Athanasius Kircher

Athanasius Kircher

2 de mayo del 2011

El padre Athanasius Kircher fue uno de los últimos hombres de espíritu, aunque no de ideas, renacentista. Hacia mediados del siglo XVII ya las ideas de la Ilustración habían permeado la mayoría de las universidades europeas, y la adquisición de todos los conocimientos humanos ya se consideraba un objetivo, en el mejor de los casos, fantástico y optimista. Ya Descartes empezaba a imponer su método científico sobre el a veces literario pero siempre animoso método de los sabios renacentistas, y las universidades empezaban a separar más o menos arbitrariamente los campos del conocimiento, y a disculpar a los estudiantes de ignorarlos todos menos el que habían elegido conocer. Eso se llamó la especialización del conocimiento, que sigue rigiendo en nuestra concepción del saber, y del que seguimos viviendo sus funestas consecuencias. Pero el padre Athanasius Kircher no hizo caso de esas nuevas tendencias, y aunque el auge de Descartes significó poco menos que su condena al olvido y el fracaso absoluto de sus intenciones, también hizo caso omiso de él.

El padre Kircher se dedicó a entenderlo todo, y a escribir libros a través de los cuales los menos aplicados pudieran empezar a entenderlo todo también. Atribuirle al padre Kircher todos los oficios humanos existentes en ese momento, como se hace con las malas biografías de sabios del Renacimiento, es hacerle una injusticia tremenda. Lo importante para Kircher no era saber de astrología, matemática, teología, música y retórica, sino haber investigado todas las regiones del conocimiento humano. La lista de profesiones de Kircher se acaba en sinólogo, digamos, no porque hasta ahí es hasta donde alcanzó a hacer antes de morir, sino porque hasta ahí había alcanzado a hacer el mundo, los sabios anteriores a él, antes de haber nacido. De todas formas Kircher sí fue teólogo, sí fue geólogo y astrólogo y sí fue el fundador de la egiptología y la musicología.

Al respecto de la última, Kircher escribió el De Musurgia Universalis, tal vez el libro más impresionante de sus más de cuarenta libros. El De Musurgia habla sobre música, de su historia, de cómo funciona y debe funcionar, de cómo hacemos para oírla y diferenciarla, y de cómo hacemos para crearla y transformarla. Como todo sabio renacentista (de espíritu, no de ideas), Kircher también ilustró el libro con dibujos y diagramas de cuanta cosa supuso relacionada con la música. En las páginas del libro se encuentran desde diagramas comparativos entre el oído humano y el de varios animales, hasta dibujos de pájaros con sus correspondientes cantos cifrados en notación musical (que conforman sin duda las páginas más bonitas), pasando por esquemas de cómo debería funcionar el órgano hidráulico de su invención. Hoy en día, hay que decirlo, en el De Musurgia hallamos poco o nada que podamos verificar o que sea tomado en cuenta por la musicología actual. En realidad, el Padre Kircher era tal vez mejor soñador que científico, y sin duda mejor ilustrador que analista. De todas formas es una de las obras más hermosas y estimulantes que se hayan hecho jamás, y aunque no sea más que por ejercitar el sentido del absurdo, vale la pena leerla.

Muchas de sus otras obras corrieron una suerte parecida. Kircher estudió, por ejemplo, los jeroglíficos egipcios, y los comparó con los coptos, y encontró varias correspondencias que hicieron el trabajo de futuros egiptólogos bastante más manejable. Sin embargo, la mayoría de ellos considera sus transcripciones de pergaminos completamente fantásticas, por no decir erradas, y aunque seguramente tienen razón, esto no le quita a la obra de Kircher su valor estético, ni su espíritu profundamente humano, del que tanto podrían aprender los especializados especialistas de hoy. Sí le quita, sin embargo, su valor científico, y es ahí donde defender a Kircher sería completamente inútil. Leer a Kircher para aprender aspectos técnicos o históricos de las artes, las ciencias y las culturas del mundo, es una causa perdida, y sin embargo, hay algo menos concreto y mucho más difícil de verbalizar y del todo improbable de encontrar en un libro especializado moderno, que aprendemos de su obra y de cada uno de sus ilustrados disparates. Tiene que ver con la magia y con la buena voluntad, con el impulso humano que nos lleva a tratar de conocerlo todo y con la intuición que nos dice, hoy tan a baja voz, que más vale una mentira bien hecha y acompañada de un memorable dibujito, que una verdad recta, exacta, regular. Pero hay que leer a Kircher para saber con exactitud.

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