La rebeldía del CD

Lun, 01/10/2012 - 15:43
Ya nos costaba hacernos a la idea de que había que pagar por unas cuantas canciones en MP3, las mismas, igualitas, a las que buscábamos por Pirate Bay y que bajábamos gratis luego de uno, dos pasos. Ya nos costaba hacernos a esa idea cuando va Bruce Willis y demanda a Apple y nos recuerda lo dura que es la realidad. Que no pagábamos por un bien virtual, sino por las licencias que nos permitían (permiten) usufructuar canciones. Usufructuar, no comprar, como quien va de por vida con ropa alquilada, prestada, y nunca se decide a pasar por una tienda y hacerse a algo propio. Nada suyo, que pueda arrugar, ensuciar, lavar, desteñir y luego cortar para rehusarlo y limpiar el polvo de muebles deslucidos. Todo son licencias ahora, contratos que uno firma cuando va a un local que alquila esmóquines y disfraces de Halloween. Se compran licencias, no libros, no música. Ya desde hacía unos meses tenía una idea en mente. Ir de discotienda en discotienda, las pocas que quedan, e ir cazando tesoros. CDs que a uno le gusten y que en verdad quiere tener y no licenciar. El asunto va más allá de la calidad de sonido o del olor de la tinta o de esa sensación mágica de abrir el CD importado con la etiqueta blanca en la parte superior. Es poder gritar, ¡Este CD es mío, hijuputas! Y gritarlo, imaginándoselo como un video clip, desde un risco del Cañón del Colorado como gritaría Bono o Bon Jovi en alguna mala canción suya de la época MTV. Gritar que es mío y que si me da la gana lo rayo, lo presto, lo quemo o se lo tiro a quien quiera cuando quiera. Si me da la gana lo cuido y puteo cuando se raye o cuando un amigo no lo devuelva o lo devuelta con la caja rota. Lo firmo y le pongo la fecha y la ciudad en que lo compré, como mi padre siempre ha hecho, para cuando hayan pasado veinte años lo abra y los recuerdos lleguen en cascada. Es ese grito de libertad, ese grito que se da con los ojos cerrados, lacrimosos, dando un puño al aire o a una pared grafiteada. Es mío, hijuputas, y de nadie más. El grito punk, el grito que se da pateando con unas Martens de puntera de acero. Ahora se trata de eso, de ir por CDs y comprarlos y burlase de un futuro prometedoramente amargo. Hoy el CD como formato cumple 30 años y es imposible no negarse a aceptar un futuro tan frívolo. Un futuro con todo en la nube de otros y nada en la propia. Un futuro en el que deja de tener sentido regalar álbumes o libros. Un futuro en que es imposible escribir una dedicatoria o guardar un tesoro que lleve recuerdos intangibles. Es gritar, rebelarse, apegarse a los libros de papel y abrir discotiendas de viejo en los centros de las ciudades. No es nostalgia, no es miedo al futuro. Es libertad. Es rebeldía, es negarse a ese comunismo tan estúpido que supone la nube digital. Yo quiero lo mío y que no me jodan desde Silicon Valley diciendo que sólo hay un archivo que es de todos. Feliz cumpleaños, CD y larga vida.
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