Leguleyos, guerras civiles y constituciones

24 de junio del 2012

Siempre he dicho que hacer periodismo en Colombia es muy fácil y emocionante, pues siempre habrá, como mínimo, un tema de interés para la opinión pública, ya sea un asesinato, una bomba, una violación, el destape de una olla podrida de un funcionario público. O una reforma a la Carta Magna. Al final, no es […]

Siempre he dicho que hacer periodismo en Colombia es muy fácil y emocionante, pues siempre habrá, como mínimo, un tema de interés para la opinión pública, ya sea un asesinato, una bomba, una violación, el destape de una olla podrida de un funcionario público. O una reforma a la Carta Magna. Al final, no es un tema cualquiera, es El Tema.

Hoy, por variar, tenemos la nefasta reforma a la Justicia. Sin embargo, esas reformitas no son de este siglo; son un carrusel heredado de hace 200 años, cuando se promulgó la primera Constitución, la del Socorro. Otrora con el fin de favorecer a la clase política y mirar a ver cómo íbamos a llamar este pedazo de tierra, qué repúblicas lo compondrían y quién lo iba a dirigir. En total, hemos tenido nueve constituciones nacidas antes y después de guerras civiles.  Todas esas constituciones han sido manoseadas por los sinvergüenzas que se hacen llamar “Padres de la Patria”. A la de 1991 la querían empalar, nuevamente, sin utilizar, siquiera, una crema dilatadora.

El 17 de octubre de 1899, y embriagados por las ideas del general Francisco de Paula Santander en las que se basaron para crear su partido, los liberales se alzaron en varias partes del país, atacando pueblos y ciudades ante la falta de reacción del gobierno de turno, que fue tomado por sorpresa. Un gobierno concebido por la Constitución de 1886, promulgada por el ultraconservador y en cuatro ocasiones presidente de esta República, Rafael Núñez.

La décima de las famosas revueltas del siglo XIX, que los esbirros de la historia socio-política de este país denominaron guerra civil, la de 1899 la llamaron Guerra de los Mil Días. La más dañina y repugnante de esas guerras y de las que ha habido desde que heredamos de España la burocracia; desde que el Memorial de Agravios empezó a medir el clima político de América Latina, en 1809; desde que los mismos que incentivarían esas guerras civiles publicaron la primera constitución en 1809, la Constitución de Socorro; desde que se montó al carro del poder José Miguel Pey de Andrade, el primer jefe de Estado que hemos tenido y desde que los mismos de los mismos que hoy están en el poder promulgaron, como dije, las nueve constituciones que hemos tenido.

Esos ociosos que se disputaron el poder de esta tierra en todo el siglo XIX ocasionaron guerras como la de Los Mil Días. Guerras paridas por la ambición y mezquindad de los dirigentes y los partidos políticos, que veían en la guerra un medio para conquistar el poder y retenerlo, y por negligencia de esos mismos dirigentes al debatir sus diferencias políticas.

Guerras que, entre otras cosas, le produjeron al país una ruina fiscal incalculable; que ocasionaron, la separación de Panamá, en 1903; guerras que crearon nuevos odios que originarían después otras distintas y aún peores y más alcahuetas que las anteriores; guerras que fomentaron una actitud política intolerante entre los partidos Liberal y Conservador, diferencias que luego nos las tuvimos que aguantar con peleas bipartidistas en el siglo XX, que denominaron los sirvientes de la Historia de Colombia como la época de La Violencia; guerras civiles o bipartidistas que dejaron en el poder a los ganadores, a los sinvergüenzas que han hecho lo que se les ha dado la gana con las leyes, y a los otros sedientos del poder que hoy en día son un grupo de partiduchos gárrulos que no saben para dónde van, pasando por la desparecida Anapo (el partido de Rojas Pinilla, abuelo de Samuel Moreno), el Partido Verde, hasta la nueva plaga: la Marcha Patriótica.

Ahora bien, no contentos con la nueva constitución, cada una de ésas desde 1809 sufrió algunas modificaciones, una más que otras; so pena de violar las garantías constitucionales. La de 1863 tuvo una reforma: la de 1876. Le siguieron dos guerras civiles incentivadas por liberales que no estaban contentos con el gobierno de turno, para culminar con el triunfo de los conservadores en 1886 y la famosa constitución de ese año. A ésa le anotamos ocho reformas, encabezando la reforma de 1957, que nos dejó como resultado el Frente Nacional, una coalición para tener contentos a los dos partiditos que apostaban a quedarse en el poder desde 1849. La Constitución de 1991 por su parte ha sufrido 34 cambios en sus “articulitos”, según la Corte Constitucional, entre estos el de Uribe en 2005 para favorecer su reelección y quedarse en el poder por cuatro años más.

Esas nueve constituciones la han reformado (o deformado) para beneficio de unos pocos, la élite política, dejando a un lado los intereses del pueblo. Y quienes lo han hecho para beneficio propio se pasean indolentes frente al pueblo como si nada. Esos mismo inmorales que opinan de la actualidad sociopolítica de este país, como Samper, como El Ciego de Ernesto Samper, el que no vio nada, pasando por pretenciosos que creen que por ocupar un cargo público no los cobijan las leyes, como  el senador Merlano, inoperantes que no leen lo que van a firmar, como Simón Gavira y rematando con un país lleno de secuaces de la paz (como en las guerras bipartidistas), que se dejan desestabilizar por una bomba.

La práctica del manoseo constitucional es muy vieja, a la que no le debemos tener el mayor respeto. Lo que estamos pagando es porque lo hemos permitido. Si los estudiantes tumbaron la reforma a la Educación, toda Colombia es capaz tumbar la reforma a la Justicia. Se ganó una batalla, pero aún están en el Congreso los que le montaron los “micos” a la reforma. Este país cambia si nos centramos en que somos el principal constituyente de este país, y al parecer eso está sucediendo.

Es hermoso ver a este país metido en su papel de constituyente primario. ¡Ánimo!

Adenda: El ministro de Justicia tiene lo que les hace falta a los 12 congresistas que le montaron los “micos a la reforma”, lo que le hace falta al presidente de la Cámara y del Senado, y lo que no tiene el presidente de la República: dignidad.

Twitter:  @sebastiandiazlo

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