La realidad mágica de Luis Tejada

La realidad mágica de Luis Tejada

16 de febrero del 2011

Maryluz Vallejo, la periodista que más conoce la historia del periodismo en Colombia, y el cronista y escritor Daniel Samper Pizano, buscaron notas breves de grandes cronistas colombianos en la prensa nacional. Este es un extracto de las pequeñas obras de Luis Tejada, que están en el nuevo libro de editorial Aguilar Antología de notas ligeras colombianas.

LUIS TEJADA

LOS OJOS

Dice un diario: «En la calle 15, vive la señora Carmen

Dueñas, quien tiene en su casa varias aves de corral. Ayer le fue

preciso salir a la calle, y dejó sola en el rancho a su pequeñuela

de cortos meses de edad. Cuando regresó encontró a su hija

con las cuencas vacías. Una gallina le había sacado los ojos».

Me ha impresionado la relación de ese pequeño

suceso, no solo por su sencillez trágica, sino por una sorprendente

novedad que hay en él. Y es que se agita en derredor

nuestro toda una multitud de animales familiares, benévolos,

mansos, apacibles, que han merecido siempre nuestra confianza

y en quienes extrañaríamos grandemente ciertos desmanes

imprevistos: la vaca, el buey, el borrico, el perro, el gato, las gallinas,

las palomas…

¿Qué sentiríais, por ejemplo, el día que, al entrar a casa,

encontrarais a la buena vaca comiéndose tranquilamente por

los pies a un chiquillo de siete meses? Primero, sorpresa; después

todo lo que queráis. Dicen que un filósofo griego tuvo la

simpleza de morirse de risa una mañana que, en determinadas

circunstancias, vio repentinamente a un borrico comiendo higos,

con toda la naturalidad de una persona grande.

Y es que, a veces, las personas, los animales y las cosas

asumen actitudes inesperadas y los sucesos toman insospechadas

proyecciones, que sorprenden, que desconciertan.

En el caso concreto de la calle 15, esa gallina, según mi

humilde parecer, ha hecho traición a sus procederes usuales…

También es verdad que los hombres, con demasiada frecuencia,

hacen traición a su modo de ser acostumbrado: hay gentes

inofensivas, sensibles, que, en ocasiones, se sienten acometidas

por furibundos arranques de agresividad, y muchos

criminales empedernidos experimentan de repente súbitos

raptos de ternura. Misterios, extraños fenómenos del ser, que

obedecen a múltiples causas, atávicas unas, desconocidas otras.

Quien quiera ver estas cosas más detenida y bellamente expresadas,

puede acudir a «Motivos de Proteo», José E. Rodó, página

no se de cuántos, edición no recuerdo cuál.

Yo, entre tanto, vuelvo al suceso de la calle 15, para decir

que, si me nombraran defensor de esta causa, basaría mi alegato

en el argumento insospechable de que esa gallina criminal

ha sufrido un engaño deplorable, ha visto mal y ha querido

comerse algo que ella no barruntaba fueran los ojos de una

pobre e indefensa criatura.

Veamos: entre los animales superiores e inferiores, las

aves tienen sin duda el sentido de la vista más desarrollado, más

potente. El águila, por ejemplo, percibe, a una altura inconmensurable,

que cierta serpiente apetecible se mueve en el valle.

He dicho se mueve, porque este detalle me importa y creo que

a ustedes también.

Una gallina picotea en el suelo, apresando, con exactitud

matemática, cosillas invisibles. A pesar de todo, no creo que,

un pájaro cualquiera, distinga, a simple vista, cuándo un objeto

es de piedra o es de madera, porque, según mi discutible opinión,

no conoce la sustancia íntima de las cosas, sino que las

distingue por los contornos o por los movimientos. Un cuervo

digamos, que viera caminar hacia él un maniquí movido por

ocultos resortes, huiría como cuando se aproxima una persona;

los pájaros de las huertas también temen a los muñecos

de trapo, y esto quiere decir que no diferencian un monigote

grotesco de una persona más o menos decente y que solo atienden

a contornos conocidos o a movimientos definibles.

