El Canibalismo de Nuestra Época

20 de junio del 2011

Indudablemente la historia siempre ha sido escrita por los más fuertes. En la época de la conquista, cuando los pueblos europeos, se lanzaron hacía la búsqueda de nuevos territorios, se encontraron con tierras totalmente vírgenes, donde la mano de la civilización jamás había tocado. Quedaron deslumbrados ante tanta exuberancia. Ante aquellos paisajes en constante formación, ante aquella naturaleza primigenia, y la diversidad de especies (algunas desconocidas para ellos), que habitaban esos lugares; pero a la vez, se mostraron confundidos. Y esta confusión, la generó el no entender algunas prácticas que las tribus primitivas desarrollaban, podría llamarse aquello religión, una mistificación tal ves, de todo aquello que los rodeaba. Pero la impresión generalizada del europeo, fue la de encontrarse frente a unos seres, completamente diferente a ellos, que practicaban rituales que poseían una simbología inconexa para el hombre blanco. Pueblos en un estado de barbarie, donde incluso (y esto era muy relevante para el europeo), no había conocimiento pleno de Dios. Muchas cosas se escribieron al respecto, los relatos que llegaron al mundo civilizado, quizá vinieron cargados con esa incomprensión hacía una cultura, completamente ajena al concepto de ser humano, que en occidente se habían formado. Pero lo que causó más estupor al hombre blanco (como si ellos, en su sed de conquista,  no hubiesen sido barbaros), fue la práctica de la antropofagia, que según ellos, era característica en muchas tribus, en el continente africano, y en el continente americano respectivamente.

Podrá decirse ahora, que toda conquista fue siempre eso: un choque entre dos culturas, una que cedía y la otra que se imponía. Una que comprendía: lo que para ellos, debía ser lo correcto, y la otra incomprendida: lo que para ellos era correcto.

A ciencia cierta, no podremos constatar, que en realidad existieron pueblos que practicaban el canibalismo. Algunos hallazgos arqueológicos, muestran algunas evidencias de este tipo de prácticas -o las que se podrían considerar como tal-. El hombre, ante todos los pronósticos, desarrolló un gusto innato por la carne (instinto de supervivencia quizá). Hay quienes piensan, que esto no debió suceder, porque el ser humano no evolucionó para ser carnívoro. Y aluden a ese hecho, porque nuestros dientes, no están hechos para desgarrar la carne (he ahí el ingenio del hombre, inventamos herramientas para contrarrestar esta limitación natural). Pero lo somos. Somos predadores que se vuelcan hacía su presa, y la desasen hasta no dejar nada en ella. El gusto carnívoro, ha de ser quizá un impulso primitivo. La constatación, de que nuestros antepasados, alguna vez se alimentaron de otros humanos.

Al final, todo ha trascendido. Nos gusta pensar que es así. Que evidentemente, a medida que evolucionamos, nos hacemos seres más civilizados. Pero nuestras acciones muestran otra cosa. Los rituales tribales de nuestros antepasados, surgidos de la incomprensión del mundo que los rodeaba, tenían dentro sí, la búsqueda de la redención. Para nosotros, no hay redención. Nuestras acciones nos conminan, hasta el punto que algunos más osados, piensan que jamás debimos existir.

Hoy, hay otra especie de canibalismo. Otra especie de antropofagia. Disfrazada, envuelta en eufemismos. Pero tan repulsa, como la de nuestros antepasados. El día a día, es una batalla incesante (de una guerra injustificada), ya no solo las especies más fuertes sobreviven. Incluso las más fuertes se devoran entre sí, y la pregunta que muchos hacen: ¿a dónde iremos a parar?

Si miramos bien las cosas, en un intento por comprender la manera en como actuamos. Nos daremos cuenta, que no somos más que máquinas de destrucción masiva (caníbales). Ya no es solo aquel que inventa un arma, una bomba, que se justifica diciendo, que no es el arma en sí, sino el uso que hacemos de ella. Ya no es aquel, que toma un cuchillo y lo introduce entre las carnes de la victima, argumentando que lo hizo porque tenía hambre. Nuestros intentos por destruirnos están en todos lados: el que compra una soga para enredarla en su cuello, el que injiere un veneno, el que salta de un edificio, el que golpea a un niño porque no hizo la tarea, el esposo enfurecido que maltrata a la esposa. Las industrias que producen artículos: tecnologías que al cabo de poco tiempo se vuelven obsoletas, electrodomésticos de vida útil limitada. Todo con el propósito de hacernos consumir. De que otra forma podemos llamar ese consumismo atroz, en el que muchos seres humanos viven. No podríamos llamarlo canibalismo.

En la actualidad, solemos sorprendernos, cuando se nos habla de que algunos pueblos americanos, tuvieron este tipo de práctica. Pero no nos sorprende, el inmenso caos que el ser humano ha generado en el mundo. Los casquetes polares se derriten, para muchos científicos lo hacen a una velocidad vertiginosa. Millones de arboles son derribados a diario. Aquellas selvas que alguna vez maravillaron a los europeos que tuvieron la osadía de penetrarlas, están desapareciendo por la mano indiscriminada del hombre. No es esto ser caníbales. Si alguien tiene otro modo de llamarlo, las sugerencias serán escuchadas.

¿Ahora que nos queda? Miles de campañas publicitarias se lanzan a diario para salvar el planeta. Grupos de activistas en todo el mundo, luchan por elevar su voz y ser escuchados. Se lucha por el derecho a la vida. Se invita a proteger el medio ambiente y todas las especies que lo habitan. Mientras que los poderosos, los que realmente poseen el poder, ese mandato legítimo,  que muchos de nosotros les encomendamos. Se cruzan de brazos y nosotros, solo los miramos hacerlo. Somos caníbales de una forma u otra.

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