Oda al periodismo deportivo

25 de enero del 2012

Todos sabemos ya que el periodismo está en crisis. Los periódicos luchan con las uñas para capturar lectores y seguir siendo económicamente viables. Los noticieros y la radio pierden cada vez más audiencia. Ya muchas ramas del periodismo están muertas si no moribundas, el periodismo científico se limita a reproducir cables internacionales sin mayor esfuerzo […]

Todos sabemos ya que el periodismo está en crisis. Los periódicos luchan con las uñas para capturar lectores y seguir siendo económicamente viables. Los noticieros y la radio pierden cada vez más audiencia. Ya muchas ramas del periodismo están muertas si no moribundas, el periodismo científico se limita a reproducir cables internacionales sin mayor esfuerzo y con errores, el periodismo cultural tiene algunos espacios y se reduce en muchos casos a una cartelera de cine y recomendaciones de entretenimiento, el periodismo investigativo es tan malo y perjudicial que hasta el gobierno quiere que se acabe, y el periodismo narrativo no le importa a nadie. Pero más allá del entretenimiento y la propaganda política, aquellas que triunfan, veo que es el periodismo deportivo el que está marcando la pauta para salvar el oficio.

Y es que el periodismo deportivo ha entendido que para sobrevivir tiene que sumergirse tanto como pueda en el entretenimiento. Su núcleo y esencia, la narración, comentario y análisis de eventos deportivos en vivo, se ha visto devorado por el afán de entretenimiento puro y básico. Ahora escuchamos los partidos de fútbol en el programa “Rock and Gol” de Radioacktiva, cuyo eslogan “más pasión, menos técnica” nos recuerda no sólo el poder de una risa fácil y vacía para aumentar el rating, sino que cuando se trata de periodismo, el fútbol pasa a segundo plano. Escuchar un partido de fútbol en esta emisora de rock es como si un enano tratara de ver el partido en un bar, lejos del televisor y con todos los clientes de pie. Uno no sabe qué está pasando, pero se antoja de las emociones y los gritos. Y es que a la larga el fútbol ya no es un deporte ni un hermoso ejemplo de talento, competencia, estrategia y confrontación humana sino un mera excusa para reír y beber, así como una papa es sólo una excusa para comer guacamole.

Pero no es sólo la mutación de periodismo a puro entretenimiento, esta chabacanería y superficialidad recientemente reencarnada también en el maestro William Vinasco, lo que eleva al periodismo deportivo actual al nivel de las grandes obras maestras del oficio. Es también el escenario y la oportunidad que ofrece a los periodistas para que puedan poner en práctica dos herramientas que funcionan a la perfección y que eventualmente podrían salvar al periodismo de la crisis.

La primera es la posibilidad de basar toda la información en nada más que rumores, especulaciones débiles, inventos, suposiciones, medias verdades o simples mentiras. Esta herramienta se usa tanto en el exterior como en el territorio nacional, y especialmente en las grandes cunas del deporte como España, Italia e Inglaterra. Los tabloides, deportivos o de interés general, viven de la comunicación de este tipo de información semiveraz, que los medios locales replican inmediatamente y sin corroboración alguna, y que jamás será rectificada cuando al otro día la primera plana tenga información contradictoria. Cada día hay un traspaso imaginario de un jugador de un equipo a otro por cifras astronómicas, divisiones internas en los equipos, o cualquier otro drama o tragedia. Pero lo mas bonito es la dinámica que se forma entre la mentira y el deporte. La información limitadamente cierta es presentada al protagonista, que al negarla rotundamente o negarse a responder, creará el titular del día siguiente, como “Messi niega interés de jugar en Italia para estar cerca de su amor platónico, Minía Armero”. Esta dinámica periodística es oro puro.

Pero el periodismo deportivo tiene una herramienta aún más valiosa que el uso de la información no real. Cuando se busca ir más allá de la simple reproducción noticiosa, el periodista tiene a la mano el poder que le brinda la infalibilidad del juicio a posteriori. Cada decisión de técnicos o jugadores es criticada con vehemencia unas horas después de los partidos, definiendo así la genialidad o estupidez del hombre. Y lo más hermoso del uso indiscriminado del juicio a posteriori, como lo demuestra entre otros el grandísimo Andrés Marocco, es que no sólo deja en alto al periodista por la perfección de su análisis, por la exquisita forma de entender precisamente las fallas de los jugadores y los esquemas una vez se han visto los resultados, sino que nos dejan una fantástica lección de vida: en realidad no importan las intenciones, no importan las ideas ni las estrategias, no hay decisiones inherentemente buenas o malas. Sólo hay resultados. Manejar borracho no es bueno o malo, eso se define después de ver si alguien resultó herido. El técnico es un genio si realizó el peor cambio posible pero el jugador metió un gol cuando un rebote le pegó en un omoplato.

Estas herramientas se pueden aplicar al periodismo en general, y aunque de vez en cuando las vemos en acción, no son usadas con la consistencia necesaria. Para salvar el periodismo científico o cultural, escribamos artículos que digan que Einstein era gay y que la teoría de la relatividad también aplicaba al ámbito sexual, o califiquemos a Einstein de viejo loco y estúpido por no entender el significado de su constante cosmológica o haber perdido el tiempo buscando “la mente de dios”, informemos que fuentes han confirmado que La Mona Lisa y el Guernica vienen al MamBo, que la estética de Botero es la causante de una aberración sexual peligrosa llamada lipofilia, en la que el placer sexual se encuentra en los pliegues, o critiquemos lo grande que habría sido el Réquiem si Mozart no le hubiera dado por morirse.  Ojalá podamos decir estas cosas con chistes y risas de fondo, con gritos y groserías, y tal vez los medios salgan de su crisis.

Este es el camino que debe tomar el periodismo si quiere sobrevivir. Olvidémonos de las ideas de los románticos, que quisieran ver un periodismo deportivo con crónicas tan bien escritas que hagan vivir de nuevo un partido, análisis concienzudos que permitan entender mejor el juego, perfiles de jugadores que muestren a profundidad el ser humano que todos los domingos corre detrás de un balón, o investigaciones que desenmascaren las artimañas de poder y dinero detrás del deporte. Profundicemos la rumorología y el análisis poco educado, que prime el entretenimiento y la emoción sobre el profesionalismo y la rigurosidad periodística. Mientras el periodismo siga recurriendo a las emociones, ya sea en la farándula, la política o el deporte, los medios seguirán siendo viables. Tal vez no el periodismo, pero sí los medios.

@viboramistica

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