Para las gallinas un pedacito de trapo arrugado y un

escarabajo muerto, son cosas perfectamente similares. Por eso

ingieren con la misma tranquilidad y se echan a la molleja las

cosas más diversas y extraordinarias; piedrecitas, insectos, anillos,

granos, semillas, tierra, etc. De esta falta de discernimiento

y también de que las gallinas son habitualmente gentes ingenuas,

francas y engañables, nacen equivocaciones graciosísimas;

cierta gallina ve, por ejemplo, un papelito diminuto que vuela

a ras de tierra arrastrado por el viento; pues es seguro que nuestra

heroína lo confunde tal vez con un insecto y corre detrás

de él, lo atrapa y se lo embucha con tanta frescura… Y es que

a estos apetitosos animalejos les sugestiona, sobre todo, lo

que palpita y tiene vida o aparenta tenerla. Por eso creo yo que,

en el cuartucho de la calle 15, la gallina del suceso percibió,

de improviso, en la penumbra, algo que se agitaba, algo inquieto

y vivido, como un parpadear de alas, y arrastrada por el instinto

de caza, corrió gorgoreando, esponjando las plumas y

picoteó. ¡Eran los ojos, unos ojos!

Porque los ojos, nuestros ojos, son como unas banderas

tremolantes que llaman al enemigo.


LOS CAJEROS

Todos los cajeros creen más o menos que el dinero que

guardan es suyo, y lo administran con una especie de cariño

celoso y protector que casi no tendría el verdadero dueño: lo

economizan con rigidez, lo miman, lo cuentan y lo recuentan

y cuando han de verificar forzosamente algún pago, lo hacen

lentamente, con cierta mala gana y con cierta tristeza, viendo

alejarse ese dinero ajeno, como si realmente fuera de ellos, como

si lo hubieran adquirido con el sudor de sus frentes.

Los cajeros, en general, no tienen ninguna participación

directa en las entidades a las cuales sirven; son casi siempre

unos muchachos modestos y formales, o unos viejos severos y

pobres, que los patrones estiman mucho, pero que nunca remuneran

lo suficientemente bien; sin embargo nadie, como ellos,

está tan íntimamente unido a la vida fluctuante de los negocios,

nadie goza o sufre tanto con las alternativas lógicas de ruina o

de fortuna porque suelen pasar aún las empresas más fuertes;

parece que entre el corazón del cajero y el mecanismo enigmático

de la caja existiera un secreto hilo de fraternidad vigilante

—casi diría que de verdadero amor— porque todo lo que ocurre

a la una, feliz o infeliz, repercute en el otro, con intensidad

sentimental que conmueve; cuando la caja anochece repleta, el

buen cajero se siente alegre y satisfecho, aun cuando, realmente,

la cosa no le debería importar un comino; en cambio, si está

vacía, se le ve confuso y de mal humor, como si sobre él recayera

toda la responsabilidad de los pagos que probablemente no

se puedan hacer. La caja viene a ser para el cajero una especie

de prolongación viva y sensitiva, que le duele o hace cosquillas

como un dedo.

A veces la profesión tiene un aspecto torturante y trágico:

es en los cajeros de los grandes bancos, o de las altas oficinas

de tesorería, pobres diablos que sienten pasar entre sus

manos los millones; buenos padres de familia quizá, o severos

jóvenes llenos de interiores ilusiones, suelen emplear las horas

acumulando sobre los mostradores, con aquella rara solemnidad

profesional, los montones ingentes de monedas de oro, o

las filas de billetes oscuros, susceptible todo ello de transformarse

en amor, en lujo, en dulce ocio, en viajes ignotos, en suntuosas

fiestas, en múltiples y desconocidas felicidades.

