María de los Ángeles lleva tras de sí dos desgracias. La primera es un cáncer de seno que se la está comiendo a pedazos en intervalos de tiempo muy cortos que no le permiten solucionar las cosas de su vida que siente no pueden postergarse cuando se tiene la certeza del morir pronto. Y la segunda, pero no menos importante, es llevar como signo indeleble de su identidad, un nombre que para nada la identifica. De hecho, ha tenido que lidiar durante sus 46 años con ese nombre que nunca quiso cambiarse como un acto de rebeldía que continuara con la broma iniciada por su padre. Porque su padre fue nada más ni menos que el filósofo más importante de este país. Oficio noble de la filosofía que ella quiso continuar hasta el sol de hoy, convirtiéndose en la mejor profesora de filosofía política de la Universidad del Oriente. María de los Ángeles, al igual que su padre, no cree en Dios. Su familia es todo para ella. Sus 3 hijos, Sofía, Eloísa y Juan Jacobo son lo mejor que ha podido hacer, repite una y otra vez.
No los dejó ir al colegio para que no los infestaran de creencias sin sentido, ni los obligaran a participar de ritos sosos y aburridos. Los educó ella misma, uno a uno, junto a su esposo Luis Eduardo, ingeniero y físico que se encargó de inculcarles aún más la pasión por la ciencia y no la creencia. Aunque en honor a la verdad debemos decir que en el fondo, Luis sí creía. Lo que no sabía era en qué, o mejor, no sabía si su creencia encajaba en eso que todos los demás llaman Dios. Es más, de vez en cuando pasaba por la Iglesia del barrio y sentía ganas de entrar a ver qué era lo que allí se hacía. Tardó años en hacer caso a su moción. Pero el día llegó.
- María de los Ángeles, no te vayas a disgustar con lo que te voy a comentar, sólo quiero seguir siendo fiel a nuestra promesa de hace 20 años de contárnoslo todo. Hoy entré a hablar con el padre de la Iglesia. Se llama Virgilio y debo decir que me sorprendió la forma en que me habló aun después de haberle manifestado desde el inicio que no creía en Dios. Me preguntó qué era lo que me llevaba allí y le dije que sólo quería hablar con alguien. Y que como ellos tienen fama de ser buenos oidores pues había entrado a eso, a que me escuchara. Fue una conversación muy agradable. Pude desahogarme del nudo que llevaba y que no había podido expulsar de mí. – Y, ¿cuál es ese nudo que ni siquiera yo, la persona con la que has compartido los últimos 20 años de tú vida, puede saber? – El nudo no es otro mujer que el miedo que tengo a quedarme solo. No quiero que te mueras. Y sé que eso tiene que pasar algún día, pero no quiero que ese día sea tan pronto para ti. No te quiero perder. No soy capaz de seguir solo esta vida si no te tengo a mi lado. No soy capaz de seguir con los niños solo. No me siento preparado. No quiero, sencillamente no quiero que te mueras.
El abrazo que siguió a esta confesión fue infinito. Se lo debían desde hacía tiempo, pues desde que a María le habían tenido que cortar el pelo por la quimioterapia a la que se estaba sometiendo, ella había asumido que su marido no la iba a querer más y se había tornado más huraña y distante de lo normal. Luis Eduardo entendía esta situación, pero no la compartía. Pensaba que era normal que María estuviera así, pero por dentro se partía de dolor al ver que cada día que pasaba era uno menos para estar con la mujer que le había robado el sueño todos estos años. No le decía nada. Simplemente callaba. No le reclamaba por su actitud, simplemente la veía sobrellevar un dolor que él se sabía incapaz de soportar. Los niños, o mejor, los jóvenes de 13, 15 y 17 años, se turnaban el acompañamiento a su mamá a las sesiones de quimioterapia. Iba ella y uno cada día. Así durante tres semanas seguidas, para finalmente descansar una, al cabo de la cual se volvía a iniciar con la misma rutina.
Llevaban en esto más de 3 meses. María de los Ángeles había decidido continuar con sus clases en la universidad, pero tenía licencia para faltar cada vez que ella lo creyera conveniente. Trataba de no hacerlo nunca, pero había días en que las pocas fuerzas que la quimioterapia le dejaban, apenas le alcanzaban para llegar a casa y tumbarse todo el día en la cama. En ese caso enviaba la información de la siguiente clase por correo electrónico y pedía una relatoría de la anterior para comprobar que se hubiese hecho la lectura del texto asignado. Siempre viajaba sola a todos lados, excepto a la quimioterapia. Le encantaba conducir y lo hacía muy bien.
