! Aquí no pasa nada!

Dom, 09/10/2011 - 13:20
Las coincidencias de la vida y de la muerte son paradójicas y risibles. Claro, porque confluyen, se encuentran en un espacio o un tiempo común, o una circunstancia inusitada. Esta semana se registró la muerte de Steve Jobs, de 56 años, en plena efervescencia de creación, y la de Julio Mario Santo Domingo, un hombre “de buenas en los negocios, en la vida y con la familia”, señala Semana. También el movimiento de los Indignados, que comenzó en Oriente Medio y se ha difundido por Europa y los Estados Unidos, bajo la consigna de Occupy Wall Street en Nueva York, Los Ángeles y otras ciudades norteamericanas, y en Latinoamérica, bajo la forma de protestas de estudiantes universitarios en defensa de la gratuidad de este derecho fundamental para el ciudadano, o por los precios del comestible en la Bolivia de Evo, o por reclamos de derechos en otros países. En Colombia, el pasado viernes se llevó a cabo en anunciado paro estatal. Se pronosticaba cientos de marchas, aún más cientos de ciudadanos en las calles y una especie de unión con el movimiento de los Indignados. Por eso las autoridades aconsejaban a los ciudadanos no ir al centro de la ciudad, si no fuese realmente necesario, o evitar tomar X calle o carrera. Lo cierto es que la marcha no fue multitudinaria, ni rebozó la Plaza de Bolívar, ni llamó la atención de los medios de comunicación. Lo más atractivo fue el muro exterior que protegía la estatua de Bolívar, en el epicentro de la Plaza, en el que los marchantes dejaban sus testimonios, pensamientos y reclamos en la pared blanca, dispuesta toda ella para el desahogo de quienes protestaban. Y así fue, al final del viernes, al mural blanco de la mañana, se le veía algún un espacio para escribir. Todo un acierto, señalaban los comerciantes de la carrera Séptima de Bogotá, pues sus negocios y sus muros exteriores sufren siempre en cada marcha o protesta. Al igual que los vigilantes de la Casa del Florero o los policías que custodian el Palacio de Justicia. La marcha fue bien recibida: no afectó mayormente el orden público. Hasta el presidente Santos salió en algún noticiero felicitando que la razón primase sobre la agresividad y el alboroto. Todo lo contrario al vicepresidente estaudinense, Joe Biden, quien calificó a los marchantes de Manhattan como una “turba creciente”, peligrosa, hostil, organizada: con zonas de comida establecidas, espacios de descanso, de debate y hasta un pasquín propio, el Occupy Wall Street Journal. Ya preparan otro ataque mediático, otra jugada que los visibilice, que los haga estar en el ojo de la noticia. En tanto aquí las cosas siguen siendo las mismas, no pasa nada. “El ruido de la guerra no afecta la tranquilidad”. Ante esto la columna de Miguel Gómez en Kien&Ke es acertada, “Mi envidia tiene que ver con la tradicional pasividad del pueblo colombiano, que es uno de sus mayores defectos. Los colombianos somos incapaces de ser solidarios. Por eso los sindicatos, los gremios, los partidos políticos, los medios no son sino agencias de defensa de intereses particulares y específicos”. Indignación y reclamo que comparto con el ahora ex senador de la U, salvo porque, esa pasividad de la que se queja, esa falta de solidaridad, ese exceso en la parsimonia, más que una realidad concreta o evidente, han sido un producto de la trágica y cómica historia nuestra. Que involucra a toda la tradicional (la única) clase política colombiana. Ayer bajo las órdenes de Laureano Gómez en su querella contra la República Liberal y su consigna de “hacer invivible la república”, o la orden a caciques conservadores de unirse a Gaitán en las elecciones de 1946, cuando el triunfo estaba servido para el candidato rojo, salvo que la división se interpusiese en el camino de la continuidad de los gobiernos liberales. Una manipulación fácil de la masa, del ignoratum populom –como Gómez se refería al pueblo- , de la chuzma gaitanista. O del ciudadano de hoy, globalizado, informado, que obedece, no por la fuerza sino mediante la persuasión: de los medios, del poder, del orden. Por eso se preguntaba acertadamente William Ospina “¿Porqué un pueblo con semejantes niveles de desamparo, de abandono y miseria no protesta ni expone su indignación en las calles?” Porqué no nos parecemos más a los Indignados en Estados Unidos o porqué no hay protesta como la de los estudiantes en Chile. O porqué no hay reclamos por la corrupción del pasado gobierno. Aquí no hay una protesta o un movimiento contestatario, sino algunas marchas, el alegato de pocos o el bullicio de unos cuantos. Nada que afecte el orden establecido, porque hasta las marchas como del pasado viernes ya son organizadas, puntuales, “decentes”, decía una señora que pasaba a esa hora por el centro de Bogotá. Más que falta de conciencia o de solidaridad, no hay quién comunique con objetividad, no hay un medio que llegue a todos, que nos haga iguales: la aplicación de lo público en la democracia. Y en el espacio de la ciudad, en la lucha por la diferenciación y la identidad contra la cultura dominante. Aquí hay un solo relato, por ejemplo, de la Conquista española: sabemos quién ganó, pero no oímos la otra historia, el otro relato, la contraparte. Igual sucede en la política, hay un solo lenguaje: el de los poderosos. El de los dueños del Estado o las mafias que carcomen a Colombia, el país político que denunciaba Gaitán ayer, o los grandes empresarios de hoy, dueños de todo: gremios, aviación, canales de televisión, entretenimiento, bancos, cervecerías. O los paramilitares, o las compañías multinacionales, o los oportunistas beneficiados con la Unidad Nacional.
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