El ministro de Agricultura, Indalecio Dangond, puso sobre la mesa algo que parece una discusión de palabras, pero que en realidad plantea un cambio de mirada sobre el campo colombiano.
“No se van a llamar campesinos, se van a llamar pequeños empresarios del campo”, dijo ante el Congreso. Para Dangond, la palabra campesino ha adquirido una connotación despectiva y su apuesta es elevar el estatus de quienes trabajan y producen en el campo.
¿Qué significa realmente la palabra campesino?
La intención es poderosa. Pero vale la pena detenerse en una palabra: campesino.
Campesino viene de campo. Habla de pertenencia, de tierra, de trabajo, de conocimiento transmitido por generaciones. También puede hablar de arraigo, esfuerzo, tradición, dignidad y orgullo. No nació como un insulto. Si alguna vez se utilizó para menospreciar a alguien, el problema no estaba en quien llevaba el nombre, sino en quien pretendía convertirlo en una condición inferior.
Además, en Colombia el campesinado tiene reconocimiento constitucional como sujeto de derechos y de especial protección. Por eso, más que borrar una palabra, quizá el verdadero desafío sea darle un nuevo valor.
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Del campesino que recibe asistencia al campesino que genera riqueza
Y ahí la propuesta de Dangond adquiere otra dimensión.
Durante décadas hemos hablado del campesino desde la pobreza, el subsidio, la asistencia y el abandono. ¿Por qué no empezar a hablar también del campesino que produce, invierte, tecnifica, genera empleo, compite y crea riqueza?
Campesino y empresario no tienen por qué ser conceptos enfrentados. Un campesino puede ser, precisamente, un empresario del campo.
¿Qué necesita un campesino para convertirse en empresario del campo?
Pero para lograrlo no basta con cambiar el lenguaje. Se necesitan crédito, tierra formalizada, riego, tecnología, mecanización, asistencia técnica, vías y mercados donde vender la producción en condiciones competitivas.
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El verdadero desafío para el campo colombiano
El cambio verdaderamente revolucionario no sería que Colombia dejara de llamarlos campesinos.
Sería que ser campesino en Colombia se convirtiera en sinónimo de oportunidad, productividad, prosperidad y orgullo.
Porque al campesino no se le dignifica quitándole su nombre. Se le dignifica haciendo que vivir y producir en el campo sea un buen negocio.
