Totó la Momposina apagó su voz, pero dejó encendida 'La Candela Viva'

Mar, 19/05/2026 - 12:58
Adiós a Totó la Momposina, la mujer que mantuvo 'La Candela Viva' del Caribe colombiano. Su voz marcó la historia del folclor y la memoria cultural del país.
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Redes sociales Totó la Momposina

“Algo que tengo muy claro en cuanto a mi herencia es que la música es como el hombre: debe crecer y no quedarse en un museo o en lamentaciones”, dijo Sonia Bazanta Vides, la mujer que decidió firmar cada una de sus composiciones como Totó la Momposina.

Con esas palabras, la cantaora mostró el anhelo que sostendría su carrera: mantener vivo el folclor de su tierra. No quería que se convirtiera en un asunto del recuerdo y la nostalgia que trae el pasado, sino que también esos sonidos, los que nacieron en los pueblos, fueran eternos. Y así será. Hoy, 19 de mayo de 2026, el mundo se despide de esta cantaora, que desde pequeña se dejó atrapar por la música de su tierra.

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Nacida en 1940 en Talaigua, un pequeño pueblo cercano a Mompox, Sonia Bazanta Vides creció rodeada por tambores, gaitas y cantos heredados de generaciones afroindígenas que hicieron de la música una manera de resistir al olvido. Su vida comenzó a moverse pronto, como si desde niña estuviera destinada al viaje: su familia migró primero a Barrancabermeja, luego a Villavicencio y finalmente a Bogotá. El tránsito fue duro. Pasaron de una casa amplia, con patio y árboles, al encierro de un apartamento en el barrio Siete de Agosto. Pero incluso allí el Caribe siguió respirando.

Pero incluso después de cargar con aquel título de ícono, Totó siguió siendo una mujer atravesada por la fragilidad humana. En 2022 se retiró de los escenarios debido a una afasia asociada al deterioro cognitivo, enfermedad que fue alejándola lentamente del habla y de la vida pública. Su última presentación fue en casa, en el Festival Cordillera, con su gente.

Sus últimos años transcurrieron entre México y Colombia, mientras su familia intentaba garantizarle una atención digna. Resultaba doloroso que una de las artistas más importantes de la historia cultural colombiana enfrentara dificultades económicas y de salud en el ocaso de su vida. Aun así, su legado permanecía intacto.

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Hoy Colombia despide a una de sus grandes guardianas culturales. Pero su canto seguirá vivo en las plazas calientes de los pueblos ribereños, en las ruedas de bullerengue, en las gaitas que acompañan las fiestas populares y en las mujeres que continúan cantando mientras cocinan o bailan bajo el sol del Caribe. Porque es ahí, en esa tradición, que nace lo que nunca muere.

'La candela viva'

Cuando fundó su grupo en 1964, Bogotá todavía no estaba preparada para el sonido de las gaitas, los tambores y los bailes cantados. Pero ella insistió. Su voz áspera, profunda y ceremonial empezó a abrirse paso en escenarios donde hasta entonces el Caribe era apenas una caricatura festiva.

Con la antropóloga Gloria Triana recorrió pueblos del Caribe colombiano para conocer y preservar tradiciones populares. Juntas impulsaron desde Colcultura programas que ayudaron a reconocer la riqueza de las expresiones populares del país. Más adelante, espacios como Noches de Colombia y el emblemático programa Yuruparí permitieron que Colombia comenzara a mirarse como una nación diversa, atravesada por múltiples ritmos, lenguas y memorias.

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Totó no cantaba para domesticar la tradición. Cantaba para mantenerla viva. Mientras el mundo descubría la categoría de world music, ella entendió que había una oportunidad para llevar el Caribe colombiano a escenarios internacionales sin traicionar sus raíces. Su propuesta se hizo más amplia, sumó instrumentos y nuevas sonoridades, pero jamás perdió el corazón de los tambores ancestrales. Europa abrió sus puertas y ella terminó radicándose allí desde 1995 durante cerca de una década, impulsada también por una realidad dolorosa: fuera de Colombia los músicos tradicionales podían vivir con más dignidad de su trabajo.

Llevó la cumbia, el bullerengue, la chalupa y los sones tradicionales a festivales internacionales, teatros europeos y escenarios multitudinarios. Cantó para públicos que no entendían sus palabras, pero sí la fuerza que habitaba en su voz. En 1982 fue una de las artistas invitadas por Gabriel García Márquez durante la celebración de su Premio Nobel en Estocolmo. Décadas después llegarían reconocimientos como el Premio Especial a la Excelencia Musical de los Latin Grammy Awards en 2018 y el Premio Toda una Vida de WOMEX.

Su padre, Daniel Bazanta, sostenía a la familia fabricando zapatos, mientras su madre, Libia Vides de Bazanta, convirtió el arte en refugio. Reunió a sus hijas y creó un grupo de danza que llegó a aparecer en la televisión colombiana de los años cincuenta, en el programa Ritmos y verbos de América. En aquella Bogotá fría y centralista, el Caribe todavía era visto como una rareza lejana. La música “costeña” apenas cabía en ciertos estereotipos tropicales. Sin embargo, Totó entendió desde temprano que los cantos de su tierra tenían una profundidad mucho más antigua y poderosa.

La casa de los Bazanta se transformó entonces en un pequeño territorio caribeño dentro de la capital. Por allí pasaron los hermanos López, los Gaiteros de San Jacinto y Luis Enrique Martínez, entre fiestas que funcionaban como refugio frente a la discriminación hacia los migrantes costeños y las personas de piel morena. En esos encuentros Totó no solo escuchó música: aprendió que el folclor también era comunidad, resistencia y dignidad.

Creado Por
Samuel Sosa
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