Hijos, aprovechando que su mamá no está, quiero que me acompañen a un lugar. Vamos a ver a alguien con el que quiero que conversemos. - ¿Quién es papá? Preguntó Sofía, la que siempre lo inquiría todo. – Es un amigo mío, se llama Virgilio y es sacerdote. - ¿Vamos a ver a un sacerdote, papá? Atacó Juan Jacobo, quien era el que más se ceñía al ateísmo de su madre. – Sí, vamos a ver a un sacerdote, ¿algún problema con eso? – Yo no tengo ningún problema papá. Si lo haces por lo de mi mamá, yo te apoyo.
Eloísa era la más comprensiva de todos y siempre mediaba en la familia cuando los ánimos se tornaban tensos.
– Independientemente de que lo quieran o no, vamos a ir, sentenció Luis.
Y tomando de la mano a Sofía, emprendió el camino hacia donde su nuevo amigo, el cura Virgilio. Aquella tarde de confesiones familiares permitió que todos vieran en el cura a una persona que siempre tuvo, aunque aflorara el temor más oculto e inconfesable, una frase esperanzadora que transmitía la serenidad de la que habían carecido en el silencio con el que lidiaban la terrible enfermedad de su madre. Uno a uno iba cada tarde donde el cura Virgilio, al que llamaban por su nombre, pues la palabra sacerdote no denotaba nada para ellos. Virgilio lo aceptaba y no se opuso a que así fuera llamado por cada uno de sus nuevos feligreses. Al fin y al cabo, para realizar la tarea de Dios no se necesita anteponer el “sacerdote” al nombre, pensaba. Pasaron un mes así, hasta que la situación de María de los Ángeles empeoró drásticamente. Las dosis de morfina aumentaron y la partida se veía cada vez más inminente.
Amor, quiero que vayamos a un lugar todos. Yo he estado asistiendo con los niños y he notado el cambio que se ha generado en ellos a raíz de lo que hemos estado haciendo. Se ven cada vez más tranquilos y han podido exteriorizar lo que tu enfermedad y la forma en que has ido decayendo cada día más y más ha causado en ellos. Ahora tienen esperanza. Ahora creen que todo va a ser mejor para ti en aquel lugar al que vas a ir después de que nos dejes. Ahora están convencidos de que el amor infinito de Dios te va a recompensar todo el sufrimiento que aquí, tanto tú como nosotros, hemos tenido que soportar este último tiempo.
- ¿Dios? Has estado yendo donde el cura, ¿cierto Luis? De nada sirvió el esfuerzo de toda una vida por alejar a los niños de creencias frustrantes y de dioses inservibles que incapacitan al hombre a pensar y actuar por sí mismo, pues todo el tiempo están a la espera de que Lo Que Sea Que Exista Allá Arriba les brinde y satisfaga sus necesidades. Yo no quise eso para mis hijos, yo los quise formar libres, autónomos y capaces. Ahora veo que todos ustedes dependen del cura y su Dios para sentirse bien. ¿Y cuando ninguno de ellos esté? Cuando ninguno de ellos les dé la respuesta a las inquietudes que se formulen ahora que se tornaron incapaces de brindársela ustedes mismos, qué van a hacer, ¿ah? Los hiciste dependientes de un Dios y un humano que son susceptibles de error. Los hiciste seguidores de un culto que los va a aburrir en un par de años por no estar acostumbrados a él. ¿Qué vas a hacer Luis, cuando nuestros hijos te reclamen por la fe obsoleta y anacrónica en la que los has involucrado?
– No haré nada mujer, los dejaré que se respondan solos, al fin y al cabo lo que se aprende y se cree no se olvida. Y ellos aprendieron y creyeron siempre en el poder de la razón. Que su razón los salve aquel día de tinieblas. Hoy, te puedo asegurar que tanto ellos como yo nos sentimos en paz frente al suceso que vamos a tener que soportar pronto. Yo lo único que quería era que tú entendieras y te dieras cuenta que lo que hacemos es debido a la imposibilidad y la frustración en la que nos hallamos inmersos por no entender ni aceptar que tú te tengas que ir cuando todos te necesitamos aquí. Pero si todo esto tanto te disgusta, pues no hay problema. Yo cancelo lo que habíamos preparado.
