Profesión: cuidador de zoológico

Profesión: cuidador de zoológico

21 de mayo del 2011

Oculta bajo su camisa amarilla, José Eliécer Prada lleva la marca que le dejó Maggi hace 18 años: una cicatriz de casi veinte centímetros que comienza en el cuello y acaba en el hombro derecho. Ese día, sin razón alguna, Maggi entró por la puerta equivocada. Prada se la encontró de frente y presintió lo peor. La elefanta –2.50 metros de altura y cuatro toneladas– se le abalanzó encima, lo aprisionó contra la pared y le clavó un colmillo por encima de la clavícula. Prada se llevó la mano a la herida, un jirón de carne rosada y sangrante, y escurriéndose como un globo que pierde el aire, pensó: “Maggi me mató”.

El ataque no acabó ahí. La elefanta levantó su pata izquierda para destrozarlo de un pisotón. En medio del dolor, Prada recordó que los elefantes alzan y bajan sus patas con lentitud. Arrastrándose sobre la sombra del vientre del animal, rozando su cabeza con la piel gris y rugosa, emprendió la huida. Logró levantarse y salir corriendo. Exhausto, se dejó caer en una profunda zanja, donde la elefanta no podría alcanzarlo. Mientras jadeaba boca arriba, veía a la obstinada Maggi lanzándole cabezazos en vano, levantando trozos de pasto a cada lance.

Prada cuenta la anécdota en medio de risas, como si fuera una broma. Cuando Maggi lo atacó, era un inexperto cuidador que hacía las pruebas para entrar a trabajar como empleado de planta al zoológico Matecaña de Pereira. “A todos los animales hay que tratarlos con respeto, con cuidado, desde el tigre hasta el oso perezoso”, dice mientras descarga sobre en el suelo un balde de plástico lleno de pedazos de carne de caballo que flotan en un agua sanguinolenta.

Una buena parte de la carne que se les da a los animales es de caballos que los hacendados de la región donan al zoológico. Son caballos que se han fracturado o que han sufrido alguna herida del que no se pueden recuperar. Los empleados del zoológico los recogen y los sacrifican. Prada afirma que esa es la tarea más difícil de todas cuantas tiene que cumplir. Los cuidadores se la turnan: ninguno lo quiere hacer. A los animales los matan clavándoles un largo punzón en el cuello. Mueren rápidamente.

Hace poco, la hembra de papión sagrado, uno de los primates más grandes del mundo, murió de una hemorragia cuando daba a luz. La alegría de todos los empleados se convirtió en una gran tristeza, ya que los bebés tampoco sobrevivieron. “Cuando un animal muere, yo no me aparezco”, cuenta Prada. Gran parte de su vida la pasa en el zoológico. Trabaja de lunes a sábado, de 8:00 a.m. a 5 p.m.

Los gemidos de un tigre macho inundan el aire del zoológico. Se escuchan en la jaula de los monos cariblancos,  en el pozo de los hipopótamos y en el comedero de las cebras. Al tigre han separado de la hembra, quien están a una jaula de distancia: tan cerca y tan lejos. Cada tigre consume doce kilos de carne, tres días a la semana.  Según Prada, los felinos siempre están buscando cómo comerse a quien pasa cerca de ellos. Dice que en su cabeza sólo piensan en matar. Y si lo logran, afirma después de morderse los labios: “de uno sólo encontrarían las botas”. En 1994, un ligre, cruce entre león y tigre, asesinó a una joven veterinaria. Tuvieron que matarlo porque se resistía a soltar el cadáver.

El más inteligente de todos los animales vive en un terreno grande, encerrado tras un vidrio blindado y un alambre electrificado. Se trata de un fornido chimpancé que donaron del circo Hermanos Gasca. En el circo no podían controlarlo. Se llama Pancho, tiene siete años y es tan inteligente, que una mañana abrió el candado, salió de la jaula y fue a parar al aeropuerto, que queda a unos pasos del zoológico. Pancho entró al aeropuerto, paseo por la pista, observó los aviones y entró al terminal aéreo, donde su veterinario lo convenció de que volviera al zoológico. Se portó como un niño juicioso. Pero cuando Pancho está de mal genio, es muy peligroso. “Yo sé que cuando se rasca la cabeza y se le eriza el pelo, es porque está enfurecido. Él entiende todo”, dice, mientras Pancho le estira la mano pidiendo comida. Todos los días come seis kilos de fruta. Hace poco tuvieron que poner el cable de electricidad porque noche tras noche, a punta de golpes de piedra, logro quebrar uno de los vidrios de seguridad.

Si el chimpancé escapista es el más inteligente, para Prada el más tonto es su vecino, el papión sagrado. La razón que da es muy sencilla: siempre le lleva la comida limpia y  la sirve en un lugar aseado, y el papión, luego de recibirla,  la revuelca en el barro y se la come.

Un gato montés, desesperado, da vueltas en su jaula. Ya olió la carne de caballo del balde y muestra los dientes y gruñe, rabioso. Prada le pone un trozo pequeño de carne, en un huequito para distraerlo, y mientras tanto, empuja un trozo más grande que queda aprisionado la reja. El felino la muerde y se la lleva a su escondite. En el bolsillo de su camisa lleva un radio en el que se escucha: “Son doce rosas que hablarán de ti, son doce rosas que te gritan  vuelve”. Al rato, les da de comer los últimos restos del balde a un par de garzas, de cuello rosado, llamadas Garzón soldado que se mueven en perfecta sincronía: primero el pie izquierdo, luego el derecho. Como si se imitaran mutuamente. Cuando quedan satisfechas dan media vuelta y se marchan. Ahora suena en la radio: “Corazón, qué le has hecho a mi corazón”. Prada, queda claro, alimenta a animales salvajes oyendo baladas románticas.

Otra de las labores de los cuidadores del zoológico es limpiar los excrementos y llevarlos a una máquina de compostaje. Aquí no se desperdicia nada. Todo se aprovecha. Cada una de las 150 especies nativas de los cinco continentes: pájaros, tigres, osos, monos, cebras, rinocerontes, todos advierten la llegada de José Eliécer con la comida. Pero siempre, los primeros son los chulos, a los cuales espanta a gritos y lanzándoles piedras.

Hace 17 años, Prada empezó a cuidar los animales. Los tiempos han cambiado desde que llegó.  Hoy el lugar, que tiene un área de 17 hectáreas, se ha convertido en  el mejor zoológico del país.  Para los cuidadores es un lugar más seguro. Lo más grave que le ha pasado a José Eliécer es la mordida de un pequeño mono cariblanco. En 2006, el veterinario Horacio Ordoñez fue asesinado por un elefante llamado Pirinolo, quien lo atravesó de lado a lado con uno de sus colmillos. Pirinolo y Maggi son los padres del primer elefante nacido en cautiverio en Colombia. Maggi sigue en el zoológico. Prada la señala y lanza un grito: ¡Maaaagggiiiii! A lo lejos, la elefanta mueve las orejas y levanta la cabeza. Sabe quién la llama.

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