No soy muy dado a los lugares, donde exista aglomeración de público. Estar entre tanta gente me produce cierto estado de neurosis, que me es difícil controlar: siento que las personas que se encuentran a mí alrededor, confabulan en mi contra, y que si me descuido, se me vendrán todas encima y me pisotearan, hasta convertirme en parte del piso. Es por esta situación, que rehúso de asistir a conciertos multitudinarios, hechos en: estadios, coliseos, o cualquier otro lugar con características similares, donde quepa mucha gente. Y que además, tengan la condición de ser gratis o con entrada popular. No me gustan las entradas populares, no me gustan las entradas gratis. Tengo el presentimiento de que esto, daña los conciertos.
Empecemos por el principio. Entrar a un concierto de estos, es toda una odisea. La sola fila de entrada, es el desmadre más grande de personas aglutinadas que un mortal pueda imaginar. Un rio infinito de gente, que como aves de rapiña se pelean un lugar privilegiado en la fila. Mientras, ladronzuelos de pacotilla aprovechan la situación para hacer de las suyas. Luego, cuando por fin has entrado, inicia la hazaña de desplazamiento para encontrar un lugar donde guarecerse del ímpetu desasosegado, de las personas que llegaron de últimas, que por lo general, siempre quieren ocupar los primeros puestos. Quizá haciendo alusión, a aquel versículo de la biblia que dice: los últimos, serán los primeros. Han notado como hace esta gente: poco a poco van llegando, por lo general andan en manadas. Primero se hacen a tú lado. De forma progresiva, primero uno, luego otro. Para cuando te quieres dar cuenta, tienes por lo menos a cincuenta personas delante de ti, y sin la más mínima posibilidad de apreciar a los artistas en tarima, porque -extraña casualidad-, el tipo que se hace delante de ti, mide por lo menos dos metros, sin contar que a la novia del tipo, le gusta que éste la levante en hombros.
Todo dentro de los conciertos es carísimo. Desde el agua, hasta las bebidas alcohólicas. Es el atraco más grande que te pueden hacer. Aun así, sabiendo que todo es caro, y que preguntar por el precio de algo causa estupor. A uno, le da hambre (y a tú novia o esposa o acompañantes igual), sobre todo cuando se acerca la madrugada. Entonces, justo en ese momento, cuando tus piernas empiezan a temblar, cuando sientes que desfalleces y todo se nubla. Aparece un muchacho vendiendo mecatos y gaseosa (esto es mejor que tener que desplazarse hacia los puntos de venta, que los organizadores disponen, que por lo general están muy alejados de donde uno se encuentra), en el desespero del hambre, en la agonía, pides para ti, para tus acompañantes y luego, -lo cual debería ser lo primero-, preguntas por la cuenta. Total a pagar: la pendejada de veinte mil pesos. Cuatro pinches mecatos y cuatro refrescos, has sido asaltado en tú buena fe, pero uno no se puede quejar, porque esto hace parte del jolgorio.
Como si esto fuera poco. A tú novia o esposa, le dan ganas de ir al baño, sin mencionar que uno se estaba aguantando desde hacía rato, solo que no quería pasar por la pena, de afrontar la realidad de ser de vejiga pequeña. Y de nuevo, como por arte de magia, aparece la fila, y tú sientes que estas en el límite, que ya no aguantas más, pero a los que se encuentran delante de ti, eso les tiene sin cuidado y efectivamente, se toman su tiempo. Cuando por fin puedes ir, tienes que afrontar la realidad: el baño, que es un cubículo lo más de pequeño, se encuentra atestado de papel (no quiero ni imaginar cómo será el de las mujeres), por sobre los cuales debes posarte, para poder hacer tú necesidad biológica, sin mencionar que el dichoso cubículo se balancea de una lado para el otro, cual baño de autobús. Ah, lo olvidaba, antes debes cancelar la módica suma de mil quinientos pesos, que multiplicado por dos, es igual a tres mil pesos. Que todo sea, por una vejiga saludable.
Cada artista, tiene su estilo. Es una cuestión indudable. Algunas presentaciones son sobrias, elegantes, donde las canciones se cantan sin mucha variación en la letra. Pero otros, convierten sus presentaciones en la cosa más burda y aburrida. La gente tiene que corear a todo momento sus canciones, mientras él hace ademanes de idiota (o payaso, que viene a ser lo mismo). El tiempo de su presentación transcurre y el público lo único que quiere, es que termine rápido, esto es lo que podríamos llamar, ganarse la plata fácil. Y así, de esta forma, la noche empieza a escabullirse, el frio de la madrugada calándote los huesos, y sin tener la posibilidad de unos aguardientes, porque el presupuesto es limitado y no da para tanto.
Para finalizar, cuando se acerca la hora de abandonar el recinto. Sí aun te queda un poco de cordura, lo harás antes de que la multitud desenfrenada lo haga. Porque esperar hasta último momento, significa correr el riesgo de enfrentarse a un montón de gente borracha, las peleas callejeras que no pueden faltar, los atracos a diestra y siniestra, todo el mundo empujándose los unos a los otros, como si aquello fuera el fin del mundo. La otra parte, es que si no tienes transporte propio (si eres sensato los pensarías dos veces antes de llevar tú carro), tomar un taxi, resulta imposible, porque antes alguien ya lo ha tomado. Llegas a tú casa, completamente trasnochado, las piernas adoloridas porque la mayor parte del tiempo te la pasas de pie, y te das cuenta que reconciliar el sueño es difícil, así que pasas el día en un estado de sonambulismo crónico, como si las horas transcurrieran más despacio, tienes dolor en la garganta por gritar toda la noche, para luego darte cuenta que todo aquello no valió la pena.
Es por ello, por esas simples razones, que he decidido abstenerme de asistir a ese tipo de eventos. No le veo la gracia, si ahora con toda la tecnología a tú disposición puedes disfrutar de buenos conciertos, sin salir de casa. Aunque, admito que hay personas a las cuales, este tipo de odiseas les encantan. Yo, decidí borrar de la lista de actividades, todo concierto multitudinario. Porque pienso, que la mayoría de las personas que asisten a ellos, carecen por completo de cultura. Que en vez de apreciar a los artistas, van a hacer tonterías para que los demás los vean, o simplemente para poder decir a los demás que asistieron al concierto. Es mejor que se queden en casa, y dejen a las personas que en realidad van a disfrutar del evento, hacerlo en paz.
Lo que Odio de los Conciertos
Mar, 28/06/2011 - 03:21
No soy muy dado a los lugares, donde exista aglomeración de público. Estar entre tanta gente me produce cierto estado de neurosis, que me es difícil controlar: siento que las personas que se encuen