María de los Ángeles no pudo dormir en paz aquella noche. No sólo por el dolor, sino por ser tan mezquina ante lo único que le estaba brindando tranquilidad a su familia en medio del tiempo de dolor que padecían. Esa misma mañana, le manifestó a su esposo que iría a ver al cura ella también. Luis Eduardo le dijo que lo que ellos querían era que participara de un ritual en el que ella, aceptando su debilidad, se entregaba en las manos de Dios para ser recibida por Él, quien con su infinita misericordia le recibiría con los brazos abiertos, sin importarle toda una vida de increencia. En pocas palabras, querían que se aplicara los Santos Óleos. Aquella tarde ellos fueron temprano donde Virgilio y dispusieron todo para la celebración. Ella llegó a la hora acordada en el carro, pues venía del que pensaba iba a ser su último día en la Universidad. Después de aquel rito, le había dicho su esposo, se podía ir en paz. Él no lo había dicho en sentido literal, lo que menos quería era que partiera aquél mismo día, pero ella lo sintió así. La celebración fue muy especial. Todos hablaron y se dijeron lo bien que se sentían estando allí. Incluso María, que nunca en su vida había estado en una Eucaristía, pudo sentirse libre y feliz, aceptando su realidad después de tanto tiempo de luchar contra ella en vano. Comulgó bajo las dos especies y necesitó de un buen sorbo de vino que acaparó todo el contenido de la copa, para terminar de tragar lo que el cura insistía en llamar el “cuerpo de Cristo”. Terminada la ceremonia se despidieron de Virgilio y ella quedó con él, que si esa no era su última noche, iba a ir todos los días a conversar un poco después de que su familia lo hiciera. Se montó al carro y allí la estaban esperando sus hijos y su esposo con una gran sonrisa. Iban felices. Iban en paz. Iban esperanzados.
De camino a la casa era tanta la alegría, que María de los Ángeles, excelente conductora, no vio un semáforo en rojo y se lo pasó. A la media cuadra los alcanzó el oficial de tránsito que había presenciado tal infracción. Al solicitarle los papeles le sintió un ligero olor a trago y le pidió a María de los Ángeles que se bajara del vehículo. El sorbo aquél de vino para pasar el “cuerpo de Cristo” le valió a María de los Ángeles la inmovilización del vehículo, la retención de su licencia de conducción y una mirada de tal calibre a sus familiares, que el cura Virgilio y su Dios se borraron de la memoria colectiva de aquella familia tan rápido como habían entrado en ella.
Llevaban en esto más de 3 meses. María de los Ángeles había decidido continuar con sus clases en la universidad, pero tenía licencia para faltar cada vez que ella lo creyera conveniente. Trataba de no hacerlo nunca, pero había días en que las pocas fuerzas que la quimioterapia le dejaban, apenas le alcanzaban para llegar a casa y tumbarse todo el día en la cama. En ese caso enviaba la información de la siguiente clase por correo electrónico y pedía una relatoría de la anterior para comprobar que se hubiese hecho la lectura del texto asignado. Siempre viajaba sola a todos lados, excepto a la quimioterapia. Le encantaba conducir y lo hacía muy bien.
Hijos, aprovechando que su mamá no está, quiero que me acompañen a un lugar. Vamos a ver a alguien con el que quiero que conversemos. - ¿Quién es papá? Preguntó Sofía, la que siempre lo inquiría todo. – Es un amigo mío, se llama Virgilio y es sacerdote. - ¿Vamos a ver a un sacerdote, papá? Atacó Juan Jacobo, quien era el que más se ceñía al ateísmo de su madre. – Sí, vamos a ver a un sacerdote, ¿algún problema con eso? – Yo no tengo ningún problema papá. Si lo haces por lo de mi mamá, yo te apoyo.
Eloísa era la más comprensiva de todos y siempre mediaba en la familia cuando los ánimos se tornaban tensos.
– Independientemente de que lo quieran o no, vamos a ir, sentenció Luis.
Y tomando de la mano a Sofía, emprendió el camino hacia donde su nuevo amigo, el cura Virgilio. Aquella tarde de confesiones familiares permitió que todos vieran en el cura a una persona que siempre tuvo, aunque aflorara el temor más oculto e inconfesable, una frase esperanzadora que transmitía la serenidad de la que habían carecido en el silencio con el que lidiaban la terrible enfermedad de su madre. Uno a uno iba cada tarde donde el cura Virgilio, al que llamaban por su nombre, pues la palabra sacerdote no denotaba nada para ellos. Virgilio lo aceptaba y no se opuso a que así fuera llamado por cada uno de sus nuevos feligreses. Al fin y al cabo, para realizar la tarea de Dios no se necesita anteponer el “sacerdote” al nombre, pensaba. Pasaron un mes así, hasta que la situación de María de los Ángeles empeoró drásticamente. Las dosis de morfina aumentaron y la partida se veía cada vez más inminente.