Pero los sencillos cajeros permanecerán siempre uncidos

a sus mostradores: los codos se les gastarán un poco ahí y

los semblantes palidecerán en los sombríos salones; al fin un

día morirán oscuramente dejando tras de sí la fama envidiable

de su honradez. Quizá esos mártires silenciosos no llegaron

a pensar jamás con bastante precisión en las posibilidades

maravillosas de bienestar y de felicidad, que se escondían en

los pequeños cajones de sus arcas; tal vez para ellos, de tanto

trajinar entre riquezas ajenas, sin poder experimentar nunca

su valor práctico, los billetes muníficos y las áureas monedas

aparecerían como dinero de mentirijillas, como cuando los niños

juegan a las compras con hojas de naranjo, dándoles un valor

fantástico por un momento, pero convencidos íntimamente

de que con las tales hojas no les venderán ni un confite en

la tienda de la esquina.

LA POBREZA

En estos críticos momentos que atravesamos, no sería

inconveniente hacer algunas menudas observaciones acerca de

la pobreza como método necesario de vida. Los que tenemos la

fortuna, inestimable hoy más que nunca, de no ser banqueros,

ni cafeteros, ni empresarios, ni comerciantes, ni propietarios,

y no tenemos por lo tanto nada que perder ni que ganar en este

río revuelto, podemos apreciar ahora desde un buen punto de

vista práctico, las grandes ventajas de la pobreza y sus excelencias

como elemento decisivo para la tranquilidad personal y la

felicidad general en el mundo.

No voy a recomendar la pobreza como una virtud más

o menos indispensable para alcanzar el cielo, tampoco voy a

predicar a los millonarios que repartan cuanto antes sus riquezas

ni a decir a las gentes que dividan su capa con el prójimo

y se metan a vivir como Diógenes debajo de un tonel vacío. Soy

enemigo convencido de esa clase de aparatosos heroísmos sentimentales;

los movimientos demasiado caritativos me infunden

cierta desconfianza y el altruismo sistemático me parece

una de las peores manías. Simplemente quiero insinuar que la

pobreza decente, holgada y sencilla es en este siglo, profundamente

igualitario y violento, una base de seguridad personal

y una garantía de paz y de estabilidad. Hay más: creo que la pobreza

es un magnífico negocio, quizá el único magnífico negocio

que se pueda hacer hoy con seguros resultados prácticos

para el porvenir. Es evidente que el mundo económico se ha

transformado de raíz y seguirá transformándose más; los que

tienen algo que perder, sin duda lo perderán hoy o mañana, o

al menos, sufrirán las zozobras de la situación y el espanto del

peligro inmediato; en cambio, a los que no tienen nada que perder,

lo peor que les puede pasar será continuar como están,

aunque es más probable que ganen algo, pues siempre sucede

que cuando unos se arruinan, otros mejoran proporcionalmente.

Pero hay una cosa todavía más grave, y es el trastorno social

que hay en el mundo: la revolución, el advenimiento de los desarrapados

y de los pequeños. La demasiada riqueza se ha convertido

en un peligro para el que la posee; como el hereje en

otras épocas, el millonario se ha hecho hoy un poco sospechoso:

no vale la pena, pues, acumular durante laboriosos años de

trabajo un tesoro, para que cualquier día lleguen las gentes

feroces y no solo lo despojen a uno, sino que hasta lo ahorquen

de un árbol de la plaza mayor. En este caso, que ha sucedido

con frecuencia y que sin duda seguirá sucediendo, los pobres,

es claro, no correrán ningún riesgo; al contrario, se harán a méritos

entre los probables vencedores.

