos oscuros y tenebrosos de la convivencia entre parejas de adictos y codependientes, sin embargo, los programas de 12 pasos y el apoyo grupal de personas que con sus valientes testimonios de vida sirven en la comunidad terapéutica, son luces clarificadoras para encontrarse a sí mismo.

De modo que la idea sería, que la pareja pudiera descentralizarse de la relación insana y luego centralizarse en cada uno, por ejemplo una opción podría ser la separación consensuada por algunos meses mientras se realiza la recuperación. Así, posteriormente pueden decidir si van a continuar juntos o no, y finalmente separados o unidos se centralicen en un Poder Superior al ego insano.

En el caso de Ricardo y María Paula, después de una separación de 90 días, en una sesión de desintoxicación en pareja, decidieron separarse y ella por fortuna para su pareja se fue al exterior a cosechar éxitos económicos pero sin rehabilitación alcohólica; para Ricardo esta relación fue un infierno que se convirtió en una vida sobria sosegada y realista, pues aprendió a vivir solo y a descubrir su interior, superando los problemas de su familia multiproblemática y lógicamente sus defectos de carácter.

Cuando las cosas son claras son doblemente mejor, el resultado de este proceso es liberarse de las mentiras, los prejuicios religiosos y de cualquier idea fanática, para aceptarse tal y como son, pues al erradicar las intenciones ocultas en la relación 
de pareja, esta podrá florecer con una nueva vitalidad, bebido a que la amistad es comprensiva y compasiva ante las mentiras y los errores, que se puedan cometer.

Si tengo miedo por las amenazas de abandono y venganza de mi pareja, le seguiré mintiendo para justificar mi deslealtad. Esta acción defensiva, genera una insoportable tensión emocional, que intoxica todavía más la relación. La decisión sana sería, abandonar esta lucha y dedicarse a descubrir la naturaleza de mis errores y acciones.

Un nuevo comienzo

La necesidad de tu propia perfección es el principio del fin en la pareja, por la sencilla razón de que el amor nace y no se impone. El control hacia el otro es el reflejo de tu máscara por ocultar en el otro tus propios defectos. La mayoría de las relaciones de pareja terminan porque una vez que la persona te conquista, deja de hacer las cosas que hacía antes para agradarte, pues nunca fueron verdad.

Recuerda, dignidad y autoestima son las bases para construir una relación de pareja libre de apegos y dependencias afectivas. Ten en cuenta que las emociones, la inteligencia y el sexo no se pueden dividir, pues somos seres integrales en busca de identidad. De ahí, que la mayoría de los trastornos emocionales sean causados por un exceso de expectativas hacia las otras personas.

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