Colombia, Sofía y la Clase Media

Colombia, Sofía y la Clase Media

25 de noviembre del 2018

Hace unos días coincidí en el ascensor con mi vecina, y por alguna oscura razón me dio los buenos días. Es una mujer delgada, de buen cuerpo pero que lleva en su sonrisa la marca de un sufrimiento general; como si tuviera una úlcera colectiva o una angustia que excede a las posibilidades de su perímetro toráxico.

No nos solemos saludar, a pesar de que nos conocemos desde hace 3 años, casi siempre resolvemos los encuentros en el parqueadero del conjunto con un gesto de resignación o con una sonrisa distante que parece que dice, aunque no dice. Me sorprendió por eso su saludo, y luego, al fijarme en ella, me pareció que se le habían acentuado las pequeñas líneas verticales sobre el labio superior como consecuencia de la innumerable repetición de un mismo gesto. De manera que me vi obligado a preguntarle si todo iba bien.

-Problemas de la clase media -respondió enigmática, pues de su afirmación no era posible deducir si el hecho de que perteneciera a ese grupo magnificaba o rebajaba sus intereses.

Entré en mi apartamento, y antes de tirarme a la cama reflexioné sobre la respuesta de Sofía, así se llama la vecina, y de súbito caí en cuenta de que también yo pertenecía a la clase media. Como no tenía urgencias de ninguna especie, comencé a darle vueltas al asunto, pero no conseguí alcanzar ninguna conclusión. En cualquier caso, esta idea de pertenencia a un grupo u orden de personas se impuso a mis tres o cuatro obsesiones recurrentes, y durante el resto de la semana no conseguí salir de ella; tan estrecha y laberíntica resultaba que me era imposible ir al gimnasio.

Por fin, el domingo por la tarde -el día de la semana que más frustraciones almacena esta clase- me enfrenté al problema con tranquilidad y deduje que en realidad estoy bastante satisfecho de que me hayan aceptado en esta clase. Es la que más salidas tiene, voy a un gimnasio de clase media, me relaciono con personas de clase media, vivo en un barrio de clase media. Perteneciendo a este conjunto de individuos puedes ser ingeniero, administrador de empresas, ama de casa, médico, proxeneta, estafador, ejecutivo, subsecretario, odontólogo, comerciante, policía, poeta… En fin, muchas cosas. Lo que pasa es que si no consigues hacer ninguna de ellas, aunque sea mal, puedes ser arrojado a la clase de los pobres. Pero yo prefiero, darle a este hecho una interpretación optimista y suelo decir que se trata, en definitiva, de una salida más.

Es cierto que no es lo mismo pertenecer a la clase media desde un apartamento de dos habitaciones en la Av. Primera de Mayo qué desde una casa en Altos de Yerbabuena. Pero también es cierto que entre los sujetos pertenecientes a este inmenso grupo -sea cual sea su posición económica- existen más condiciones comunes que contradictorias. Por ejemplo, estando adscrito a este segmento social, puedes ser indistintamente lector de Semana, de El Tiempo o Portafolio; puedes ser católico o ateo y votar a Uribe, a Petro, a Duque o al Partido Verde. Puedes estudiar en los Andes en la Javeriana o en la Nacional. Se pueden hacer muchísimas cosas -contradictorias entre sí- sin que te retiren el carné. De manera que esta clase es la única en la que se cumple una ley paradójica: a diferente posición social, intereses semejantes. Por otra parte, de la clase media se pasa directamente a la pasiva, que es un grupo menos dinámico aún que el anterior, lo que desde algún punto de vista podría considerarse como un progreso.

En la universidad leí un libro sobre economía y del que recuerdo con cariño la siguiente frase: “el equilibrio del mundo se mantiene sobre el poder político, económico, religioso y cultural de la clase media”. Como los incentivos e intereses de esta clase suelen ser mezquinos, el mundo es igualmente mezquino; se trata, pues, de la única clase social que ha conseguido hacerse un espejo a la medida. Este grupo es el depositario de todos aquellos miedos que corresponden a las formas más rudimentarias del temor; sus componentes se pueden acostar Uribistas y levantarse Petristas sin sentir por ello el dolor de la contradicción.

