Alejo Carpentier

26 de diciembre del 2012

Nacido en Suiza, de padres franceses y llevado de niño a vivir a Cuba entre negros y blancos, Alejo Carpentier, al cumplir los diez años, ya era un improbable cóctel de identidades, idiomas, culturas y personalidades. Aunque es sin duda un escritor cubano, la obra de Carpentier está marcada en cada página  por esta mescolanza […]

Alejo Carpentier

Nacido en Suiza, de padres franceses y llevado de niño a vivir a Cuba entre negros y blancos, Alejo Carpentier, al cumplir los diez años, ya era un improbable cóctel de identidades, idiomas, culturas y personalidades.

Aunque es sin duda un escritor cubano, la obra de Carpentier está marcada en cada página  por esta mescolanza de razas y usanzas, que hacen su obra, aunque cubana, universal. Dice Carpentier que el interés de conocer sus raíces lo obligó a estudiar la mitad de las culturas del mundo, pues así de desperdigadas las tenía. Ese es el camino que lo llevó a ser un verdadero erudito en las artes en general, pero sobre todo en música, pintura y literatura. Sus obras, en efecto, aunque son escritas, podrían entenderse como una síntesis de esos tres modos expresivos, porque Carpentier, como se espera de un escritor, nos puede contar una historia con los significados de las palabras, pero con sus colores nos pinta también un cuadro, o nos toca una melodía con sus sonidos.

El ejemplo más apabullante de este diestro manejo del lenguaje es sin duda Concierto barroco, una fantasía histórica y musical que empieza en los años tempranos de la Colonia en Cuba y termina en un inverosímil concierto de Louis Armstrong.

Pero a Carpentier también le interesaba, paralelamente, la vida y el destino de los latinoamericanos, y en un sentido toda su obra es una investigación en esta dirección. En ella, los restos más o menos conscientes del pasado indígena se mezclan con la herencia tergiversada y aleatoria de los españoles, y dentro de ese contrapunto se va armando, página a página, el cuadro tal vez más preciso que hemos visto hasta ahora de la resbalosa identidad de nuestros pueblos.

Por eso es que leer a Carpentier es un ejercicio doble, tanto de autoconocimiento como de juego con el lenguaje. Y aunque sus personajes son latinoamericanos y sus historias pasan en este continente, y su idioma es el español, la obra de Carpentier tiene un alcance que trasciende estas fronteras menores, y en ellas se puede ver reflejado cualquier ciudadano de este mundo, y puede perderse entre sus laberintos de palabras el hablante de cualquier idioma. Y aunque no siempre es fácil atar la obra de un autor a su biografía personal, es difícil evitar pensar que una obra de tales dimensiones provenga de un escritor con una vida tan múltiple, que llegó de Europa a Cuba como un extranjero más, y escapó de vuelta a Europa en calidad de exiliado, y regresó a Cuba invitado por la Revolución, y regresó de nuevo a Europa ahora en calidad de embajador, donde finalmente murió, en París, después de 76 incansables años de búsqueda.

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