Ayúdame por favor, Gina Parody

20 de junio del 2011

Yo me enamoré del partido verde, y como siempre me ha sucedido, me rompió el corazón. Había renunciado a los partidos y como un idiota le entregué mi esperanza a la primera que me dijo algo bonito, como la defensa de los principios, el valor de la vida y la importancia de los argumentos. Y estaba decidido a votar verde en la actual carrera por la Alcaldía de Bogotá, pero no puedo hacerlo con el corazón roto, entonces empecé a estudiar a los otros candidatos. Y de todos, Gina Parody, me parece la mejor. Me gusta su programa, más técnico que el de sus competidores. Me gusta la seguridad con la que lo defiende, seguridad que roza la arrogancia. Me gusta que estudió afuera, que ha visto y estudiado el mundo para darle una cara a Bogotá digna del siglo XXI. Le creo a su propuesta, y me decidí a votar por ella.

Pero recién descubrí un problema serio que tengo con su candidatura. Me encontré en la calle con una compañera de la universidad, una mujer despampanante e inteligente, y me sudaron las manos, me tembló la voz, la saludé con un beso que se acercó demasiado a la oreja, y le di un abrazo extraño, tibio, a medias, tapándole la nariz con mi cuello y enredando la cremallera de mi chaqueta con su cabello. Tras una insulsa conversación de dos minutos, me despedí de ella y recordé que no sólo soy un idiota, sino que la presencia de mujeres hermosas incrementa esa idiotez en proporciones nunca antes vistas.

Y sí, lo confieso, me gusta Gina Parody. Es hermosa y no soy el único que lo nota. Su belleza ha sido tema fijo de conversación, y las preguntas acerca de su estilo, sus gafas y su apariencia nunca faltan en las entrevistas en prensa, radio y televisión. No me importa que sea imposible tener algo con ella, me gusta. Me gusta su pelo castaño bien arreglado. Me gusta ese tonito alzado, seguro, atrevido y fuerte con el que habla. Me gustan sus gafas, que la hacen ver inteligente y sexy, como una profesora de fantasía. Me gusta cómo se viste, moderna pero recatada, elegante y fresca. Me gusta que cuando te mira no te quita los ojos de encima. Me gusta. Y eso es un problema, porque una de las amenazas más grandes para la democracia es sentirse sexualmente atraído por sus gobernantes. Un alcalde debe ser feo, como Antanas y Lucho, o feo por dentro como Peñalosa. Miren lo que pasó cuando un montón de viejitas votó por Sammy, cautivadas por las canas y las manillas. O peor aún, miren lo que pasa con Berlusconi, el viejo verdi, que tiene avergonzada a toda Italia.

Por eso necesito tu ayuda, Gina. Por favor, deja de ir a la peluquería, cambia las gafas por lentes de contacto, habla con menos seguridad y pídele consejos de moda a Clara López. No puedo votar por ti si tengo las más mínima duda en mi cabeza de que estoy siendo presa de mis hormonas. Me rehúso a ser ese fanático que vaya a todos tus discursos, que compre boleta de primera fila para tu posesión, que te defienda en todo renunciando a toda honestidad y coherencia intelectual. No puedo. Odio a ese tipo, y no quiero convertirme en él. Me conozco, y saldría a marchar por ti con los ojos vendados, portando pancartas con tu rostro por toda la séptima. Mi fondo de escritorio y mi protector de pantalla serían una foto tuya, y si me obsesiono lo suficiente me tatuaría tu cara en el pectoral izquierdo. Te lo ruego, no me hagas esto. Desexifícate, por favor, para poder votar por ti con tranquilidad. Para no exponer mi corazón a otro desamor político. Para que no sienta que estoy vendiendo mi voto por otra falsa promesa de una cara bonita. Ayúdame por favor, Gina Parody.

Twitter: @viboramistica

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