Se trata de una clase sin futuro porque tiene asegurado el presente por unos cuantos milenios. Sus militantes son listos: han sabido escoger lo peor de las clases superiores y lo más sucio de las inferiores. Venden a su padre por un puesto en un ministerio, se espantan cuando les dices que tienes un burdel, que no tienes hijos y que la Religión te importa un pepino. Como llevan de oficinistas o letrados o funcionarios varios siglos, tienen una experiencia inigualable para dar puñaladas en un urinario sin que la víctima llegue a morirse legalmente. Se mueven por las sentinas de la burocracia y de los despachos oficiales como un adicto a la heroína en cualquiera de los expendios de drogas que existen de Bogotá.

Es una clase grande, poderosa, admirable. Es una clase interclasista porque a ella pertenecen individuos de diferente posición social, pero todos ellos permanecen unidos por una suerte de engrudo que consigue diluir las diferencias. Si te dan el carné de esta clase, nunca te faltará un médico al que recurrir en una situación de emergencia, ni un político al que pedir un favor para tu hijo recién graduado. La clase media es muy insolidaria, pero como tiene visión comercial, puede echarte una mano bajo determinadas condiciones. Los gobernantes proceden todos de la clase media; los banqueros, también, porque las clases medias son las que dirigen siempre a las demás. Y las dirigen bien porque tienen desde la antigüedad un olfato especial para saber cuándo conviene vender a un hermano por un plato de lentejas. Poseen, además, recursos morales para medir cada una de sus acciones y conocen como nadie las miserables reglas de los empleos y las ofertas.

La clase media, como la conciencia, es un magma lleno de grumos repugnantes pero capaz de cohesionar mezquinos intereses que suelen presentarse al público como verdades sublimes y absolutas. Como la conciencia también (la clase media es la mayoría silenciosa), sin llegar a hacerse presente, puede decidir un exterminio, un holocausto, un incendio nuclear… La clase media es una clase de mandos intermedios. Su modelo es la clase superior; por eso de esta clase salen gerentes magníficos, borrachos ilustres, dictadores imposibles…

Yo tengo una hermana mayor, y recuerdo que cuando ella iba al cine, decía que yo era pequeño; pero cuando iban los pequeños, me tocaba ser mayor. Eso nunca se olvida. A la clase media le pasa lo mismo. Cuando resulta útil a los intereses de la historia, son ricos; cuando no, son proletarios. Los individuos de esta clase conservan como un tesoro el rencor de esta indefinición permanente, y lo utilizan, aunque de forma excepcional. No hay que olvidar que esta clase ha hecho revoluciones importantes, las únicas importantes, si la memoria no me falla.

No es infrecuente que algunos sujetos que salen de la clase media den el salto a una de las clases superiores, pero -si se fijan- siempre conservan algo sustancial de su anterior estado. Puede ser el modo de caminar, de amarrarse los zapatos, o de hurgarse las orejas con un lápiz o, en fin, de moverse en el interior de una joyería de Pandora. El caso es que el hecho de haber pertenecido a esta clase imprime carácter; se trata, por tanto, de una clase sacramental.

El mundo camina hacia una especie de homogeneización cuyo modelo es la clase de la que hablamos. Cuando estemos todos en ella removeremos la pasta para que se diluyan unas partes en otras. Contaremos después los grumos que se han resistido a la disolución, y si hay bastantes crearemos una clase inferior para acogerlos.

En esto se me hizo de noche y la sintonía del programa de la tele me despertó el hambre. Me dirigí a la cocina con la firme idea de prepararme algo para comer y observé, horrorizado, que la nevera estaba vacía. Algunos días me acuesto sin cenar, pero ese domingo tenía un hambre muy especial, de esas que sólo se alivian comiendo, y me pareció insoportable la idea de renunciar a la cena. Entonces decidí realizar un acto heroico: pedir un par de pechugas a mi vecina. En otras circunstancias no lo habría hecho, pero recordé que el lunes anterior me había dirigido la palabra y que quizá por ello nuestras relaciones de vecindad hubieran entrado en una fase en la que uno pudiera pedir esta clase de pequeños favores.

Llamé a su puerta y observé que ya se había empijamado. Le pedí, por favor, que me regalara un par de pechugas. Me miró atónita, como siempre, y dijo que lo sentía, pero que no le quedaban. Le di las gracias de todos modos mientras la maldecía interiormente, pues pensé que mentía porque era tan tacaña y vil como los de su clase. Pero cuando entré en mi casa comprendí que mi vecina y yo acabábamos de representar brevemente lo que podría constituir una buena definición de la clase media: aquella que se ha quedado sin pechugas pero que ha conseguido que nadie lo note. Vive de las apariencias a toda costa, es una clase lista, y yo pertenezco a ella.

En fin.

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