Viajes

20 de mayo del 2011

“Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos” Fernando Pessoa

Decía Ryszard Kapuscinski, el gran viajero del último medio siglo, que viajar lo hace a uno humilde: constatar nuestra ignorancia, evidenciar nuestros prejuicios, resaltar nuestras limitaciones, concientizar nuestra fragilidad… Si un viaje, no importa qué tan largo o qué tan lejano sea, no nos aporta humildad, es constatar que en realidad nunca hemos salido de la zona de seguridad de nuestra propia mente.

Cruzar fronteras ha sido desde tiempos remotos uno de los grandes deseos de los espíritus curiosos. Y nunca ha sido tarea fácil. Las naciones guardan celosamente sus bordes, los protegen con armas y con papeleo, con murallas reales o ficticias. El diabólico juego de fronteras desde la creación de las naciones, agudizado después de la Segunda Guerra, reforzado durante la Guerra Fría, fortalecido por el temor de compartir la miseria junto con el enriquecimiento en la globalización, y llevado al paroxismo con la destrucción de las Torres Gemelas, hace que cruzar fronteras sea un empeño titánico. A veces hasta peligroso y para muchos, se va la vida en ello. Las fronteras pueden llegar a ser, literalmente, la barrera entre la vida y la muerte. Berlín, donde hay un cementerio que alberga a quienes no lo lograron, el Mediterráneo que ahoga sueños africanos, ríos helados o infernales desiertos al norte y al sur de los Estados. Promesas de libertad y vida con dignidad que se estrellan contra la pared de fronteras bien custodiadas.

Sin embargo, éstas no son las únicas fronteras que nos vemos abocados a cruzar. Para Kapuscinski están también la de la cultura, la de la familia, la del idioma, la del amor… “Mi vida ha sido un cruzar constante de fronteras, tanto físicas como metafísicas. Ése es para mí el verdadero sentido de la vida”. Estar dispuestos a abandonar, así sea por corto tiempo, nuestra zona segura, nuestra tierra, costumbres y estar dispuestos a cruzar tantas barreras como sean necesarias en busca de saber quién es el Otro, cómo es, cómo vive, en qué sueña y qué ama. Salir de la comodidad de nuestra casa cargados con un equipaje lleno de preguntas, aún con la incertidumbre de encontrar alguna vez las respuestas. O encontrarlas en un idioma desconocido para nosotros, que seguramente descifraremos a través de las primitivas señas, signos y gestos con los cuales se comunicaban los primeros viajeros.

Con la reciente aniquilación de Bin Laden, las medidas de seguridad en los aeropuertos están siendo reforzadas aún más. Temor ante eventuales retaliaciones o paranoia, vaya uno a saber. Lo cierto es que cada vez requisan más, escudriñan nuestras pertenencias y nuestros cuerpos con todos los métodos, la lista de objetos no permitidos en el equipaje es cada vez más larga, así como son cada vez más cortas las respuestas de los guardias de seguridad y más escasas las elementales normas de cortesía. El terrorismo es asunto serio, no hay lugar, ni razón o motivo para una sonrisa. Mientras se inventan el modo de viajar por teletransporte, viajar seguirá siendo un placer masoquista. Y, si estamos de suerte, regresaremos ilesos a nuestros hogares, enriquecidos por la lección de humildad, aunque maltratados en nuestra dignidad.

“Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: “La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad”. Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Al otro día se levantan contentísimos, y así es como viajan los cronopios.” Julio Cortázar, Historias de Famas y cronopios

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