Pero lo más excelente de la pobreza, hoy, es que se ha

convertido al fin en una cualidad rara y difícil, solamente apreciada

por los hombres de verdadero gusto. Cualquiera puede

ser rico: le basta economizar y trabajar, cualidades negativas y

puramente mecánicas, las posibilidades de trabajo se han multiplicado

y la nada envidiable virtud de la economía se ha hecho

general: cualquier muchacho formal se consigue una fortuna

cuando menos lo piensa. En cambio, la pobreza se ha vuelto

casi imposible; se necesita, además de una considerable cantidad

de talento, cierta energía firme para ser pobre, para no entregarse

con loca ansiedad a los negocios fáciles y demasiado

productivos. Antes, un hombre de buen gusto podía ser rico

sin escrúpulos estéticos; los placeres de la riqueza no se habían

popularizado tanto, no se habían hecho tan comunes y tan

accesibles a todos. Hoy la invasión formidable y tenaz de los

«nuevos ricos», con sus ostentaciones estrepitosas, ha hecho

que las más exquisitas comodidades se vuelvan detestables y

vulgares. ¿Quién podrá llevar ya joyas preciosas en las manos,

en la corbata, en la cadena del reloj, si todos los fabricantes de

conservas las llevan en radiante abundancia? ¿Quién podrá

guiar su automóvil, si el negociante en novillos y el político

barrigón y el prendero de la esquina, llevan los suyos de mil

colores y nos los meten a cada paso por las narices? El champaña,

la seda, el frac, los diamantes, los palacios suntuosos, los

finos muebles, todo se ha prostituido hasta un grado ínfimo y

no merece la pena esforzarse un poco para disfrutarlo. El hombre

verdaderamente aristocrático del porvenir buscará los

placeres modestos y vivirá inadvertido dentro de una pobreza

digna y voluntaria: llevará las manos desnudas, vestirá sencillamente,

andará a pie por las calles y los paseos, odiará el sombrero

de copa, prenda de aurigas, y el champaña, bebida de filipichines:

no tendrá preocupaciones sociales, porque la sociedad

se hará aún más fatua y vulgar, y detestará las mansiones modernas de fachadas pretenciosas y demasiado impersonales,

para habitar la clásica casita española de amplio patio sombreado

y dulces tejas rojas. La pobreza así será el método ideal de

vida, y sólo cuando los ricos se resuelvan a ser pobres por imitación

o por envidia, entonces empezaremos nosotros a ser ricos

de nuevo, para sostener el contraste.

EL ELOGIO DEL ZAPATO

Una de las pocas diversiones delicadas que puede proporcionarse

el ciudadano de esta metrópoli triste, es la de recorrer

por las noches las calles centrales viendo los escaparates

de los almacenes de lujo; hay algo alucinante y delicioso en la

contemplación de todas esas cosas luminosas, ricas y puras, que

aparecen detrás de las vitrinas ofreciéndose al viandante; aun

el alma más seria y adusta de varón se vuelve un poco femenina

ante una camisa de seda o ante uno de esos frágiles bibelotes

de escritorio, el pisapapel fantástico o la decorada pantalla.

Pero, a todos los escaparates, yo prefiero los de los almacenes

de zapatos. El zapato, sobre todo el zapato bien hecho

de mujer, es un adminículo singularmente espiritual, lleno

de no sé qué gracia alada, de no sé qué armoniosa ligereza, se

advierte en él ya la potencia del ritmo, la virtud del movimiento

posible.

Es indudable que el zapato perfecciona el pie; el pie

desnudo es torpe y feo; el zapato lo agiliza y lo embellece; porque

no es el pie el que conduce al zapato, sino el zapato el que

rige y entona los movimientos del pie y le da pureza de línea

y aristocrática compostura.

Un tipo de hombre perfecto, fuerte y delicado, bello y

sencillo, solo viene a dar en el mundo por la selección oscura

y constante de razas milenarias; el zapato perfecto es también

una flor de selección, el resultado último de una larga y laboriosa

revolución industrial en que se ha ido acumulando la experiencia consecutiva de innumerables obreros; y en virtud de

esa evolución progresiva, el zapato ha llegado a constituir lo que

es hoy: esa entidad sutil, pura y armoniosa, llena de inteligencia

y de agilidad.

Por eso en los pueblos nuevos, que no poseen aún aristocracias

de ninguna clase, es imposible que se construyan zapatos

aceptables; hasta dentro de doscientos años, más o menos,

no lograremos producir nosotros un zapato perfecto.

Y no es una de nuestras menores desdichas, esa de que

lo más bello y lo más emocionante que podamos ver en nuestras

ciudades, unos piececillos criollos bien calzados, se lo debamos

al extranjero, como el arte y como las ideas.