Amor, quiero que vayamos a un lugar todos. Yo he estado asistiendo con los niños y he notado el cambio que se ha generado en ellos a raíz de lo que hemos estado haciendo. Se ven cada vez más tranquilos y han podido exteriorizar lo que tu enfermedad y la forma en que has ido decayendo cada día más y más ha causado en ellos. Ahora tienen esperanza. Ahora creen que todo va a ser mejor para ti en aquel lugar al que vas a ir después de que nos dejes. Ahora están convencidos de que el amor infinito de Dios te va a recompensar todo el sufrimiento que aquí, tanto tú como nosotros, hemos tenido que soportar este último tiempo.
- ¿Dios? Has estado yendo donde el cura, ¿cierto Luis? De nada sirvió el esfuerzo de toda una vida por alejar a los niños de creencias frustrantes y de dioses inservibles que incapacitan al hombre a pensar y actuar por sí mismo, pues todo el tiempo están a la espera de que Lo Que Sea Que Exista Allá Arriba les brinde y satisfaga sus necesidades. Yo no quise eso para mis hijos, yo los quise formar libres, autónomos y capaces. Ahora veo que todos ustedes dependen del cura y su Dios para sentirse bien. ¿Y cuando ninguno de ellos esté? Cuando ninguno de ellos les dé la respuesta a las inquietudes que se formulen ahora que se tornaron incapaces de brindársela ustedes mismos, qué van a hacer, ¿ah? Los hiciste dependientes de un Dios y un humano que son susceptibles de error. Los hiciste seguidores de un culto que los va a aburrir en un par de años por no estar acostumbrados a él. ¿Qué vas a hacer Luis, cuando nuestros hijos te reclamen por la fe obsoleta y anacrónica en la que los has involucrado?
– No haré nada mujer, los dejaré que se respondan solos, al fin y al cabo lo que se aprende y se cree no se olvida. Y ellos aprendieron y creyeron siempre en el poder de la razón. Que su razón los salve aquel día de tinieblas. Hoy, te puedo asegurar que tanto ellos como yo nos sentimos en paz frente al suceso que vamos a tener que soportar pronto. Yo lo único que quería era que tú entendieras y te dieras cuenta que lo que hacemos es debido a la imposibilidad y la frustración en la que nos hallamos inmersos por no entender ni aceptar que tú te tengas que ir cuando todos te necesitamos aquí. Pero si todo esto tanto te disgusta, pues no hay problema. Yo cancelo lo que habíamos preparado.
María de los Ángeles no pudo dormir en paz aquella noche. No sólo por el dolor, sino por ser tan mezquina ante lo único que le estaba brindando tranquilidad a su familia en medio del tiempo de dolor que padecían. Esa misma mañana, le manifestó a su esposo que iría a ver al cura ella también. Luis Eduardo le dijo que lo que ellos querían era que participara de un ritual en el que ella, aceptando su debilidad, se entregaba en las manos de Dios para ser recibida por Él, quien con su infinita misericordia le recibiría con los brazos abiertos, sin importarle toda una vida de increencia. En pocas palabras, querían que se aplicara los Santos Óleos. Aquella tarde ellos fueron temprano donde Virgilio y dispusieron todo para la celebración. Ella llegó a la hora acordada en el carro, pues venía del que pensaba iba a ser su último día en la Universidad. Después de aquel rito, le había dicho su esposo, se podía ir en paz. Él no lo había dicho en sentido literal, lo que menos quería era que partiera aquél mismo día, pero ella lo sintió así. La celebración fue muy especial. Todos hablaron y se dijeron lo bien que se sentían estando allí. Incluso María, que nunca en su vida había estado en una Eucaristía, pudo sentirse libre y feliz, aceptando su realidad después de tanto tiempo de luchar contra ella en vano. Comulgó bajo las dos especies y necesitó de un buen sorbo de vino que acaparó todo el contenido de la copa, para terminar de tragar lo que el cura insistía en llamar el “cuerpo de Cristo”. Terminada la ceremonia se despidieron de Virgilio y ella quedó con él, que si esa no era su última noche, iba a ir todos los días a conversar un poco después de que su familia lo hiciera. Se montó al carro y allí la estaban esperando sus hijos y su esposo con una gran sonrisa. Iban felices. Iban en paz. Iban esperanzados.
De camino a la casa era tanta la alegría, que María de los Ángeles, excelente conductora, no vio un semáforo en rojo y se lo pasó. A la media cuadra los alcanzó el oficial de tránsito que había presenciado tal infracción. Al solicitarle los papeles le sintió un ligero olor a trago y le pidió a María de los Ángeles que se bajara del vehículo. El sorbo aquél de vino para pasar el “cuerpo de Cristo” le valió a María de los Ángeles la inmovilización del vehículo, la retención de su licencia de conducción y una mirada de tal calibre a sus familiares, que el cura Virgilio y su Dios se borraron de la memoria colectiva de aquella familia tan rápido como habían entrado en ella.
