Noticias de la Comuna Trece

Jue, 06/12/2012 - 13:10
Hace unos días, perdida entre las muchas noticias locales de Medellín, apareció la denuncia que a nombre de la Corporación Jurídica Libertad había hecho Adriana Arboleda, directora de dicha corp
Hace unos días, perdida entre las muchas noticias locales de Medellín, apareció la denuncia que a nombre de la Corporación Jurídica Libertad había hecho Adriana Arboleda, directora de dicha corporación, sobre la desaparición de una placa en la Comuna 13 de la capital antioqueña. La placa en cuestión desapareció del lugar conocido como La Escombrera y había sido puesta para recodar a los cientos –sí, ha leído bien, cientos- de desaparecidos que presumiblemente están enterrados allí. Según la misma noticia, un señor llamado Carlos Yepes y que se presenta como dueño de dicho lugar de vertidos y administrador de la empresa Bioparques, pagó 5.000 pesos a dos obreros para que retirasen una placa que, en su opinión, era obstáculo para la actividad cotidiana del lugar que consiste en el vertido de escombros. Aquel trozo de mármol era el único recordatorio de un montón de víctimas de la violencia de estos años pasados que a diario quedan cada vez más sepultadas por toneladas de escombros en las laderas de la Comuna 13 de Medellín. Entre tanto, los familiares de los desaparecidos reclaman el cierre de dicho lugar para permitir la búsqueda de fosas comunes e intentar hallar los restos de sus seres queridos. Labor que se hace cada vez más difícil para la Fiscalía y los expertos internacionales interesados en el caso por el vertido de ruinas y escombros que dejan a diario allí cerca de trescientos camiones y volquetas. Y mientras se dilucida la propiedad del terreno y la pertinencia de gestión por parte de las autoridades municipales, una labor que en otra parte del mundo sería prioritaria, aquí parece, con el paso del tiempo, cada vez más compleja si no imposible. Es difícil decir cuántas personas pueden estar sepultadas en ese lugar. Diego Fernando Murillo, alias Don Berna, comandante del Bloque Cacique Nutibara de los paramilitares declaró ante Justicia y Paz que en la Comuna 13, incluida La Escombrera, había más de cien fosas comunes, lo que hace suponer que podría haber unos trescientos cadáveres; mientras para Juan Carlos Villa, ex integrante de ese grupo, la cifra parece una exageración. “Las fosas comunes las cavábamos en donde teníamos las trincheras, pero no descarto que haya más de cincuenta cadáveres”, dijo Villa en su momento a los investigadores. Comoquiera que sea, este episodio camuflado entre las infamias cotidianas de Colombia, lleva a reflexionar sobre la realidad de las comunas de Medellín. Asistí, como corresponsal de prensa extranjera a la escenografía que montó el gobierno de Álvaro Uribe en el Palacio de Exposiciones de Medellín, en noviembre de 2003, en donde parecían desmovilizarse cerca de novecientos supuestos paramilitares. Recuerdo las suspicacias que despertó todo aquel montaje. Luego supimos que muchos de los supuestos paramilitares allí desmovilizados admitieron haber sido recogidos en los barrios marginales de la ciudad, que les ofrecieron dinero y -en los casos de reseñados por la justicia- hacerles desaparecer los antecedentes de pasado criminal. Los periodistas que allí asistimos informamos sobre lo que parecía una desmovilización paramilitar, pero era obvio que nos preguntásemos cuál sería el destino de aquellos angelitos. Con el paso de los años lo hemos visto: dispersos por las comunas de Medellín forman hoy parte de la dura realidad de esta ciudad; esa realidad que las autoridades, más preocupadas por la percepción y las cifras que por resolver el problema de seguridad, enfrentan dando palos de ciego. Un buen conocedor de lo que pasa en las comunas de Medellín me hacía en estos días un retrato de la situación. El primer factor preocupante es el reacomodamiento de fuerzas entre los diversos combos. Lo que las autoridades suelen presentar como el descabezamiento de una banda, y por tanto como un triunfo del “imperio de la ley”, suele ser seguido por una atomización de la violencia por la lucha de poder que se desata a continuación. El segundo factor grave de la realidad de hoy es la entrada de la banda de Los Urabeños por lo que supone la aparición de forasteros en el conflicto local y la llegada con ellos de armamento bélico de grueso calibre. En las comunas ya no hay sólo pistolas y revólveres, estos son armas del pasado. “Las autoridades centran la lucha en lo punitivo y falta labor en el campo social”, me decía esta misma persona. “Si piensan que en la acción meramente punitiva está la solución esto no puede más que degradarse aún. La fórmula es muy simple: garrote y zanahoria. La militarización sólo no basta y no hay que preocuparse por ser tan mediáticos”.  Se refería con esto último al afán de las autoridades de presentar sólo cifras como ocurrió durante la reciente presencia de Madonna en la ciudad, cuando se anunció a bombo y platillo que aquellas dos noches “no había habido ni una sola muerte violenta”. Y así lo repitieron embelesados con “la imagen de Medellín” diversos periodistas desplazados de fuera para el concierto de la diva y demás acontecimientos sociales de aquellos dos días, cosa que hizo frotar las manos de gusto al alcalde de la ciudad. Claro, muchos no pasaron del espectáculo en el Atanasio Girardot y de la obligada visita al Parque Lleras y su desfile de implantes mamarios. En la Comuna 13 la realidad era otra.
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